Publicado originalmente en: Social Politics: International Studies in Gender, State & Society, https://doi.org/10.1093/sp/jxaf054
Traducción por parte del equipo editorial de Mad in México.
Este ensayo aborda varios debates en torno al «trastorno límite de la personalidad (TLP)», una etiqueta psiquiátrica muy estigmatizada y marcada por el género que se aplica de manera desproporcionada a las mujeres cisgénero y se utiliza para invalidar sus experiencias. Existe un esfuerzo creciente por desestigmatizar el «TPL», especialmente en las redes sociales, y abogar por un mejor tratamiento. Sin embargo, estos movimientos pueden pasar por alto las críticas feministas de larga data al diagnóstico en sí, así como las intervenciones feministas locas[1] que afirman las epistemologías límite al tiempo que critican la psiquiatría. Este ensayo cuestiona cómo y por qué tanto los enfoques convencionales como los locos para desestigmatizar el «TPL» parecen situarse en espacios blancos y de élite global. Sostenemos que cualquier intento universalizador de reconceptualizar el «TLP» corre el riesgo de beneficiar a las élites borderline y al Estado neoliberal, al tiempo que sigue criminalizando, patologizando y descuidando a las personas estructuralmente precarizadas a las que se etiqueta con «TLP». En lugar de desentrañar lo que realmente es o debería significar el «TLP», exploramos qué hace el «TLP», para quién, en qué contextos y con qué fines.
Palabras clave:trastorno límite de la personalidad; estudios sobre la locura; ensamblaje; etología; interseccionalidad; estudios críticos sobre la discapacidad; Jasbir Puar.
Introducción: ¿Qué hace el límite?
El «trastorno límite de la personalidad» (TLP) es un diagnóstico psiquiátrico estigmatizado y marcado por el género que se refiere a un conjunto de experiencias caracterizadas por la inestabilidad en las emociones, el estado de ánimo y las relaciones. Las mujeres cisgénero reciben el diagnóstico de TLP tres veces más que los hombres cisgénero, y las personas transgénero y no binarias también son diagnosticadas de manera desproporcionada, lo que refleja la patologización bien documentada por parte de la psiquiatría de quienes se apartande las normas de género cis-heteropatriarcales (Rodríguez-Seijas, Morgan y Zimmerman, 2023). En contextos sociales y clínicos, las personas con «TLP» suelen ser consideradas difíciles, desesperanzadas, manipuladoras, ávidas de atención e innecesariamente irascibles (Duff et al., 2020). Mientras yo (Erin) trabajaba en servicios de alojamiento terapéutico, la cultura del lugar de trabajo transmitía la expectativa de que el personal debía sospechar de cualquier persona que pareciera «limítrofe», a pesar de que las personas con el diagnóstico oficial o presunto eran las que más se manifestaban contra la injusticia institucional. Después de dejar el trabajo de primera línea, me diagnosticaron provisionalmente este «diagnóstico que no debe ser nombrado» (Cannon y Gould 2022). Frustrada por el frecuente rechazo de las mujeres con las que había trabajado e interesada en mi propia resonancia con el concepto de limítrofe, busqué formas más afirmativas de conceptualizar y responder a las experiencias limítrofe, los afectos y sensaciones asociados con el diagnóstico de «TLP». Esta exploración me introdujo en los estudios locos, un campo interdisciplinario que cuestiona las prácticas psiquiátricas perjudiciales y afirma a las personas con experiencias de psiquiatrización y/o diferencias mentales, espirituales, emocionales o cognitivas respecto a la supuesta norma (LeFrancois, Menzies y Reaume 2013). Las académicas feministas locas han criticado el diagnóstico estigmatizante del «TLP», al tiempo que reconocen que puede resonar en muchas personas. De hecho, diferencian entre el «TLP», la etiqueta psiquiátrica inventada, y limítrofe, la constelación única de afectos, visiones del mundo y experiencias que pueden ser angustiosas, y al mismo tiempo, ontológicamente, epistemológicamente, éticamente y políticamente reveladoras (Johnson 2021; Lewis 2022; Redikopp 2018). Junto con las reconceptualizaciones locas sobre lo limítrofe muchos profesionistas clínicos y usuarios de servicios están trabajando para desestigmatizar, concienciar y reivindicar el «TLP», aunque con menos crítica hacia la psiquiatría; estos esfuerzos tienden a tratar el «TLP» como un concepto diagnóstico evidente que necesita respeto y un tratamiento basado en la evidencia, en lugar de estigma y negligencia. 1
Sigue habiendo grandes diferencias en cómo, para quién y en qué medida el diagnóstico de «trastorno límite de la personalidad», las campañas de desestigmatización y los movimientos Locos benefician a las personas con este diagnóstico o conjunto de afectos. Por ejemplo, mi experiencia con el sistema de salud mental y mis diagnósticos ha sido relativamente fluida, quizá gracias a los esfuerzos de desestigmatización, pero probablemente también debido a mi raza blanca, mi riqueza y mi familiaridad con los sistemas médicos. Por el contrario, a las personas con las que trabajé a menudo se les diagnosticaba «TLP» sin su conocimiento, lo que invalidaba y agravaba su exposición a la discriminación colonial, racista y de género. Sin embargo, la mayoría de los esfuerzos de desestigmatización de la salud mental, así como los estudios y el activismo Loco, provienen de personas blancas del Norte Global. Este ensayo trata sobre estas discrepancias: no nos preguntamos qué es o qué debería ser realmente el «TLB», sino qué hace el diagnóstico de «TLB» —y sus diversas reivindicaciones—, para quién, en qué contextos y con qué fines sociopolíticos. Tras analizar brevemente los debates clínicos, feministas y afirmativos sobre el «TLP», presentamos nuestro enfoque teórico y metodológico para responder a esta pregunta, basándonos en el teórico social francés Gilles Deleuze y en los estudios transnacionales sobre discapacidad y el teórico Queer Jasbir Puar. Argumentamos que los efectos capacitantes y debilitantes de lo limítrofe y el «trastorno límite de la personalidad» (TLP), para las personas y las poblaciones, se basan en cálculos de su amenaza y/o contribución al capital, al imperio Euroamericano y a la «ascendencia blanca» (Chow 2002).
Los debates sobre el límite
El concepto de «organización de la personalidad límite» fue acuñado por Adolph Stern en 1938 para describir a las personas que no encajaban en los polos freudianos de psicosis o neurosis, o que de otro modo se consideraban inclasificables o intratables. En 1975, Otto Kernberg introdujo el límite como un «trastorno» de la personalidad en el tercer Manual diagnóstico y estadístico (DSM-III) (Lewis 2022). El DSM-V caracteriza el «TLP» por sentimientos crónicos de vacío, patrones generalizados de inestabilidad afectiva, esfuerzos frenéticos por evitar el abandono, imagen propia inestable, impulsividad, ira extrema o inapropiada, patrones de relaciones interpersonales intensas e inestables caracterizadas por una idealización extrema seguida de una devaluación, comportamiento suicida y paranoia relacionada con el estrés y/o síntomas disociativos (Asociación Americana de Psiquiatría 2013, 663).
Aunque el «trastorno límite de la personalidad» se ha mantenido relativamente estancado en los manuales clínicos, existe una falta de consenso entre los médicos, investigadores y usuarios de los servicios con respecto al concepto de «personalidad límite» y la validez diagnóstica y la utilidad clínica del «TLP». Mientras que algunos sostienen que el «TLP» a menudo se diagnostica erróneamente basándose en la propia incomodidad o frustración de los médicos, otros señalan que la renuencia de otros médicos a diagnosticar el «TLP» debido al estigma que impide que las personas reciban el tratamiento adecuado (Cannon y Gould 2022; Mulder y Tyrer 2023). Otros debates giran en torno a la nosología, la etiología y el tratamiento del «TLP», así como a su relación con el trauma (Duff et al. 2020; Leichsenring et al. 2024). Los estudiosos con orientación interseccional destacan que incluso los relatos sobre el «TLP» que tienen en cuenta el trauma suelen centrarse en el trauma infantil y pasan por alto cómo la opresión sistémica influye en los síntomas del «TLP» y en los patrones diagnósticos (véase Gaztambide 2018; Jones y Lomani 2023). Un aspecto del «TLP» en el que hay consenso es que el diagnóstico conlleva un alto riesgo de estigmatización tanto en el contexto clínico como en el social. Las personas con «TLP» suelen ser retratadas como la «loca» o la «exnovia psicópata» en el discurso popular (Johnson 2015), y se enfrentan a la invalidación, el ridículo y el infratratamiento o el sobretratamiento por parte de los profesionales que están inmersos en —y reaccionan ante— supuestos discriminatorios similares (véase Baker y Beazley 2022; McKenzie, Gregory, y Hogg 2022; Stiles et al. 2022). (véase Baker y Beazley 2022; McKenzie, Gregory, y Hogg 2022; Stiles et al. 2023).
