Pájaros en la Cabeza, una Entrevista con Javier Erro

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Hace unos días tuvimos oportunidad de platicar con Javier Erro acerca de su último libro, “Pájaros en la Cabeza, activismo en salud mental desde España y Chile”, publicado por virus editorial a inicios de este año, en esta conversación Javier nos habla acerca de la cultura de salud mental, las barreras que se ha encontrado el activismo, el conocimiento construido fuera de la Academia y desde las experiencias en primera persona, entre más temas.

Javier Erro, es de Valencia. Psicólogo. Participó en diferentes movimientos sociales de corte libertario antes de llegar al activismo en salud mental. Escribió la guía “Saldremos de esta: guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis” en el año 2016, así como diferentes artículos en webs de crítica de la salud mental, como primeravocal.org o madinspain.org. También participó en los primeros momentos del colectivo GAM Valencia.

Luis Arroyo: La primer pregunta Javier, que me viene a mente cuando veo el libro es siempre sobre el nombre, ¿cómo llegaste a este nombre que es Pájaros en la Cabeza? Y de ahí ¿cómo fue la construcción de este libro? ¿Qué estabas trabajando y dijiste “tengo que plasmarlo acá”?

Javier Erro: Primero decir que tardé muchísimo llegar al nombre. Me cuesta mucho sintetizar las ideas y me costó trabajo encontrar un término que expresase todo lo que intenta plasmar el libro.

Aquí en España, una persona con “pájaros en la cabeza” es una persona muy utópica, muy imaginativa, a veces muy ingenua, que se cree todo a la primera vez que se lo dices, incluso puede tener una connotación infantil. Son personas muy creativas, que están elaborando siempre un montón de ideas, visiones y puntos de vista diferentes sobre la realidad. Se tiende a utilizar como un término un poco despectivo. Siempre me ha parecido interesante esta expresión por la complejidad de lo que intenta definir, de lo que intenta acotar y por la imagen que genera cuando imaginas pájaros literalmente en una cabeza.

Estuve leyendo mucho a Pizarnik y ella utiliza mucho la metáfora de pájaros (ella misma, pasó por hospitalizaciones psiquiátricas). Por tanto no soy, ni mucho menos, la única persona que ha utilizado esta conexión entre pájaros y cabeza. Creí que podía ser una buena forma de englobar todas las ideas que ahí se plantean, es una forma distinta de denotar visiones distintas de la realidad, de defender las propuestas utópicas y un poco el intentar reforzar a las personas que no se conforman con lo que ya hay, que no se conformen con el discurso de esto es así y punto. Pájaros en la cabeza es una expresión que también hace referencia a está posibilidad de ver algo que hay más allá y no conformarse con este entramado real que tenemos ya dado.

Respecto a la motivación, el libro viene en un punto en el cual llevo varios años transitando en el activismo en salud mental. En España hay un punto en el cual hubo una eclosión, como está descrita en el libro, a partir del congreso Entrevoces. Hay una explosión de activismo en salud mental, que genera muchísimos discursos, genera muchísimo interés en un montón de personas. Tanto en personas psiquiatrizadas o locas, como en profesionales de la salud mental. Hay un boom, y luego hay una especie de estabilización, y yo creo que es en ese momento cuando a mí se me ocurre el empezar a escribir sobre como ha sucedido toda esta oleada. Siempre que he participado de otros movimientos sociales he echado en falta una memoria histórica más inmediata, más rápida, más adaptada a la realidad.

Los tiempos van cada vez más rápido, el capitalismo y el neoliberalismo se alimentan del cambio constante, de la transformación constante. Entonces, yo no puedo organizar un movimiento social conforme una historia escrita sobre hechos que ocurrieron hace 40 años. Por eso en el libro intento no centrarme en la antipsiquiatría, no porque en sí misma no tenga valor, sino porque es una corriente que surgió en un momento histórico muy concreto, realmente distinto al que tenemos ahora. Yo quería hacer un libro útil, surge de ahí, de que conforme vayan pasando los años este movimiento social lógicamente irá cambiando para ir adaptándose al contexto socioeconómico y a las situaciones que se vayan generando. También generará nuevos discursos que  lo vertebrarán de un modo distinto, y articularán esos discursos y esas prácticas de otra forma. Espero que sea así y que sea cada vez hacia mejor. Para eso creo que es necesario, cada vez que se sube un escalón, mirar un poquito abajo y ver qué es lo que ha sucedido y cómo es que se ha subido a ese escalón.

