¿Es asociable lo crítico a la psiquiatría?: 12 tensiones

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Cuestionamiento, signo de interrogación dentro de una cabeza, de fondo un laberinto

Tarea difícil, ¿posible?

Listo 12 puntos acerca de los desencuentros entre lo crítico y lo psiquiátrico.

1. La ciencia como investidura aurea.
La mirada de ciencia dominante tiene varios puntos ciegos.  

Uno, es su pretensión de neutralidad, de una supuesta libertad de pensamiento que a veces se desentiende del conflictivo entramado de intereses donde es producida.

Otro, es su pretensión de verdad. Pese a que es parte fundamental de su ideario el dinamismo de permanecer en estado de aprendizaje permanente, muchas, demasiadas veces acaba entendiéndose en un lugar de supremacía desde donde otea inferiorizando a otros sistemas de pensamiento.

La psiquiatría es la hija bastardeada del cartesianismo que dividió y jerarquizó lo corporal respecto a lo mental. Así, esta no puede evitar la cojera constitutiva de que su objeto de estudio, lo psíquico, resulte un asunto “menor”.

2. El individuo como recorte epistemológico de la psiquiatría.

El local de una urgencia psiquiátrica tiene tradicionalmente un tono judicial: “el acusado” sentado, “las pruebas” aportadas por su entorno y/o por instituciones, nosotros “jueces –“ psiquiatras.

El recorte individualista (“el paciente”) posibilita este lugar de los psiquiatras como asignadores de “culpabilidad o inocencia”, sin que podamos tomar distancia de esto desde lo relacional, lo familiar, lo social, lo colectivo.

En esta línea, el Relator Especial de la ONU, Dainius Pūras[1] señaló que “las crisis de salud mental no deberían gestionarse como trastornos de los individuos, sino como crisis sociales que impiden el ejercicio de los derechos individuales”.

3. El mandato diagnóstico.
Pretender que lo singular encaje en lo universal es un imposible que, el diagnosticar en psiquiatría, pretende saltar.

La singularidad del psiquismo humano es constitutivamente compleja, caótica, misteriosa, contradictoria, mutante; no puede ser (como se pretende) arrinconada en los anaqueles que la psiquiatría ofrece.

4. Estigmatizar, un ineludible.
Múltiples autores han trabajado el lugar de control que el conjunto social asigna a la psiquiatría.

Esa policía de la  conducta pareciera no ser superable. Hasta con el diagnóstico psiquiátrico más esmerado en el respeto a la persona ¿Puede eludir la especialidad su pasión taxonomista, su asignación de connotaciones, lo imborrable de las marcas que produce? ¿Podemos pensar una psiquiatría a-diagnóstica? De momento, pareciera que no.

5. Lo normal, un escollo para lo sensible.

La violencia de lo normal está sumamente invisibilizada. Adjudican a Thomas Szasz esta frase “Para la psiquiatría la normalidad es una hilera de repollos: quietos, iguales, callados”.

Ira, confusión, ambigüedad, vacío, tristeza son ejemplos de las emociones que nos tocan acompañar en la tarea: ¿Estamos preparados para estas?

Priorizar el normalizar nos alivia de contactarnos como profesionales con las desigualdades y los privilegios percibibles cuando nos situamos en el terror de los contextos en que estamos. Recuerdo preguntar a un par de profesionales en la ciudad de Pedro Juan Caballero cómo abordaban desde la salud mental, la presencia mafiosa en la ciudad; su  respuesta fue “cuidando la alimentación y haciendo ejercicios regulares”.

Por otro lado, ejemplarizar la normalidad nos es exigida en nuestros cuerpos. Como psiquiatras, mantener una moralidad clausurada acorde a lo normativizador, en fin, normopatizarnos, es parte de los costos a pagar para validar nuestro merecimiento de guardianes de lo normal.

6. Custodiar como si fuera cuidar.

Las lógicas de encierro para inter-venir en los conflictos parten de un empobrecimiento analítico y reflexivo de las cuestiones a abordar.

No hay preguntas dentro de las prácticas depositarias que problematicen lo, al menos, restringido que resulta la pretensión de cuidar sólo desde lo institucionalizado (burocratización, rutinización), de nuestra clínica “claustrofílica”[2]. Así, lo custodial se hace rutina diaria, atención medicalizadora que expropia la salud[3].

Un escenario de fondo donde transcurre una teatralización del cuidar profundamente inculpador: al “paciente” con el slogan manicomial cotidiano (“peligroso para sí o para terceros”), a la familia (“abandonan a sus familiares”) negando que el depósito manicomial es la invitación originaria a todo abandono y a la sociedad toda ofreciendo -con su presencia- un constante ultimátum (“si seguís así, te llevo al Neuro”).

7. “Medicar” ¿es lo mismo que tratar?

“Sabrás medicar” es el mandamiento primero de la psiquiatría hegemónica. Todo puede ser tolerable: no saber vincularse, no sensibilizarse ante los dramas humanos, no pensar complejamente lo que nos relatan, pero tu psicofarmacología te define, marca la frontera.