El estigma asociado al «TLP» ha impulsado una iniciativa pública relativamente reciente para desestigmatizarlo. Influencers de las redes sociales y grupos de activismo del «TLP», como Project Air, Emotions Matter y la Alianza Nacional para la Educación sobre el Trastorno Límite de la Personalidad (NEABPD, por sus siglas en inglés), están creando conciencia sobre el TLP», a menudo enmarcando el estigma y la falta de acceso a un diagnóstico y tratamiento adecuados como las injusticias principales (véase también Johnson 2024). Si bien estos movimientos son psicocéntricos —validan y promueven los marcos psiquiátricos del «TLP»—, ha habido una corriente más crítica de activismo y estudios feministas que critica la conceptualización psiquiátrica tanto del «TLP» como del concepto de «personalidad limítrofe» por sus orígenes misóginos, su aplicación sexista y la patologización de las formas femeninas de conocimiento y las respuestas al trauma en un mundo misógino (véase Becker 1997; Rimke y Brock 2012; Shaw y Proctor 2005; Ussher 2013; Wirth-Cauchon 2014).
Aunque igualmente críticas con la psiquiatría, feministas locas y afirmativas de la locura como Rebecca Lester (2013), Merri Lisa Johnson (2015, 2021), Sarah Redikopp (2018) y Francesca Lewis (2022) complican estos enfoques feministas dominantes, argumentando que descartar todo el concepto de limítrofe puede borrar varias complejidades sobre las experiencias limítrofe. Para Lester (2013), el diagnóstico de «TLP» es una forma de control social basado en el género, pero también puede ser un descriptor reconfortante para el malestar de una persona. Además, la sociedad podría valorar las tendencias limítrofe como únicas y reveladoras, en lugar de inexistentes o indeseables. Johnson (2021) también «complica sin descartar» las etiquetas psiquiátricas, reconociendo que los afectos limítrofe son a menudo una fuente de dolor emocional y físico severo, así como de producción de conocimiento (Johnson 2021, 656). Redikopp (2018) afirma que limítrofe es una forma de «contraconocimiento» o un «punto de vista epistémico que desafía los marcos de conocimiento occidentales dominantes» que borran las formas de conocimiento «no lineales», afectivas y encarnadas (Redikopp 2018, 77-8). El punto de vista limítrofe, aunque a veces angustiante —o abyecto para los espectadores—, contiene valiosas ideas sobre el trauma y la injusticia. Lewis (2022) explora el conocimiento limítrofe a través de las experiencias menos comentadas de la imposibilidad de categorizar, la inestabilidad y la irrealidad. Por ejemplo, la experiencia de la «perturbación de la identidad» podría apreciarse, especialmente cuando se considera fuera de la subjetividad neoliberal (Lewis 2022, 28; véase también Tichenor 2024).
Antes de la reciente proliferación de estudios académicos que afirman la locura, Merri Lisa Johnson (2015) preguntó: «¿Cuándo le tocará el turno a lo limítrofe [en los estudios críticos sobre discapacidad y locura]?». (Johnson 2015, 263). Sin embargo, en este ensayo exploramos los riesgos asociados con el turno de lo limítrofe , ya sean desde el feminismo loco o enfoques psicocéntricos. A pesar de sus diferencias, ambos enfoques para desestigmatizar el «TLP» parecen estar ubicados predominantemente en espacios Blancos y de élite global en el Norte Global. Esta observación es un componente central de nuestro análisis, que se basa en críticas interseccionales de cómo los esfuerzos mainstream por reivindicar la identidad Queer y la discapacidad han sido en gran medida cooptados por reformas neoliberales que aumentan los beneficios corporativos y el estado imperial (véase Conrad 2014; McRuer 2010; Mitchell y Snyder 2015; Puar 2007, 2017). Nos basamos en el análisis del homonacionalismo de Jasbir Puar (2007), según el cual los derechos Queer se conceden en función de la inclusión en la nación colonial (colonialista) Blanca, neoliberal, y se basan en la exclusión y la difamación de los «otros» racializados, sexualizados y del Sur, considerados explotables y una amenaza para el imperio Euroamericano. Puar profundiza en su trabajo sobre el homonacionalismo en The Right to Maim (2017) [El Derecho a Mutilar], donde destaca las contradicciones entre la retórica basada en el orgullo y la acomodación que predomina en los estudios críticos occidentales sobre la discapacidad, y la producción continua de discapacidad por parte del Norte Global, gran parte de la cual se considera parte de las estructuras cotidianas de explotación y colonialismo, en lugar de experiencias dignas de derechos y acomodaciones. Es decir, las naciones «progresistas» que conceden derechos y promueven el empoderamiento de las personas con discapacidad son las mismas que debilitan a las poblaciones mediante la violencia endémica del Estado y las empresas (Erevelles 2011; Gorman 2016; Meekosha 2011; Puar 2017).
Si bien los Estudios Locos han criticado las campañas de desestigmatización de la salud mental dominante qué buscan ratificar la idea de que la locura es un problema que debe ser solucionado por la psiquiatría, los Estudios Locos han sido criticados por su elitismo y su Blancura (Eromosele 2020; Gorman 2013; Gorman et al. 2013; Redikopp 2021; Tam 2012). En primer lugar, a menudo solo las personas blancas y de élite tienen la seguridad relativa para reivindicar la locura y la enfermedad mental sin ser «golpeadas por las materialidades viscerales de la violencia racial» (Redikopp 2021, 115; véase también Gorman 2013; Gorman et al. 2013). Además, los Estudios Locos tienden a equiparar el cuerdismo con el colonialismo o el racismo (como si fuera simplemente otro eje de interseccionalidad). Esto minimiza y oscurece los impactos compartidos y las «genealogías de la raza y la locura», incluida la movilización del cuerdismo y la psiquiatrización como formas de racialización (Tam 2012, 13; véase también Gorman et al. 2013; Joseph 2015; Menzies y Payls 2006; Metzl 2011). Por último, el enfoque predominante de los Estudios Locos en la afirmación de la identidad y la cultura locas puede ocultar la producción de trastornos mentales agudos y crónicos. Como escribe Femi Eromosele (2020), «la comprensión celebratoria de la locura» puede distraer de la lucha contra «formas más inmediatas» de injusticia geopolítica, racial y económica y contra los responsables de reproducirlas (Eromosele 2020, 17). El comentario de Eromosele destaca las tendencias universalizadoras y las limitaciones geopolíticas del movimiento loco occidental y los Estudios Locura, que pueden «simplemente imponer una capa adicional de neocolonialismo (literal), una respuesta occidental a sus propios problemas con la psiquiatría biomédica, que pasa por alto los recursos de los países de ingresos bajos y medios» para responder al malestar mental (Miller 2018, 314). Estas contradicciones, exclusiones y suposiciones en gran parte de la retórica occidental sobre el empoderamiento invitan a un cambio ontológico e interseccional que reconozca cómo los conceptos, las identidades, las experiencias y los diagnósticos relacionados con la locura tienen diferentes efectos en los contextos geopolíticos y dentro de ellos.
Teoría del ensamblaje, etología e interseccionalidad
El malestar emocional, la discapacidad psicosocial y el etiquetado psiquiátrico varían considerablemente en todo el mundo, lo que hace necesario ir más allá de las preguntas sobre qué es realmente el «TLP» —una diferencia neurobiológica, una construcción social misógina, una vía de acceso a la atención sanitaria, una etiqueta iatrogénica y/o una identidad loca recuperada— y centrarse en lo que hace. Este cambio refleja un movimiento ontológico de la trascendencia a la inmanencia. Para el filósofo francés Gilles Deleuze ([1968] 1994), no hay ninguna verdad trascendente, impuesta desde fuera o superior que encontrar o alcanzar. En una ontología inmanente, la realidad existe en un plano poblado por la diferencia. La diferencia se organiza a través de la configuración de ensamblajes, que pueden entenderse como disposiciones evolutivas de la materia definidas no solo por el material en sí mismo, sino también por cómo se dispone y por qué el deseo los lleva a determinadas relaciones (Puar [2012] 2020, 412).