Otro de los motivos para escribir “Pájaros en la Cabeza” es que se pregunta mucho sobre en qué consiste el activismo en salud mental y qué discursos hay. Es nuevo para mucha gente. Y cuando escuchan hablar de orgullo loco, de que se puede criticar la psicoterapia, se puede criticar la idea de que todos tenemos que ir al psicólogo, de que siempre hay que tomar pastillas, de que cada vez tienen que haber más psiquiatras en los sistemas de salud mental… Quería, en la medida de mis posibilidades, intentar compilar todo esto para que hubiese un material concreto al que la gente pudiese recurrir.

Hablas de una “cultura de salud mental”, no tanto como un concepto, sino como una cultura que es algo que abarca mucho más. En el texto comentas como esta cultura esta muy influenciada o permeada por el neoliberalismo y el consumismo. ¿Podrías comentarnos un poco más cómo se construye esta relación entre neoliberalismo y salud mental? Y finalmente, ¿qué impacto tiene esto en lo social?

El capitalismo en su forma neoliberal impacta de varias maneras. En primer lugar impacta al generar  directamente  un sufrimiento psíquico, un malestar, mediante la precarización laboral, a través de cualquier otra injusticia que genere, a través de la violencia machista, de la promoción de la soledad, a través de un montón de determinantes sociales que están sucediendo.

Por otra parte, a veces los malestares se generan por motivos que no tienen que ver directamente con el neoliberalismo o el capitalismo. Pero el contexto socioeconómico lo que puede hacer es incrementarlos, intensificarlos, puede hacer que el sufrimiento sea mayor. Por poner un ejemplo de malestar no originado estrictamente por un determinante social: sufrir un accidente de coche y acabar traumatizado en términos emocionales. No es lo mismo que tengas un trabajo fijo con una serie de derechos laborales donde te puedas dar unos meses de baja, recuperándote y cuando te encuentras recuperado puedas volver al trabajo, puedas ir volviendo a usar el coche, puedas pagarte tu terapia (si la necesitas), puedas hablar con otras personas que hayan pasado por este tipo de situaciones y que vayas mejorando. No es lo mismo esto que ser de una clase social más baja en términos económicos, acabes igual de traumatizado pero no tengas dinero para pagarte una terapia, no tengas derechos laborales o que si pides una baja en el trabajo te despidan porque tu trabajo está súper precarizado. Ese malestar quizás no está originado en el neoliberalismo, pero  el neoliberalismo está afectando y el malestar va a estar ahí presente mucho más intenso durante más tiempo.

Además hay que entender que el neoliberalismo no es solo de orden económico. La cuestión económica es la parte más conocida, pero también es un sistema de pensamiento. No es lo mismo definir la salud mental en la época neoliberal actual, que definir salud mental hace dos siglos o cinco siglos, y seguramente no será lo mismo que definirla dentro de un siglo. Quizás ni exista la salud mental como concepto. Por resumirlo mucho, intento hablar de “cultura de la salud mental” en lugar de “salud mental” sin más. Añado “cultura”, porque me parece que va más acorde a la realidad de lo que es un malestar. Cultura de la salud mental, sería entonces un conjunto de ideas que determina nuestra visión sobre lo que es o no es el malestar, las emociones, la mente, etc. Estas ideas van cambiando según cambia el contexto histórico. El neoliberalismo, como haría cualquier otro sistema, lo que hace es aplicar su sistema filosófico a estas ideas sobre salud mental.

Me gusta esquematizar esta influencia en tres ideas principales: la individualización, la especialización y la descontextualización.