La psicofarmacología es el componente central del biologicismo psiquiátrico. Es el lado operativo de una mirada que no se ve, que desdeña lo no incluido en su perspectiva, que deshumaniza convirtiendo a la persona en un respondedor de interrogatorios, que construye las cegueras para no pensar todo lo que atraviesa, constituye e instituye lo humano.

8. “Los médicos debemos liderar”: El autoritarismo psiquiátrico.

Hay un horror psiquiátrico al no dirigir. Nosotros, tan obsesos del poder.

Debemos dirigir inequívocamente las instituciones de salud mental. Somos líderes, somos médicos, somos psiquiatras.

Lo que cuestione nuestro piramidalismo profesional, nuestro faraoneo, será inhabilitado: tanto si viene desde fuera de la profesión (“los psicólogos no están bien formados…”) o desde dentro (“esos no son psiquiatras, son ‘sociatras’”).

Así, la interdisiciplina es entendida como una herejía inadmisible.

9. El hospitalocentrismo como adentro ficcional.

El sufrimiento psíquico construido desde dentro de los muros habilita un relato ficcional.

Un afuera para la normalidad a defender de la impura locura, puro orden y racionalidad.

Un adentro depositario, ahistórico, descontextualizado: donde no importan cuáles son tus empanadas favoritas, el nombre de tu gata, bajo qué árbol tomás tereré diariamente, o que apodo tenés en tu grupo de amigos.

La libertad siempre resulta amenazante para esta psiquiatría. Ella nunca es un presupuesto ético a defender. Recordaba Elizabeth Roudinesco  la ironía de Foucault al mencionar “el esforzado trabajo de los psiquiatras y sus chalecos de fuerza”[4].

Se prioriza mantener la perversa frontera locura – cordura… ¿Cómo fue que llegamos a la idea de que puede ser terapéutico encerrar a alguien de donde no podrá volver pues todo manicomio roba la confiabilidad de quien es llevado allí?

10. Una ciencia súbdita del mercantilismo.

Federico Pavlovsky[5], psiquiatra argentino, escribía en un artículo en el periódico Página 12 que para los dos congresos de psiquiatría argentinos –el de AAP[6] y el de APSA[7]–, más del 90 por ciento de los inscriptos son becados por los laboratorios.

En nuestro medio, no es posible pensar actividades sin su financiamiento. Un congreso debe ser realizado en un hotel de 5 estrellas “porque facilita la organización”. ¿Adivinen quiénes pueden pagar esto?

Poner esto en duda es calificado en el mejor de los casos de excéntrico, en el peor, se duda de la cordura del profesional.

11. Exigir lo que no hacemos.

“Adherencia al tratamiento” es el tecnicismo que encubre la necesidad de que “el paciente” se someta a pensarse.

Sin embargo no olvido el masivo rechazo que generó, en una reunión clínica, la discusión de si era pertinente que cada médico en formación para psiquiatra estuviera en algún proceso psicoterapéutico.

La pregunta sin respuesta en aquella discusión fue “¿Cómo vamos a diferenciar la mierda de nuestra cabeza de la del otro si no intentamos conocernos?”

Si no tenemos práctica auto – reflexiva, ¿Cómo podremos reconocer nuestros cinismos, nuestros rechazos, nuestro asco de lo vincular? Probablemente no exista fórmula más efectiva para concretar una psiquiatría con ausencia del otro que este auto distanciamiento.

12. El neoaristocratismo del saber médico hegemónico.

Tal vez la arista más elitista de la psiquiatría sea su impronta colonizadora: sólo la biomedicina, sólo la medicina occidental, tendría algo que decir digno de ser oído sobre el sufrimiento humano.

La racionalidad eurocéntrica desdeña lo que no venga de las universidades. Quienes hemos trabajado en y con comunidades necesariamente hemos visto y aprendido eso que nombramos como salud mental, de una abuela guaraní parlante, del pohã ñana[8], de un cura villero, de una niña vestida de inocencia.

La turbulenta corriente de lo intercultural es nutriente fundamental para acercarnos a la madeja humana, esa que no acepta simplismo alguno.


[1] Primera vocal. Justicia social y salud mental. Publicado el 3 de diciembre del 2019 y extraído de https://primeravocal.org/justicia-social-y-salud-mental/%20%20Justicia%20social%20y%20salud%20mental%20%20diciembre%203rd,%202019

[2] Barthes, R. (2003). Cómo vivir juntos: simulaciones novelescas de algunos espacios cotidianos. Siglo XXI.

[3] Illich, I. (1987). Némesis médica: la expropiación de la salud. Joaquín Mortiz.

[4] Roudinesco, E. (1999). Pensar la locura: ensayos sobre Michel Foucault. Paidós.

[5] Pavlovsky, F. Fiestas para psiquiatras. Página 12. Publicado el 24 de agosto de 2006 y extraído de https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-71886-2006-08-24.html

[6] Asociación Argentina de Psiquiatras.

[7] Asociación de Psiquiatras Argentinos.

[8] Guaraní, alude a la medicina herbolaria de tradición guaraní y de uso masivo en el Paraguay contemporáneo.

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