Para Deleuze y su frecuente coautor, Félix Guattari, el deseo no es un anhelo consciente por algo o alguien que uno no tiene, sino una fuerza preconsciente y ontológica que produce la realidad a través de la actualización de ensamblajes. El deseo determina sus límites y fronteras, rompe los ensamblajes y da forma a cómo estos se influyen y se ven influidos entre sí. Mientras que las teorías psicoanalíticas libidinales enfatizan el papel formativo y simbólico de las relaciones familiares en el deseo inconsciente, Deleuze y Guattari afirman el papel, a menudo ignorado, que desempeñan las condiciones sociales y económicas en la configuración del deseo y la producción de ensamblajes. Analizar con ensamblajes consiste en percibir y diagnosticar la forma en que se ensambla el deseo, preguntándose «dónde y cuándo ocurre una cosa, cómo ocurre» (Deleuze 1995, 25) y cuáles son los «límites que no se pueden traspasar sin que [un concepto] se convierta en algo diferente de lo que era» (Buchanan 2020, 123). (Buchanan 2020, 123). Tras diagnosticar un ensamblaje, se pueden inferir las condiciones y fuerzas que pueden subyacer a su expresión, así como las posibles consecuencias micro y macropolíticas de su formación.
Nuestro análisis se basa en el trabajo autoteórico realizado por la primera autora como parte de su investigación para la tesis de máster, que se nutrió de la literatura clínica, las plataformas de defensa, la literatura sobre Estudios Locos, las experiencias como proveedora de servicios y paciente, y más de setenta publicaciones en redes sociales de treinta y seis creadores de contenido. La segunda autora (compañera y colaboradora habitual) y la tercera autora (supervisora académica) participaron en debates conceptuales sobre la relación entre la teoría, los datos y nuestras diversas experiencias en torno al «TLP». Las publicaciones en redes sociales utilizadas en la tesis no se han reproducido íntegramente en este artículo por motivos de brevedad, y no pretenden ser representativas de las conversaciones sobre el «TLP» en Internet. El objetivo de este análisis no es demostrar con precisión un fenómeno, sino conceptualizar intencionadamente y trazar límites en torno a los ensamblajes que tienen fuerza expresiva en la sociedad, y considerar lo que eso podría abrir o cerrar para la organización sociopolítica. En este ensayo, presentamos tres conjuntos relacionados con el controvertido tema de la «personalidad límite»: (1) el «TLP» (el diagnóstico psiquiátrico); (2) la reivindicación del «TLP» (el movimiento de desestigmatización psicométrica), y (3) lo limítrofe (la experiencia o forma de conocimiento conceptualizada por las personas Estudiosas Locas).
Utilizamos el método de etología de Deleuze ([1970] 1988) para analizar lo que hacen estos ensamblajes: las capacidades relacionales y afectivas que permiten o impiden a las poblaciones, los individuos y el socius. El afecto es una fuerza preconsciente que indica un cambio en el poder de actuar de un cuerpo o conjunto, o en su capacidad para afectar o ser afectado (Duff 2014). Estas capacidades se refieren no solo a lo que alguien o algo hace debido a la formación de un conjunto, sino a lo que posiblemente podría hacer o lo que podría hacer; el afecto es una «orientación disposicional hacia el mundo» (Duff 2014, 44). Los conceptos afectivos de debilidad y capacidad de Jasbir Puar (2017) intervienen en la tendencia a centrarse en las infinitas capacidades afectivas de los cuerpos y los ensamblajes, recordando que la supuesta reciprocidad entre afectar y ser afectado se bifurca, por ejemplo, por la violencia racial y económica (Dixon-Román y Puar 2021; véase también Gorman 2017).
Al escribir sobre la ocupación israelí de Palestina, Puar (2017) describe cómo la debilitación puede ser un proceso material, físico, económico o infraestructural a través del cual el Estado colonial produce poblaciones específicas como estadísticamente propensas y «susceptibles de sufrir daños» y las convierte en blanco de los mismos (Puar 2017, 64). El debilitamiento «no funciona de forma aislada, sino en un delicado equilibrio con la capacitación», que puede producirse mediante el acceso a servicios de rehabilitación y adaptaciones concedidas por el Estado (Breedt 2023, n.p.). En este caso, el problema no es la capacitación, sino quién es capacitado y debilitado y cómo, y quién se ve obligado a sufrir ciclos repetidos de debilitamiento y capacitación.
La debilitación y la capacitación también sirven para modular «los cuerpos y sus modalidades afectivas» con fines de control (Puar 2017, 20). El control afectivo se produce mediante la titulación de las oportunidades vitales, los potenciales, las posibilidades, las imaginaciones y las suposiciones sobre el futuro, así como el acceso a este. La capacitación puede implicar, por lo tanto, tener una identidad en torno a la cual movilizarse, una narrativa de empoderamiento o la esperanza de «vivir bien» con una condición. La debilidad perturba la inversión afectiva y la suposición de estar dotado de una «capacidad infinita», por ejemplo, cuando uno espera ser asesinado en la adolescencia por la policía o las fuerzas de ocupación israelíes, o cuando se ve lentamente desgastado por la exposición diaria a productos químicos industriales o al agua contaminada (Puar 2017, 16, 20; véase también Nixon 2011).
Al analizar la debilidad y la capacidad, nos basamos en la integración que hace Puar de las ontologías inmanentes con el concepto feminista negro de interseccionalidad, abordando categorías como la raza, el género y la locura como «multicausales, multidireccionales, liminales… “eventos, acciones y encuentros” entre cuerpos, en lugar de simples entidades y atributos» de los individuos (Puar [2012] 2020, 411). Esta visión de la identidad nos permite examinar cómo los conceptos, identidades y diagnósticos límite se transforman, se suavizan y se rigidizan «a lo largo del tiempo histórico, el espacio geopolítico, los mandatos institucionales y los regímenes discursivos» (Puar 2017, xiv). Después de todo, el hecho de ser diagnosticada con «TLP», identificarse o no con el diagnóstico y sentirse herida por él depende del país en el que nos encontremos, los espacios por los que nos movemos y con quién, así como nuestro acceso a la atención sanitaria, Internet, los privilegios raciales y económicos, etc.
En la siguiente sección, trazamos la divergencia y la convergencia de tres conjuntos de «personalidad límite», examinando las posiciones subjetivas con las que resuenan y por qué; cómo, cuándo y a través de qué procesos pueden debilitar y capacitar; y a qué sistemas pueden servir. Preguntándonos no solo qué hacen estos ensamblajes, para quién y en qué contextos, pero hacia qué fines nos obliga a territorializar los fines políticos y éticos que nos preocupan , para dirigir nuestro análisis «directamente hacia un resultado moral específico» (Galloway 2013, 366). Los fines éticos a los que prestamos especial atención son la desaparición del imperio euroamericano, el colonialismo (colono), el capitalismo racial y sus vectores y conductos.
¿Qué hacen los ensamblajes de «personalidad límite»?
Esta sección analiza las implicaciones sociopolíticas de los ensamblajes de (1) la etiqueta clínica TLP», (2) la identificación psicocéntrica con el «TLP» y (3) la afirmación loca de lo limítrofe, seguido de un examen de sus intersecciones y las formas en que pueden oscurecer, perturbar, afrontar, subvertir, apuntalar, distribuir y/o justificar colectivamente el alcance cada vez mayor del imperio euroamericano y el control corporativo.
El ensamblaje psiquiátrico «TLP»
Puar (2017) escribe: «La medicalización puede experimentarse como transformadora, capacitadora, debilitante o todo lo anterior» (Puar 2017, 40). Como está bien documentado en la literatura clínica y feminista, el diagnóstico de «TLP» puede ser debilitante cuando se añade al historial médico de una persona para ser evaluado por las compañías de seguros y los proveedores médicos. Las personas con la etiqueta «TLP» suelen ser consideradas «caóticas, impulsivas y maliciosas» (Duff et al. 2020), « , falsas, rebeldes, molestas y que no merecen recursos» (Lewis y Appleby 1988, 47), «manipuladoras y ávidas de atención» (Gary 2018, 72),
«necesitadas, hostiles, agotadoras» y «sin enfermedad mental» (Redikopp 2018, 85). El diagnóstico puede crear un filtro automático a través del cual los médicos pueden descartar o pasar por alto las necesidades de una persona, ya sean psiquiátricas o de otro tipo (Jones y Lomani 2023; Lester 2009; Sostar, Thomas y Nault 2020).