La individualización es decir que el malestar está solamente en el individuo y es su responsabilidad tener que lidiar con él, así como haberlo generado o adquirido. La especialización haría referencia a que solamente los profesionales de la salud mental podemos decidir qué es el malestar, qué es una emoción, qué es la mente y como se tienen que gestionar los problemas de sufrimiento psíquico. Como si las propias personas con sufrimiento psíquico no fuesen expertas de su propia experiencia. Y luego estaría la descontextualización, que es la idea de que el neoliberalismo para poder mantenerse necesita invisibilizar los determinantes sociales, necesita desvincular el malestar de su contexto, porque si no el contexto se pondría en peligro. Se desresponsabiliza a estos determinantes sociales. No importa que estés en el paro, no importa que hayas sufrido violencia machista, no importa que hayas sufrido bullying, no importa que vivas en un barrio donde no hay hospitales, o donde no hay agua potable, no importa nada de todo eso, tu malestar es solo tuyo y tú tienes que cambiarlo. Todo eso contribuye a que cuando una persona manifiesta una problemática de salud mental, lo vaya a entender de una determinada manera o de otra, y lo vaya a gestionar de una manera o de otra.

Pensando un poco en estos puntos que comentas, sobre todo en la descontextualización, no sé si allá hablan de “meritocracia”, que es un concepto que acá en México se ha hecho más presenten en los últimos años, en medios, discursos políticos, etc. Y que es esta cuestión de “el pobre es pobre porque quiere”. Creo que, en este sentido, este discurso apuntaría hacía lo mismo “el que sufre, sufre porque quiere”, ¿sería esto un equivalente?

Sí, totalmente, el que sufre, sufre porque quiere, y si no lo cambia es porque es un vago, es un victimista, se está regodeando en su propio sufrimiento, o no quiere trabajar, no quiere responsabilizarse de su propia vida, y si hiciese un poquito más de esfuerzo, pues lograría salir adelante. Sí, creo que está vinculado.

En el punto de la especialización comentas que se hace uso de conceptos de salud mental, echando mano de los psiquiatras, de los psicólogos, pues, para perpetuarse y con esto surge mi siguiente pregunta, ¿qué idea o que modelo crees que en este momento este permeando más la cultura de la salud mental? O ¿qué modelo piensas que pueda estar introduciéndose en este momento, que tal vez genere algún cambio? Cambio para bien o para mal.

La psicofarmacología como herramienta principal de la psiquiatría comienza en los años cincuenta, y tiene su “boom” en los años ochenta. Coincide con la aparición del DSM-III, que potencia un discurso biologicista sobre el sufrimiento psíquico. El éxito del biologicismo es relativamente nuevo en términos históricos; siempre ha habido un intento de vincular las cuestiones fisiológicas, corporales, a la salud mental, pero solo tiene éxito la psicofarmacología en los años ochenta, cuando los psicofármacos se convierten en el arma central de la psiquiatría. No es casualidad que sean unos años de neoliberalismo muy fuerte, tanto en Europa y en Estados Unidos, como en países Latinoamericanos. En este contexto, el biologicismo se convierte rápidamente en una de las ideas mejor posicionadas en la jerarquía de las ideas que forman la cultura de la salud mental. Se adapta muy bien al pensamiento neoliberal: recoge la individualización, porque personaliza el problema; descontextualiza el malestar señalando que es un desequilibrio químico independiente de lo social; y perpetúa la especialización porque los fármacos solo los pueden utilizar los psiquiatras y nadie más. Desde los años ochenta hasta ahora creo que existe un indiscutible poder de la farmacología dentro del campo de la salud mental, una hegemonía que no permite margen para otros discursos.