Por ejemplo, yo (Erin) me he preocupado por ser considerada médicamente inadmisible por Inmigración Canadá. Sin embargo, soy una ciudadana blanca de los Estados Unidos con un título superior que contribuirá a la economía de Canadá. Los sistemas de salud e inmigración son relativamente seguros para mí; de hecho, solo me preocupé por la inmigración cuando necesité prorrogar mi visado, después de haber sido diagnosticada y derivada a servicios especializados por voluntad propia. Quizás, entonces, no sea de extrañar que tantos influencers con «trastorno límite de la personalidad» y personas abiertamente locas sean ciudadanos blancos del Norte Global. Los datos sobre salud mental de los euroamericanos de élite con altos puntos de inmigración forman ciertos conjuntos para que el Estado destaque el éxito del sistema, al tiempo que invierte en la capacitación de migrantes locos «aceptables» y en la securitización del Estado colonial blanco (colono). Al mismo tiempo, los datos de los migrantes racializados, refugiados, con viviendas precarias, hospitalizados y/o consumidores de sustancias que acceden a los servicios de salud mental pueden organizarse para desviar a las personas hacia diferentes corrientes de potencial amenaza, carga y riesgo, donde «el riesgo es una forma de tutela internacional» que se utiliza para clasificar a las personas y a las naciones (Tam 2012, x; véase también Howell 2011). Lou Tam (2012, 2017, 2023) ha explorado cómo los datos sobre salud mental y los estados afectivos de los migrantes racializados determinan los niveles de aceptabilidad, admisibilidad y amenaza percibida, al tiempo que garantizan la financiación de más servicios de salud mental para migrantes. A pesar de las profesiones de la «superioridad» del tratamiento de salud mental en Occidente, estas intervenciones a menudo implican el confinamiento, la coacción y/o la validación de los migrantes locos y sus experiencias (véase también Beresford y Rose 2023).
Aunque la naturaleza iatrogénica del «TLP» ha sido objeto de debate entre feministas y personas estudiosas locas, recibir un diagnóstico de «TLP» puede ser la única forma de acceder a tratamiento, medicación o cobertura sanitaria (Redikopp y Smith, 2022). La convergencia en torno al concepto de «TLP» respalda iniciativas de defensa, como la legislación para mejorar la cobertura sanitaria y las opciones de tratamiento para el «TLP» (véase Emotions Matter). La etiqueta también puede proporcionar validación a las personas y describir su forma única de relacionarse con el mundo (véase Lewis 2022). En mi caso (Erin), mis diagnósticos oscilantes entre «TLP», «rasgos borderline» y otros diagnósticos han respaldado mi propia comprensión de mi angustia, mis tendencias relacionales y mis fortalezas únicas de una manera que otras etiquetas no han logrado. No obstante, el diagnóstico de «TLP» también puede potenciar identidades neoliberales, narrativas de empoderamiento, ideales normativos de rehabilitación y consumismo, todos los cuales abordaremos en la siguiente sección.
El ensamblaje de reivindicación del «TLP»
En las campañas de defensa, y en las redes sociales y YouTube, tanto los médicos como los usuarios de los servicios están educando sobre el «TLP» y sus orígenes en el trauma, con el objetivo de desestigmatizarlo y, en ocasiones, destacar sus aspectos positivos. Este conjunto psicocéntrico del «TLP» tiende a universalizar los efectos debilitantes de la estigmatización del «TLP» y los efectos capacitadores del tratamiento adecuado. Sin embargo, este enfoque puede pasar por alto las distribuciones y modalidades interseccionales de la debilidad y la capacidad. Por ejemplo, el argumento interseccional de Merri Lisa Johnson (2021) de que la representación tradicional del «TLP» a través de «mujeres blancas desarmadas, difíciles o peligrosas» puede «borrar las fronteras del color, incluso cuando criminaliza las fronteras blancas» (Johnson 2021, 635) puede suponer que el estigma solo puede dañar (de manera diferencial) a las personas; bajo el capitalismo neoliberal, el control no funciona solo a través de la exclusión, sino a través de la modulación de la inclusión, en la atención sanitaria y en circulaciones más amplias de afecto y capital (Puar 2017). Es decir, no todas las fronteras blancas son vilipendiadas por los diagnósticos de «TLP» en todos los contextos, y movilizar el «TLP» de ciertas maneras tiene un potencial cada vez mayor para algunos de nosotras. Por ejemplo, aquellas de nosotras que somos moderadamente acomodadas, no estamos encarceladas y encarnamas las normas de feminidad, blancura y elitismo ofrecemos posiciones privilegiadas para que los gigantes de las redes sociales, los grupos de defensa y las instituciones académicas exploten narrativas de empoderamiento, participación en el complejo industrial psiquiátrico y marca corporativa. Si bien el diagnóstico (y las experiencias asociadas) debilitan a todos en mayor o menor medida, nos preguntamos «¿cómo es una crítica interseccional —o, más concretamente, qué hace— en una era de pluralismo neoliberal, absorción y acomodación de la diferencia, de todo tipo de diferencias?». (Puar 2020, 408). La corporativización de las identidades psiquiátricas y, por lo tanto, las capacidades dividuantes [2] y capacitantes del «TLP», se pasan por alto si nos centramos únicamente en cómo el «TLP» debilita, por muy interseccional que sea nuestro argumento.
Centramos nuestro análisis del movimiento de reivindicación del «TBP» en la desestigmatización y la identificación abierta con el «TBP» en las redes sociales, principalmente entre las mujeres cisgénero y de élite a nivel mundial (para obtener una lista completa del contenido, véase Tichenor 2024). Al hacerlo, no nos interesa avergonzar a las personas que se ganan la vida en Internet ni ridiculizar a los individuos en sí, sino examinar las condiciones que fomentan estos fenómenos sociales: el conjunto de la reivindicación del «TLP», las fuerzas que lo unen y el movimiento y el intercambio de afecto y capital. De hecho, estos análisis no se limitan específicamente al «TLP», y advertimos contra cualquier reificación del tropo de limítrofe «que busca atención». Los mensajes apolíticos y basados en la identidad de los influencers del «trastorno límite de la personalidad» forman parte de un conjunto más amplio de creación de contenidos, patrocinio corporativo, acumulación de capital y control neoliberal, en el que lo que comenzó como una democratización del conocimiento y una afirmación de la diferencia se ha convertido en un sistema en el que influencers venden productos afirmativos y contratan a gestores para que les ayuden a crear contenidos comercializables y a asociarse con marcas.2 Independientemente del contenido, cuantos más datos haya, mejor podrán las empresas satisfacer y replicar nuestros deseos, incluso «induciéndonos a producirnos a nosotras mismas, a expresar nuestras identidades a través de nuestras elecciones de consumo, a basar nuestra política en la afirmación de nuestras identidades marginadas» (Wang 2012, n.p.). Con el «trastorno límite de la personalidad» y otras experiencias estigmatizadas que se han incorporado a través de la blancura y la élite, compartir experiencias vividas se ha convertido en gran medida en «una zona de beneficio para el capitalismo contemporáneo, para el mosaico neoliberal», «un reclutamiento hacia formas neoliberales de fragmentación del cuerpo para el beneficio capitalista» (Puar 2017, 36, 56).
Influencers están creando plataformas en torno a la identificación con el «TLP» y nos muestran cómo se siente, a menudo haciendo hincapié en la recuperación de la «patología» límite.3 Muchos afirman comprender lo que viven todas las personas con «TLP» y, sin embargo, varias de estas páginas muestran una imagen elitista del «TBP», en la que se destacan las experiencias positivas en centros psiquiátricos y la seguridad que ofrece la raza blanca .4Podemos «padecer TLP» y, al mismo tiempo, ser «gourmets» y «soñadores capaces de lograr grandes cosas» y que «aman las cosas buenas de la vida».5 Los influencers de élite que retratan la vida con «TLP» a menudo omiten mencionar que forman parte del menos del uno por ciento de la población que tiene el privilegio de trabajar a distancia, viajar por todo el mundo y acceder a derechos de ciudadanía en países como el Reino Unido, Canadá y Estados Unidos. Donde esta conciencia sobre el «TLP» es rampante, también puede serlo la suposición de que la recuperación o la perseverancia nos devuelven a un cuerpo ya capacitado. Muchos influencers con «TLP» enfatizan sobre la longevidad, el bienestar y la sensualidad puede asumir y, por lo tanto, producir la desestigmatización principalmente para los cuerpos con capacidades y un sinfín de imaginarios de futuro (Karera 2019; Puar 2017). Como escribe Puar (2017) sobre las identidades de discapacidad, el «TLP» reclamado puede definirse como «el cuerpo o el sujeto que puede aspirar, tanto económica como emocionalmente, al bienestar, el empoderamiento y el orgullo a través del estatus excepcional que acumula» (Puar 2017, xvi). Este movimiento afectivo pasa por alto a quienes se ven continuamente debilitados por la violencia estatal y corporativa, así como a quienes no buscan ni alcanzan el mismo estatus afectivo, cultural y material.
Gran parte del debate en torno al «TLP» en las redes sociales, aunque fomenta la búsqueda de ayuda y desestigmatiza la salud mental, se basa en gran medida en discursos psiquiátricos y contiene pocos análisis críticos de las cuestiones diagnósticas y los desacuerdos asociados al «TLP», los efectos nocivos de los medicamentos psicotrópicos, las barreras económicas que limitan el acceso a la atención sanitaria y la violencia que sufren las personas racializadas y en situación de precariedad estructural; en otras palabras, rara vez hay una crítica loca o interseccional. Por ejemplo, una activista de la salud mental elogia las cualidades salvadoras de la policía, los paramédicos y la hospitalización forzosa, y cuenta con frecuencia la historia del policía que le salvó la vida y del médico de familia que la envió a un centro de atención hospitalaria.6 Al hacerlo, ha creado una plataforma y una organización sin ánimo de lucro, ha escrito libros y ha realizado películas sobre la desestigmatización de las enfermedades mentales y la atención psiquiátrica. Si bien esta narrativa puede resonar en algunas personas que se han beneficiado del sistema de salud mental, pasa por alto el hecho de que los encuentros con la policía o el personal de salud mental pueden ser debilitantes o incluso fatales (Tam 2017). Por lo tanto, nos preguntamos si este conjunto, al tiempo que perpetúa la patologización del «TLP», no alimenta y da pie principalmente a las industrias que proliferan la debilidad.
El ensamblaje afitmativo-loco de lo limítrofe
Las personas estudiosas de la locura han conceptualizado lo limítrofe como una «constelación» para describir el conjunto de experiencias afectivas, emocionales y ontoepistemológicas asociadas con lo que podría denominarse «trastorno límite de la personalidad» (Johnson 2015, 2021; Lewis 2022; Redikopp 2018). Si bien varias personas estudiosas, incluidas nosotras mismas, hemos debatido cómo ver el límite fuera de la mirada psiquiátrica puede ayudarnos a determinar cómo ciertos síntomas o rasgos específicos pueden tanto debilitar como capacitar, nuestro análisis se centra en cómo este concepto e identidad afirmativos de la locura se ensamblan en el campo sociopolítico y a quiénes capacitan (Johnson 2015, 2021; Lewis 2022; Redikopp 2018; Tichenor 2024).
Si bien adoptar la identidad límite —o loca— puede distanciar a uno de la construcción psiquiátrica del «trastorno límite de la personalidad», también puede ser posible gracias a —y capacitar a individuos y grupos basándose en— conjuntos de privilegios raciales, socioeconómicos y geopolíticos (como la capacidad de acceder a pruebas psicológicas privadas, identificarse con personas influyentes, producir becas y cosechar los beneficios de identidades recuperadas).
Abordar mi trabajo (el de Erin) desde una posición subjetiva de Locura puede capacitarme como académica, al tiempo que sirvo al complejo industrial académico y recreo la imagen del sujeto loco de la élite blanca. Movilizar mi identidad subalterna de loca de cierta manera puede proporcionar datos y métricas a corporaciones, agencias editoriales académicas, universidades y conglomerados tecnológicos, mientras que, dadas mis numerosas ventajas sociales, contribuyo débilmente a sus estrategias de equidad, diversidad e inclusión. Hacerlo puede otorgarme influencia académica a través de publicaciones, oportunidades laborales y la codiciada etiqueta de investigación basada en la experiencia vivida, convirtiendo así «la debilidad de un cuerpo [o mente] no normativo en una forma de capacidad social y cultural, ya sea en el reconocimiento estatal, la política de identidad, las economías de mercado, el complejo industrial médico, la producción de conocimiento académico, el posicionamiento del sujeto o todo ello» (Puar 2017, 42). Incluso mientras navego por el miedo a ser discriminada en el lugar de trabajo, a sufrir interrupciones impredecibles en mi trabajo o a no poder trabajar en absoluto, puedo recurrir a mi historial de productividad, mi capacidad para comunicarme con los proveedores de atención médica y mi menor riesgo racial, socioeconómico, de ciudadanía y de género para las instituciones coloniales (colonos).
El movimiento Loco se posiciona de manera importante en contra del daño psiquiátrico, así como de otras técnicas estatales de encarcelamiento (LeFrancois, Menzies y Reaume, 2013). Sin embargo, algunas personas Locas simplemente no serán encarceladas, y otras serán internadas en centros psiquiátricos o, en su lugar, en prisiones, incluyendo el aislamiento (por motivos administrativos, disciplinarios y de salud mental); estas últimas son experiencias muy diferentes y tipos de proyectos racializantes (Gorman et al. 2013; Simes, Western y Lee 2022). Este análisis, por lo tanto, no niega que las instituciones perjudiquen a las personas blancas y de élite con trastornos mentales, sino que nos pide que rastreemos los objetivos de los discursos sobre la locura y lo que la identificación como tal puede hacer por ciertas poblaciones, en relación con el debilitamiento estructural y «la racialización de los cuerpos que se espera que soporten el dolor, el sufrimiento y las lesiones de los demás», sin ser reconocidos ni por los movimientos psicocéntricos ni por los movimientos de personas con trastornos mentales (Puar 2017, xiv).
Pensar con ensamblajes nos ayuda a examinar a quiénes y a qué sistemas se sirve a través de los flujos y reflujos de la identidad, su formación y disolución, y cómo responden las diversas instituciones. Así, podríamos preguntarnos: ¿cómo y por qué algunos de nosotros somos reclutados para campañas locas, y qué nos dice eso sobre dónde se está ensamblando el deseo? ¿Por qué nuestros movimientos tienen un aspecto determinado y no otro, por ejemplo, para apoyar a los más vulnerables estructuralmente en las fronteras y/o para poner fin a «la violencia global en todas sus formas» (Meekosha 2011, 668)? Si los proyectos epistemológicos liberales y los movimientos sociales «se nutren y alimentan de interpretaciones de los órdenes globales, las formaciones sociales y las disposiciones el poder» (Puar 2023, 120), entonces, ¿qué es lo que podría impulsar a los académicos del Norte Global a construir unos estudios sobre la locura o una identidad loca coherentes —quizás una nación loca— que pudieran contener la «clave para la liberalización de [la locura], mientras que el Sur Global soporta el peso de su militarización»? (Puar 2017, 66; véase también Gorman 2013).
¿Qué significa todo esto? Examinando los tres ensamblajes de«personalidad límite»
La conclusión que extraemos de estos análisis es que las inversiones en estos ensamblajes son posibles gracias a la supremacía blanca y la hegemonía occidental. En estas secciones finales, analizamos cómo estos ensamblajes de «personalidad límite» pueden contribuir al fin del imperio euroamericano al ocultar cómo este produce un malestar emocional agudo y crónico y controla las diferentes capacidades habilitadoras de estos ensamblajes.
Debilitamiento psicológico. Hasta ahora, hemos ofrecido una crítica mayoritariamente biopolítica sobre qué poblaciones, sistemas e instituciones se ven capacitados por los discursos sobre (vivir bien con) el «TLP» o trastorno límite —y cuáles no—. Sin embargo, esta crítica puede pasar por alto cómo el poder se ejerce no solo a través de la desigualdad y el abandono, sino también a través de «relaciones directas de fuerza o violencia» (Wang 2012). En otras palabras, rastrear las formas en que el diagnóstico de «TLP», la reivindicación del «TLP» y la afirmación del límite debilitan y capacitan puede ocultar el debilitamiento psicológico, o lo que Ali Altaf Mian (2021) denomina «la mutilación de la vida psíquica», perpetuada por el poder euroamericano —gran parte del cual nunca se diagnostica, o solo lo hace con fines lucrativos y de control— a través de la expansión de los servicios de salud mental, la extracción de datos epidemiológicos y el uso de trastornos individualizados para pasar por alto la violencia estructural (Giacaman 2018; Mills 2013; Tam 2012).