Pero, es verdad que esto que tú estabas comentando de la “meritocracia”, de que “sufres porque quieres”, de “si tú quieres puedes”, “supera tus problemas”, este discurso de autoayuda, de la superación a través del esfuerzo, del tienes que triunfar… Todos estos son discursos que venían desde hace tiempo. Lo que pasa es que me da la sensación (y esto es más una sensación subjetiva, no está basada en datos concretos), de que este discurso se está potenciando cada vez más. En cierta manera, están desplazando a la farmacología. Creo que la gente no ha acabado de comprar del todo la idea de la farmacología, no ha acabado de impregnarse al cien por cien en la sociedad, se ha impregnado en el campo de la salud mental, pero no toda la gente vincula malestar con farmacología. Si hablamos con personas fuera del campo de la salud mental, cuando tienen un problema de ansiedad, depresión, en su trabajo, en sus relaciones… Es habitual que digan que no quieren recurrir a los fármacos, que quieren hacerlo por sí mismas, que quieren hacerlo sin ayuda química. Y esto es complejo. Por una parte está genial, porque está bien el no recurrir automáticamente a la farmacología (aunque recurrir también está bien si es lo que se necesita). Pero al mismo tiempo se está potenciando esta idea de la responsabilización individual, se está potenciando esta idea del “si quieres puedes”, de la meritocracia, del “si te esfuerzas puedes conseguirlo” y del “si sufres es porque quieres”.

Creo que esta “cultura del tip”, de los “diez consejos para quitarte la depresión”, los “cinco ejercicios que necesitas para quitarte la ansiedad” y toda este enfoque tan reduccionista y simplificador del sufrimiento psíquico, puede que sea la próxima hegemonía de la cultura en la salud mental. Poco a poco va tomando posiciones, y es posible que la farmacología vaya bajando escalones. Pero ambas ideas son neoliberales, por eso está bien que hayas dicho lo de “para bien o para mal”. El cambio no sé si será a mejor o a peor, creo que se tratará una cosa distinta y habrá que afrontarla de una manera diferente.

Lo que el activismo en salud mental plantea es algo totalmente diferente, una lectura más social, basada en el apoyo mutuo, una lectura más socioeconómica, más política y lo que plantea es ir en contra de esta individualización, descontextualización y especialización. Va directamente al corazón de la cultura de la salud mental neoliberal, para tratar de transformar.

Aprovechando que ya salió este tema del activismo ¿tú cuáles crees que son las condiciones sociales que se requieran o que has notado que están presentes para que surjan estos “booms” del activismo? En el libro me es muy llamativo como tanto en España como en Chile, que son los dos países que tomas como referente, vienen de situaciones políticas post-dictadura, post-Franco y post-Pinochet, y que justo se vienen los “boom” sociales y de este repunte surgen. Pero, después vemos el Mad Pride, en Canadá, en Inglaterra, y es un contexto completamente diferente. Y digo, son activismos muy diferentes, tal vez, pero, debe haber algo que pueda generar este puente o que se comparta para que estos movimientos se afiancen y puedan generar esto tan fuerte. Creo que es algo que hay que reconocer, uno voltea a ver los movimientos de activismo en primera persona o de Orgullo Loco en España o en Chile y me parece que son de los movimientos con más fuerza a nivel internacional.

Creo que para que un movimiento social sea lo más avanzado posible (y el movimiento en primera persona siempre va a ser más avanzado que cualquier planteamiento que hagamos los/las profesionales) son necesarias una serie de condiciones sociales. En España surge la antipsiquiatría durante la dictadura, y pierde fuelle cuando esta acaba. El movimiento de la psicología comunitaria en Chile también es muy potente durante la dictadura. Es muy interesante que ambos movimientos, en dos contextos de condiciones represivas, son protagonizados por profesionales. Y has puesto también el ejemplo del Mad Pride que inicia en Canadá, que no viene de estas condiciones represivas de dictadura y es un movimiento en primera persona. Es decir, cuanto más represiva es una sociedad más difícil es que las propias personas con malestar puedan politizar ese malestar y posicionarse desde ahí. Pueden posicionarse los profesionales que están en contacto también con ese malestar constantemente y tienen un poco más de libertad para poder politizarlo. Pero en un contexto de dictadura es más difícil hacer los discursos en primera persona que se están haciendo hoy en día. Cuando se habla del activismo loco, o el activismo en salud mental o en realidad de cualquier tipo de movimiento social, nunca se puede dejar de hablar del contexto político. Sin malestar no hay transformación social, ni movimientos sociales que lo articulen. Pero para que una cosa lleva a la otra, es necesario poder generar lecturas propias acerca del malestar.

Siguiendo con este tema ¿qué postura deben tener los profesionistas, o tú consideras que deberían hacer profesionistas de las disciplinas psi, frente al activismo? ¿Considerarse como aliadas o aliados, sumarse, mantenerse al margen, simplemente observar o si tomar una postura más activa? Y si ese fuera el caso, ¿cómo tomarla sin llegar y nuevamente imponerse en una cuestión jerárquica? 

Es una pregunta muy complicada, porque hay muchas posturas al respecto. Está la postura que plantea que lo que los profesionales debemos hacer una vez hecha esta toma de conciencia es dejar de ser profesionales. Defiende que no hay ninguna manera de arreglas las instituciones de salud mental, ni las disciplinas psi, si no que simplemente tienen que desaparecer.

El lado opuesto de las posturas sería el del profesional progresista, “progre”, que intenta no sentirse cuestionado por este tipo de movimientos. Intenta camuflarse y sobrevivir a la tempestad, sobrevivir a esta tormenta, con la idea de que esto es una moda, que pasará y que todo seguirá igual después. Intenta traducir las propuestas del activismo en algo mucho más descafeinado, algo mucho más despolitizado. Por ejemplo, haciendo Grupos de Apoyo Mutuo en centros de salud mental (pero con un profesional liderándolo) o haciendo alguna crítica en un momento dado, pero sin realmente profundizar.

Yo, personalmente, defiendo una postura un poco más intermedia. Los profesionales de salud mental tenemos una autoridad, tenemos un poder, que deberíamos intentar eliminar en la medida de lo posible. Pero creo que el poder, no solo el de los profesionales sino el poder en general, nunca es cien por cien destruible, siempre va a estar presente. Lo que hay que hacer es intentar modularlo, que las relaciones de poder sean lo más horizontales posibles, que no existan jerarquías que permitan abusos. Esto lo digo en general, pero también sirve para el campo de la salud mental, intentar reducir al máximo esos roles de poder. Por otro lado, tenemos que ir acompañando al movimiento activista en primera persona en las diferentes propuestas que vaya haciendo. Conforme se vayan realizando esas propuestas y vayan cambiando las propias prácticas del sistema de salud mental (y las de fuera, a nivel social) es posible que en en un futuro se llegue a un punto en que los profesionales tengamos que decir “dejo de ser profesional de la salud mental”. Sin embargo, desde mi punto de vista y siendo consciente de que hay otros, creo que ahora mismo estratégicamente no estamos en ese punto. El 99,9 por ciento de los y las profesionales de la salud mental, no tienen ni idea de que existe el activismo, no les importa ni les interesa en lo más mínimo. Creo que los profesionales críticos o aliados, o como se les quiera llamar, debemos incomodar a otros profesionales, porque nosotros los profesionales sí que podemos incomodar a otros profesionales. Las personas activistas, locas o en primera persona no siempre pueden llegar a incomodar. Yo vengo de la cultura punk y creo que la provocación es algo necesario, que tenemos un poco el deber de intentar abrir estas brechas, intentar hacer que las otras personas, que los otros profesionales, también reflexionen sobre este tipo de cuestiones. Creo que es ahí donde se puede abrir un margen de maniobra para los profesionales críticos. Pero eso no significa que una vez pensado una estrategia ya necesariamente sabemos lo que hay que hacer, y que ya no hay que cuestionarse nada. Al contrario, hay que inventarse, hay que replantearse, hay que intentar desjerarquizar, hay que desautorizarse, y tratar de hacer esto acompañando pero no empujando. No coger la pancarta y hacerse la foto, intentar siempre estar al lado de movimiento activista en primera persona.

Yo estoy encantado de que estés haciéndome esta entrevista, pero al mismo tiempo en parte me incomoda. Porque en mi lugar podría haber una persona activista loca o psiquiatrizada. Entiendo que ahora está lo del libro y que entonces lo lógico es que haya un cierto interés en él y por lo que yo opino. Pero, creo que nuestro papel es también dar espacio a esa voz.