Un aspecto fundamental del concepto de debilitamiento psicológico es cómo el poder financiero euroamericano se basa en la traumatización y rehabilitación continuas de las poblaciones sometidas, así como en el tratamiento insuficiente o excesivo del malestar mental en función de cálculos de extractabilidad, rentabilidad y disponibilidad (Puar 2017; Tam 2012). Está ampliamente documentado que la opresión y la violencia estatal producen un malestar mental agudo, una discapacidad psicosocial crónica y una vulnerabilidad neurobiológica, incluidas experiencias que pueden calificarse como «TLP» (trastorno límite de la personalidad) (véase Giacaman 2018; Huggard et al. 2023). Además, las personas diagnosticadas con «TLP» experimentan tasas más altas de morbilidad y mortalidad en comparación con los grupos de control (véase Leichsenring et al. 2024). Esto podría atribuirse a la naturaleza de los síntomas, pero también podría reflejar qué poblaciones están «psíquicamente mutiladas» y, por lo tanto, cumplen los criterios diagnósticos, y cuáles son diagnosticadas con estas etiquetas estigmatizantes, por qué razones y con qué consecuencias e es (Mian 2021).
Así, aunque debemos ser cautelosos con las normas humanistas europeas incorporadas en la conceptualización y cuantificación de los diagnósticos, los estudios sobre la locura en el Norte Global tal vez puedan aprender de lo que varios académicos han propuesto como un modelo (geo)político de la discapacidad que
«propone que la discapacidad [o la locura] es endémica, normativa (pero no en relación con lo no normativo) y aún así, regulada y concentrada espacialmente» (Puar 2023, 127; véase también Giacaman 2018; Meekosha 2011). Una crítica decolonial significa que no podemos descartar las disparidades sanitarias estadísticamente significativas simplemente por un sistema diagnóstico defectuoso (Dixon-Román y Puar 2017). Como han argumentado el psiquiatra y teórico poscolonial Frantz Fanon (1952 [2008]) y muchos de sus contemporáneos, el colonialismo y el racismo contra los negros conducen a la autoalienación y al malestar mental (Eromosele 2020). Los análisis cautelosos del uso que hace Fanon del lenguaje psiquiátrico no deben pasar por alto su observación central de que el colonialismo debilita, y a menudo lo hace de formas que la psiquiatría refuerza o, como mínimo, no está preparada para tratar. Como recuerda Femi Eromosele (2020), la patologización puede ser la única forma que tienen muchas personas de nombrar y criticar la violencia estatal:
Para señalar la destrucción causada por el racismo y el colonialismo, la locura debía entenderse como un daño y no como una cualidad que el sujeto desearía que le reflejara un «otro». Aquí es donde Fanon se desmarca de los discursos emancipadores sobre la locura que favorecen las nociones de identidad y cultura. (Eromosele 2020, 12-13)
Merri Lisa Johnson (2021) señala de manera similar que «un término como daño [es] una descripción válida de experiencias pasadas y estados actuales» (Johnson 2021, 645). Afirmar que la violencia colonial y la sobreexplotación causan, facilitan o exacerban la debilidad —en forma de amputaciones o diagnósticos inadecuados como el trastorno por estrés postraumático (TEPT) o el «trastorno límite de la personalidad» (TLP)— podría considerarse cuerdista o capacitista (Eromosele 2020; Puar 2017). Sin embargo, aunque estos diagnósticos no tienen en cuenta adecuadamente y pueden amplificar los efectos traumáticos de la violencia y la forma en que las personas la afrontan, seguimos a Helen Meekosha (2011), que escribe: «Quizás sea demasiado conflictivo lidiar con la continua discapacidad de las personas en el Sur Global porque, al tratar de reivindicar los aspectos positivos de una identidad discapacitada, resulta difícil reconocer el sufrimiento abrumador que provocan la colonización, la guerra, la hambruna y la pobreza» (Meekosha 2011, 677). Puar se basa en esta frase y sugiere que «reivindicar [la locura] como una diferencia valiosa y empoderadora puede ser más posible que cuando la discapacidad es causada por prácticas de dominación global e injusticia social» (Puar 2017, 92). En estos análisis, distinguir la locura de las normas eurocéntricas cuerdistas del ser humano es una conversación que requiere que se considere y se trate a la persona como humana en primer lugar (Karera 2019). Poner de relieve y criticar la debilidad psicológica que resulta de la violencia estatal y corporativa no significa que las personas sean «desordenadas» o «víctimas pasivas» sin modos sólidos de resiliencia individual y colectiva, pero sí significa que no es eugenista centrarse en la prevención de la violencia y sus consecuencias (Meekosha 2011).
Conceptualizaciones globales. Centrarse en la «personalidad límite» en sí misma, como hemos hecho en este ensayo, oscurece una variedad de enfoques sobre estos conjuntos de experiencias, afectos y visiones del mundo en todo el planeta. Un enfoque afirmativo de la locura hacia la personalidad límite puede ser liberador para aquellas de nosotras que nos situamos principalmente dentro de las lentes o experiencias occidentales, pero centrarnos en esto no debe eclipsar la importancia de los enfoques ontológicos y epistemológicos indígenas y culturalmente específicos. Enfoques cosmológicos del malestar mental y la diferencia, muchos de los cuales han sido censurados y reprimidos bajo el colonialismo (véase Gone 2013; Kopua, Kopua y Bracken 2020; Niania, Bush y Epston 2017). Yo (Erin) agradezco a Verity Armstrong, Karlene Schwenke (Mamea) y Kim McLeod por reorientar mi atención hacia la necesidad de centrar y elevar las perspectivas indígenas sobre el malestar y la diferencia mental, emocional y espiritual, lo que puede o no alinearse con el enfoque de reconceptualizar el «TLP» o sustituirlo por otra etiqueta occidental como el TEPT complejo o incluso la locura.
¿Con qué fines?
Nuestra fase final de análisis examina cómo el complejo industrial psiquiátrico, las narrativas psicocéntricas sobre el «TLP» y las conceptualizaciones locas del límite pueden servir al imperio euroamericano de formas que a menudo quedan eclipsadas por sus críticas mutuas.
La agenda mundial de salud mental: beneficio, control y excepcionalismo. Una forma en la que los discursos sobre el «trastorno límite de la personalidad» pueden estar contribuyendo al imperio es a través de la agenda mundial de salud mental, que hace hincapié en los derechos, la inclusión y el acceso a la atención, promoviendo el complejo industrial psiquiátrico occidental y sus narrativas excepcionalizadas sobre su propia prestación de atención de salud mental, narrativas que ocultan su papel en la producción de debilidad psicológica (véase Beresford y Rose 2023; Puar 2007). Organizaciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y The Lancet han pedido un acceso más amplio a los servicios de salud mental, especialmente en las zonas con las tasas de tratamiento más bajas, zonas que quizá no hayan tenido que lidiar con un malestar mental generalizado, que tienen sus propias formas de responder que no están arraigadas en los epistemas occidentales y/o cuya principal necesidad en materia de salud mental es la descolonización (véase Beresford y Rose 2023; Eromosele 2020).
El «TLP» es solo uno de los ámbitos de expansión del movimiento mundial por la salud mental, cuyo análisis en profundidad excede el alcance de este ensayo. Los investigadores Tyrer et al. (2010) han afirmado que:
El trastorno de la personalidad está siendo aceptado como una afección importante en la psiquiatría convencional en todo el mundo… aunque sigue sin reconocerse en la práctica habitual, los estudios de investigación han demostrado que es común, genera una morbilidad considerable y está asociado con altos costos e es para los servicios y la sociedad. (Tyrer et al. 2010, 56)
Los autores abogan por un nuevo marco para los trastornos de la personalidad que permita identificar los «trastornos de la personalidad» antes de los dieciocho años. Aunque ha habido dudas a la hora de diagnosticar a los jóvenes con «trastornos de la personalidad» persistentes y generalizados, ahora se acepta ampliamente el diagnóstico precoz del «TLP» (Leichsenring et al. 2024). La revisión mencionada señala que una de las razones por las que el «TLP» es el único de los controvertidos «trastornos de la personalidad» que permanece en la versión más reciente de la Clasificación Internacional de Enfermedades es que «varias carreras académicas se han construido sobre su investigación y tratamiento», lo que pone de relieve nuestra situación en una economía en la que las personas y las empresas se benefician del tratamiento y la investigación incluso de los diagnósticos más controvertidos (Leichsenring et al. 2024, 19).
Tanto la agenda mundial de salud mental como el nacionalismo Loco pueden promover el excepcionalismo occidental, especialmente en lo que respecta a la desestigmatización, una vez más, en sus diversas formas. Si el homonacionalismo, para Puar (2022), se pregunta «cómo y por qué la noción de “¿cómo tratas a tus homosexuales [o mujeres, o personas discapacitadas]?” surge como árbitro de la capacidad de soberanía nacional, gobernanza y autodeterminación» (Puar 2022, 2), nos preguntamos si la siguiente pregunta es la de la salud mental: «¿Cómo tratas a tus enfermos mentales? No te preocupes, nosotros te proporcionaremos la infraestructura necesaria» (ensamblajes psiquiátricos y/o psicocéntricos); «vamos a enseñarte sobre la desestigmatización, incluso si nuestros enfoques son inadecuados y si somos nosotros los que causamos el malestar» (el ensamblaje psicocéntrico y/o loco). Quizás de forma más insidiosa, «determinaremos tu “capacidad de soberanía” en función del acceso de tu nación al tratamiento de la salud mental o los niveles de desestigmatización» (véase Howell 2011). Una vez más, Estados Unidos (y sus aliados) se erige en «árbitro de la ética, los derechos humanos y el comportamiento democrático adecuados» en otros lugares, mientras «ignora esos abusos dentro de sus fronteras» (Puar 2007, 5, 8). La hipocresía no importa, porque, como señala Puar, el homonacionalismo —y quizás el nacionalismo Loco o de salud mental— es un «movimiento dual de incorporación y abjección que instrumentaliza los discursos y los afectos del excepcionalismo estadounidense… para alabar y demonizar a diferentes poblaciones» (Puar 2022, 4). A través de estas lógicas excepcionalistas, los sistemas de salud mental euroamericanos y los movimientos Locos pueden ser descritos como superiores, lo que pone de manifiesto la urgente necesidad de cuestionar dónde encajan los diversos ensamblajes de «personalidad límite» en estas estrategias morales y epistemológicas imperiales.
El ascendiente de la blancura. Además de las implicaciones geopolíticas del apoyo psicocéntrico y loco, podemos preguntarnos cómo estos ensamblajes de«personalidad límite» están moldeados por la blancura y la riqueza, y cómo ellos mismos moldean a la blancura y la riqueza. El «ascenso de la blancura» de Rey Chow (2002) se refiere a cómo la blancura mantiene su primacía como norma a alcanzar y a través de la cual ser acogido y capacitado por la nación. La blancura, en este sentido, no siempre se refiere al color literal de la piel, sino que se define por la supremacía blanca y sus vectores, como el heteropatriarcado, la «aptitud dentro del capitalismo», «incorporación al sueño americano», la reproducción de la blancura, el acceso al capital material y cultural, y la tolerabilidad por parte del Estado-nación (Koshy 2001, 154, 156, citado en Puar 2007, 26).
Nos preocupan tres aspectos de los discursos sobre el trastorno límite y el «trastorno límite de la personalidad» (TLP) pueden reforzar la ascendencia blanca: (1) el sujeto loco «aceptable», (2) «la política de la inocencia» (Wang, 2012) y, en relación con ello, (3) la noción del «trauma como propiedad blanca» (Mayor, 2023). El sujeto loco «aceptable» es relativamente evidente: aquellos que están capacitados por la locura, incluso cuando están debilitados, tienden a encajar en los registros de la blancura. Planteamos estas cuestiones no para aplanar diferencias importantes, sino para cuestionar si el movimiento loco está logrando lo que pretende, cuando el control biopolítico y necropolítico funciona a través de fragmentarnos y desconcertarnos en función de nuestro riesgo y/o contribución al capital y a la nación colonizadora blanca. Siguiendo a Puar (2017), no «todos los usos de la categoría de [locura] son una habilitación de la blancura (no siempre literal), sino más bien» este argumento es «para señalar casos explícitos en los que [la locura] se moviliza biopolíticamente al servicio de la supremacía blanca, el racismo liberal y los proyectos nacionalistas de la modernidad» (Puar 2017, 66). Existe una marcada diferencia entre abogar por una atención más afirmativa hacia los locos por parte de los servicios sociales y de salud, que deberían funcionar mejor, y, por otra parte, abogar por la soberanía sobre los servicios, basándose en el reconocimiento de larga data de que los sistemas de salud occidentales se basan en la violencia del colonialismo (colono) y la anti-negritud, y la perpetúan necesariamente: «El sujeto consumidor neoliberal [blanco] de la salud —un objeto de atención— asume el derecho a no sufrir daños en el uso de los productos, incluso cuando los accidentes derivados del diseño de los productos pueden predecirse con precisión estadística, mapeando los cuerpos que probablemente se verán implicados en estas dinámicas» (Puar 2017, 81; véase Karera 2019; Wang 2012).
Las narrativas sobre el límite y el «trastorno límite de la personalidad» también pueden contribuir a la valorización de la blancura al distinguir entre quienes son considerados víctimas inocentes y quienes son considerados peligrosos y potencialmente criminales; estas categorías han sido durante mucho tiempo proyectos de racialización (Muhammed 2010; Wang 2012). En el contexto del límite, nos interesa cómo opera la política de la inocencia a través de cómo nos situamos, en qué nos centramos y a quién y qué defendemos, todo lo cual parece estar influenciado por el ascendiente de la blancura y es posible gracias a que se nos codifica como «no amenazantes para la sociedad civil blanca» (Wang 2012). Alcanzar la inocencia, ya sea a través del posicionamiento del sujeto o del activismo, puede ocurrir de diversas maneras, como centrarse en la «auto alternización» (Puar, en CLAGS 2013), en lugar de reconocer la ventaja, la complicidad y la implicación: «Quedar exento de la crítica de las propias manipulaciones de poder es el atractivo del liberalismo blanco, la base del ascenso de la blancura» (Puar 2007, 31). Estas medidas cuestionan la utilidad de desestigmatizar lo «aceptablemente loco», cuando «la victimización moralmente ennoblecida se ha convertido en la condición previa necesaria para determinar qué agravios estamos dispuestos a reconocer y autorizar» (Wang 2012).
Para profundizar en nuestro análisis de la inocencia, recurrimos a la investigadora en trabajo social Christine Mayor (2023), quien recientemente introdujo la noción de
«trauma como propiedad blanca». Ella sostiene que el trauma (y podríamos sugerir, las identificaciones abiertas con diagnósticos o locura) se está utilizando para marcar la inocencia y la inacción de los Blancos, con el fin de potenciar nuestras identidades, conocimientos, derechos y perspectivas financieras únicas, -mientras que el trauma racializado de los Indígenas, los Negros y población racializada se invalida, criminaliza y perpetúa 7. El trauma blanco como propiedad puede funcionar para «rehabilitar el privilegio blanco perdido con la locura» (Gorman et al. 2013), lo cual tiene sentido si entendemos el cuerdismo como una tecnología racializante (véase Tam 2012).
Estas preguntas no invalidan las experiencias y los traumas de los Blancos, pero nos recuerdan que debemos recurrir al deseo: «Lo que parece espontáneo y popular… está estructurado o formado por narrativas que se difunden desde… el orden social», de tal manera que algunos de nosotros podemos apoyar o, al menos, obtener influencia de nuestras epistemologías locas y posiciones subjetivas traumatizadas, desviando inadvertidamente la atención de nuestras responsabilidades geopolíticas, raciales y de clase hacia las personas más subyugadas —física y psicológicamente— por la violencia estatal y corporativa (Read 2020, 22). Como recuerda Jackie Wang (2012):
Cuando las personas se identifican con su victimización, debemos considerar críticamente si se está utilizando como una maniobra táctica para construirse a sí mismas como inocentes y ejercer poder sin ser cuestionadas. … Eso no significa deslegitimar las afirmaciones de los sobrevivientes, sino más bien rechazar el marco de la inocencia, examinar cada situación de cerca y ser conscientes de las múltiples luchas de poder que entran en juego en diferentes conflictos. (Wang 2012)
Más allá de la política de la inocencia atrapada en la locura o el «trauma como propiedad de los blancos», podemos ver el ascenso de la blancura en los discursos sobre la culpa y la inocencia a través de las distinciones que se hacen y no se hacen entre borderline (limítrofe), el trastorno de estrés postraumático complejo (TEPT-C) y el narcisismo. Estos diagnósticos se solapan de manera significativa, aunque algunos médicos, investigadores y personas influyentes están fuertemente vinculados a sus diferencias, y otros a sus similitudes (véase Fernández-Guerrero 2023). En el caso del TEPT complejo, externalizar el problema al trauma —incluido el trauma intergeneracional y colonial— en lugar de a la «personalidad desordenada» de la persona puede amortiguar el estigma y desafiar los enfoques individualistas del tratamiento. Sin embargo, lo que probablemente sea más liberador que el TEPT complejo para las personas que sufren el colonialismo (de los colonos), desde
Palestina hasta Canadá y Aotearoa Nueva Zelanda, es el reconocimiento y el fin de la violencia sociopolítica, junto con marcos culturalmente apropiados que contextualicen las experiencias de las personas dentro de la colonización y sus repercusiones en sus conexiones con los antepasados, la familia, los parientes, la espiritualidad, la tierra y las conceptualizaciones del bienestar (véase Giacaman 2018; Haami et al. 2024; NiaNia, Bush y Epston 2017).