Con esto me haces pensar mucho en esto, y también lo comentado, de como muchos profesionistas están cerrados a la crítica, no se critican a sí mismos, no critican sus supuestos, sus posturas, sus teorías y mucho menos toman las criticas que vienen de fuera. En más de una ocasión toca escuchar cuando algún profesionista escucha a los activistas decir “bueno, es que no tienen consciencia de enfermedad” y con eso ya se cierra. Pero incluso en las cuestiones teóricas también, se cierran a seguirse repensando, y con esto la pregunta es; la antipsiquiatría desaparece en algún momento, pasa el contexto social, pero en la cuestión teórica también,  pareciera que se cierra; la contrapsicología ,igual, y en su caso es una cuestión todavía más específica, donde pareciera no tuvo un impacto tan fuerte y da la impresión que fueron las mismas posturas de los profesionistas quienes cerraron estas posibilidades, ¿actualmente tu has visto o has encontrado, alguna postura similar o que vaya tomando esta forma? ¿y que crees que tenga que pasar para que alguien dentro de estos contextos pueda empezar a cuestionarse, y construir una postura realmente crítica?

La antipsiquiatría o la contrapsicología han jugado un papel histórico muy importante, han permitido que se iniciara una serie de movimientos sociales que han sido de gran importancia para el movimiento de activistas en salud mental que existe actualmente. Pero al mismo tiempo, pienso que los movimientos sociales tienen que saber cuándo parar y tienen que saber cuándo ceder el lugar a otros movimientos sociales que se han adaptado mucho mejor a lo que la realidad demanda. En este caso el hecho de que la antipsiquiatría y la contrapsicología hayan perdido fuerza creo que es algo bueno, o al menos creo que simboliza algo positivo, en el sentido de que ya han cumplido su función y en el sentido de que han abierto la puerta a que otros movimientos sociales metan otro tipo de discursos, otro tipo de prácticas, otro tipo de estrategias y de mecanismos.

Si lo que me estás preguntando es si es posible que surja un discurso propiamente profesional, crítico con lo profesional, que sirva para poder avanzar en alguna dimensión, creo que sí que es posible. No sé si va a suceder o no, pero creo que sí es posible. Al mismo tiempo pienso que seguiría siendo más fuerte y más rico el activismo en primera persona. Puede vincularse con otras cuestiones sociales y esto permite que haya una mirada mucho más amplia. Todas las propuestas profesionales se van a quedar en el pequeño campo de la salud mental, y pueden ser propuestas muy buenas o muy malas, pero su radio de acción va a ser siempre de corto alcance, siempre se va a quedar en ese límite.

Entonces, partiendo de este punto ¿puede existir un activismo dentro de las instituciones? ¿O la idea de activismo e institución se contraponen o contradicen de alguna forma? ¿O es posible que si dentro de alguna institución surjan ciertos movimientos activistas o ciertas posturas de activismo que puedan tener lugar y desarrollarse en un marco institucional?

No solo creo que puedan aparecer, sino que además pienso que son totalmente deseables. Hay que tener en cuenta que cada vez que sucede un cambio relevante en una institución, un cambio a mejor, estamos reduciendo relaciones de poder, estamos reduciendo la cantidad de personas traumatizadas por haber sufrido psiquiatrización, estamos eliminando injusticias que pueden suceder. Si los cambios que han ido sucediendo hubiesen tenido lugar hace treinta años, hay personas que no estarían viviendo como están viviendo ahora. No se hubieran suicidado, no hubiesen sufrido un aislamiento social tan fuerte, no estarían ahora mismo encerradas en centros psiquiátricos a largo plazo, institucionalizadas durante tantos años.

Pienso que esta dicotomía entre reforma o revolución es un debate histórico que en un momento dado de la lucha de la clase obrera tuvo bastante sentido, pero creo que hoy en día con el tipo de movimiento sociales que tenemos, ya no lo tiene tanto. Creo que no hay que elegir una u otra opción, sino escoger las dos. No hay un movimiento definitivo, no hay una estrategia definitiva que vaya a acabar con todas las relaciones de poder y que vaya a acabar con el neoliberalismo y con la cultura de salud mental neoliberal de un plumazo. La revolución no sucede sin reformas previas y las reformas sin una perspectiva de futuro ambiciosa, se quedan en nada. Lo que hay son varios cambios pequeños y otros grandes que lo que tienen que tener en cuenta es que el cambio definitivo no existe. Por eso, creo que sí hay que estar en las instituciones cambiando cosas, sin perder de vista que las instituciones desactivan, que siempre va a poner una almohada a la onda expansiva de lo que tu hayas hecho explotar. Al fin y al cabo para mí activismo es transformación social, puede tener más alcance o menos, pero si transforma la sociedad y es hacía mejor, creo que es deseable. Dicho esto, sin transformaciones fuera de la institución no se puede llegar a nada. A mí también me encantaría tener la estrategia que consiga que de aquí a un año todo esté solucionado, pero hay muchísimas cuestiones que se quedan en el aire, ¿qué haces con las personas que han sido psiquiatrizadas por décadas?, ¿qué haces con las personas que se han hecho completamente dependientes a los psicofármacos?, ¿qué haces con un montón de gente en situaciones muy vulnerables por cómo les ha tratado el sistema de salud mental y su entorno social? Todo eso son cuestiones que hay que ir hablando de forma muy seria, porque estamos hablando de la vida de las personas. Construir todo un tejido social es un proceso largo.

Me gusta esta cuestión de que el activismo es todo aquello que pueda proponer un cambio. Pero considerando los contextos, situaciones y posibilidades que haya y creo que es sumamente importante esta cuestión, el activismo puede ser dentro y fuera de una institución, cosa muy distinta a la que ocurre con los profesionistas de las disciplinas psi, que es “o dentro de la Academia o Institución, o no tiene validez”. Pero el activismo se abre en este campo y toma toda herramienta que le sea posible; y algo que me viene en mente con esto, y lo vas comentando también, son los usos del lenguaje, del cómo estos textos académicos y disciplinas usan un lenguaje a veces inaccesible para una gran parte de la población, dejándola fuera. Es como si dijeran “voy a hablar de ti pero sin que tú tengas derecho a replica porque no sabes de lo que estoy hablando”, entonces, como el activismo usa el lenguaje, lo cambia, pero no solo es decir voy a hablar de otra cosa porque quiero, sino es decir, voy a hablar de esto porque me incluye, entonces el cambio del lenguaje como herramienta me parece que es algo fundamental, ¿no?

Estoy en contra de pensar que la Academia es la única forma de generar conocimiento. Estoy en contra de pensar que la investigación científica objetiva y cuantitativa es la única forma de generar conocimiento. Estoy en contra de pensar que solamente los profesionales que hemos estudiado carrera, y tenemos un máster o dos, somos los únicos legitimados para generar conocimiento. Creo que uno de los pocos motivos por el cual los profesionales somos los únicos legitimados para generar conocimiento sobre la salud mental es porque utilizamos un lenguaje enrevesado. Utilizamos un lenguaje propio del campo de la salud mental y eso no tiene ningún sentido porque el lenguaje popular ya tiene palabras para la mayor parte de experiencias. Las personas ya tienen palabras para describir lo que les sucede, palabras propias que han desarrollado en sus vidas.

Cuando llamas depresión a algo que les sucede a cien personas diferentes, esas personas igual lo estaban llamando distinto, si tu le pones la etiqueta “depresión” te sirve a ti como profesional, te sirve a ti para hablar con otros profesionales sobre un concepto que engloba a todas esas personas. Pero esas personas las estás desposeyendo de la posibilidad de definir lo que sucede en sus propios términos.