Si bien el TEPT complejo puede ser una alternativa liberadora al «TLP», la distinción actual distinción entre ambos puede o podría utilizarse para separar a los inocentes de los desviados. Como señala un psicólogo,
Imaginemos que le preguntamos a nuestro psiquiatra si cumplimos los criterios para el TEPT complejo… ¿y nos responde: «No, definitivamente es un trastorno de la personalidad»? Para enfrentarnos a un pareja abusiva, una familia tóxica, unos profesionales sanitarios insensibles, y abogados que compiten por la custodia de nuestros hijos, solo para recibir la respuesta despectiva: «Si realmente creyeran que estás traumatizada, te habrían diagnosticado un trastorno de estrés postraumático complejo, ¿no?». (Watts 2023)
El mediático juicio entre Amber Heard y Johnny Depp lo dejó claro, ya que el psicólogo del equipo de Heard sugirió que ella padecía un trastorno de estrés postraumático complejo, y el psicólogo de Depp le diagnosticó «trastornos de personalidad» limítrofe e histriónica, lo que indicaba su falta de credibilidad y socavaba su testimonio.
La política (Blanca) de la inocencia se da necesariamente en relación con los «otros» racializados y oprimidos, que son objeto de etiquetas binarias como culpables, perpetradores y desviados. En las redes sociales abundan las enseñanzas sobre cómo las personas con trastorno límite de la personalidad suelen sentirse atraídas y/o maltratadas por personas con «trastorno narcisista de la personalidad» o, por el contrario, cómo las personas con trastorno límite y los narcisistas son lo mismo. En relación con esto, se puede diagnosticar de forma injusta e incorrecta un «TLP» cuando se padece un TEPT complejo por abuso narcisista. A la luz de los recordatorios dominantes en Internet de que el TEPT complejo y el «TLP» son inducidos por traumas, nos preguntamos cómo estas demarcaciones de qué condiciones diagnosticables son inocentes (TEPT complejo, a veces «TLP») y cuáles son culpables («Trastorno Narcisista de la Personalidad», a veces «TLP») podrían funcionar como proyectos racializadores, especialmente dada nuestra larga historia y nuestro presente de criminalización de los hombres racializados, al tiempo que se prioriza la inocencia y la victimización de las mujeres blancas. En este sentido, debemos ser cautelosos con las nociones de seguridad, acceso o conocimiento del trauma, dadas las estructuras que pueden estar determinando, reforzando o beneficiándose de estas señales y estrategias (Wang 2012).
Nos preguntamos si «cumplir la promesa del TEPT complejo y descartar el diagnóstico de «TLP» de una vez por todas» es la solución al problema del «TLP», dado que el TLP», el TEPT complejo, el «Trastorno Narcisista de Personalidad» y otras categorías parecen funcionar a favor y en contra de diferentes poblaciones, de formas que contradicen cualquier afirmación universal sobre su validez o utilidad (Watts 2023). Si bien ha habido y sigue habiendo patrones raciales en los diagnósticos, el control opera cada vez más independientemente del diagnóstico, capacitando a las poblaciones que sirven al capital y al Estado, y debilitando a las poblaciones que ya se consideran «susceptibles de sufrir daños», explotación, demonización y muerte prematura (Puar 2017). Ciertas poblaciones simplemente están capacitadas para vivir bien con nuestras condiciones, para estar locas y orgullosas, o como yo (Erin), para ser consideradas «buenas limítrofes» por las enfermeras de salud mental. Otras poblaciones son sistemáticamente debilitadas, culpadas, sobremedicadas, descuidadas o institucionalizadas, lo que a veces impide la utilidad de afirmar la locura (Eromosele 2020).
Conclusión
Probablemente deberíamos abandonar la noción de «trastorno límite de la personalidad» y la reificación de este marco que vemos en Internet en nombre de desestigmatización. Sin embargo, el discurso afirmativo hacia la locura no puede existir sin el llamamiento a prevenir el debilitamiento psicológico, incluido aquel que no puede comprender un movimiento basado en el orgullo debido a la violencia capitalista y colonial (colonos) continua. El «trastorno límite de la personalidad» no tiene por qué estar condenado al tropo de la «exnovia loca», y las personas que se identifican con él o que han sido identificadas como limítrofe merecen que se les pregunte «¿qué están haciendo tus afectos y tu visión del mundo?», en lugar de ser inmediatamente patologizadas (Tichenor 2024). Sin embargo, las personas limítrofes de élite, en nuestras luchas intermitentes o crónicas por imaginar nuestro futuro, deben recordar que «reivindicar el acceso sin restricciones al futuro ya se basa en el genocidio o la muerte lenta de otros» (Puar 2017, 149). Quizás, entonces, al apoyarnos y valorarnos mutuamente a través de los dolores debilitantes y los afectos instructivos que acompañan a la condición de marginal, podamos preocuparnos menos por el acceso a un futuro atrapado en los imaginarios del Estado neoliberal y colonial, y ser más responsables ante aquellos cuyo futuro siempre ha existido fuera de este mismo sistema y ha sido excluido por él.
Notas
- Véase Kati Morton. 2020. «6 Misconceptions of Borderline Personality Disorder» (Seis conceptos erróneos sobre el trastorno límite de la personalidad). Producido por YouTube, 9 de noviembre. Vídeo. https://www. YouTube.com/watch?v=liJzufF9ZsQ
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- Véase marieroseeee. 2016. «VLOG: PSYCH HOSPITAL ROOM TOUR».
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- BPD Babe (@borderlinedbabe), «SOY UNA PERSONA CON TLP…», TikTok, 1 de octubre de 2023. https://www.tiktok.com/@borderlinedbabe/ photo/7284939073867762949.
- Ver Jazz Thornton @jazzthornton_, TikTok, https://www.tiktok.com/ @jazzthornton_.
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- Véase Michelle Lee Nieves Coaching. 2021. «Del abuso narcisista a la recuperación del TEPT complejo: entrenarse para volver a sentirse seguro». Producido por YouTube, 22 de diciembre. Vídeo. https://www.YouTube.com/watch?v= s8BE0tLw9Yw; Dr. David Hawkins. 2023.
«¿Es un trastorno límite de la personalidad o un síndrome de víctima narcisista?». Producido por YouTube, 2 de julio. Vídeo. https://www.YouTube.com/watch?v=VHacSoSkx3k
Agradecimientos
Erin desea agradecer a su grupo asesor de tesis de máster por su tiempo, comentarios y conversaciones de apoyo en relación con muchos aspectos de esta investigación: Verity Armstrong, Stephanie Dixon, Nathan Viktor Fawaz, Francesca Lewis, Sarah Redikopp, Karlene Schwencke (Mamea), Kim Smith y Tiffany Sostar. También agradece la orientación de su comité supervisor y examinador durante el desarrollo y la defensa de su proyecto de tesis de maestría.
Financiación
Esta investigación fue financiada con fondos discrecionales para investigación de Tim Barlott, de la Universidad de Alberta, que se utilizaron para pagar los honorarios del grupo asesor.
Conflicto de intereses.Ninguno declarado.
Disponibilidad de datos
Los datos que respaldan este artículo conceptual consisten en blogs en línea de acceso público, artículos académicos (a menos que estén protegidos por requerimiento de pago) y contenido de redes sociales. Todas las publicaciones de redes sociales y blogs citadas estaban disponibles públicamente en el momento de la publicación, a menos que hayan sido eliminadas por sus autores.
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Notas traducción:
[1] Refiriéndose a los movimientos feministas relacionados con los movimientos de activismo loco.
[2] Proceso mediante el cual el sujeto o individuo es descompuesto en fragmentos o datos, los cuales facilitan el poder hacer mediciones sobre el mismo.
Sobre las personas autoras:
Erin Grace Tichenor1*, Eduan Breedt1, Tim Barlott1,2
1Facultad de Medicina de Rehabilitación, Universidad de Alberta, Edmonton, Alberta T6G2G4, Canadá 2Departamentode Terapia Ocupacional,Facultad de Medicina de Rehabilitación,Universidad de Alberta,Edmonton,Alberta T6G 2G4, Canadá
*Autora correspondiente: Facultad de Medicina de Rehabilitación, Universidad de Alberta, 1-80, Corbett Hall, 8205 114 Street NW, Edmonton, Alberta T6G 2G4, Canadá. Correo electrónico: [email protected]