La cuestión del lenguaje es vital, sucede en muchos ámbitos. También es uno de los problemas de muchos movimientos sociales. Han plasmado teorías y discursos en textos muy rimbombantes, con palabras muy exclusivas que son de difícil acceso. A no ser que tengas cierto entrenamiento o interés durante mucho tiempo, posiblemente no vayas a comprenderlos. Se genera un lenguaje exclusivo que produce conocimiento, no para lo social, sino para un ámbito muy concreto de activistas o de especialistas en lo teórico.

También me parece un modelo muy patriarcal porque, generalizando mucho, hemos sido más los hombres los que hemos expresado las ideas de una forma tan enrevesada. Creo que se ha puesto mucho ego en esta producción, en esta plasmación y reproducción de ideas y creo que poquito a poco hay que ir cambiando hacía una forma más popular de expresarse.

Volviendo al campo de la salud mental, esto también sirve para los profesionales. Hay que plantearse cómo abrir ese campo semántico, ese campo lingüistico, para que sea algo construido entre todo el mundo o que cada persona lo construya de una manera subjetiva, con un lenguaje propio. Que seamos los profesionales los que nos adaptemos al lenguaje de la persona y no al revés. Lo que sucede con el lenguaje especializado es que la experiencia que intentas describir se aísla del mundo real. Se establece una especie de muralla alrededor del concepto, de la experiencia o de lo que sea que estés definiendo, y hace que sea inaccesible de forma totalmente innecesaria.

Quiero aprovechar el momento, tú comentas también esta cuestión patriarcal que viene en estas posturas academicistas, no me quiero meter mucho en el tema, porque me reconozco con pocas habilidades y poco entendimiento de estas situaciones, pero es re importante recalcar que el movimiento feminista tiene un gran impulso y una gran rama que incide en cuestiones de salud mental, que trabaja en el activismo en primera persona, y creo que esto es de lo más valioso del activismo, que justo comentabas, la posibilidad de sumar otras cuestiones sociales, sumarse a otros movimientos, cosa que en la Academia no siempre pasa, ¿no?

Si, la Academia puede hablar sobre cuestiones sociales, puede hablar sobre movimientos sociales, pero no es un movimiento social, no genera movimiento social. Puede haber personas que leyendo ciertas reflexiones desde la Academia incorpore ideas o generar ciertas cosas, pero desde la Academia no sucede una transformación social.

Es interesante eso que planteas, porque el feminismo en cierta manera es un activismo en primera persona también. Se habla de activismo en primera persona en salud mental porque es la forma en que ha acabado nombrándose, pero al final lo que estás diciendo es que son las propias personas locas, psiquiatrizadas o diagnosticadas, las que están generando lo que quieren generar. Se están apropiando de su malestar y están decidiendo qué es lo que necesitan hacer, poniendo palabras a todos esos procesos. El feminismo también permite esto a las mujeres.

Conozco gente que les ha cambiado la vida solo por cambiar la palabra esquizofrenia por escucha de voces, eso ha sido una revolución brutal. Eso, ese pequeño cambio, no puede suceder en la Academia, eso solo puede suceder en el activismo en primera persona. Solo alguien en primera persona puede generar ese cambio terminológico y transmitirlo de manera que a alguien le interpele. Creo que en el feminismo esto pasa también cuando define como violencias lo que hasta ahora se había considerado algo normalizado, cuando define como agresión sexual algo que hasta entonces había sido algo considerado razonable o incluso exigible. Todos esos cambios solamente pueden surgir desde un activismo en primera persona, por mucho que queramos, lo máximo que podemos hacer es escucharlo, aprenderlo.

Entonces el cambio como vienes marcando en el libro tiene que venir del activismo en primera persona, tiene que venir de estos movimientos y estos grupos, porque son los que realmente tiene la infraestructura y el poder para hacerlo, y pienso en infraestructura porque son estos colectivos estos grupos, los que realmente logran hacer uso de todo lo que puede estar a su alcance. Y con esto, si gustas, podemos tal vez ir cerrando, hablando de los Grupos de Apoyo Mutuo, que me parece una idea sumamente importante y una experiencia en la que pareciera que todo esta dicho pero que se sigue construyendo.

Los Grupos de Apoyo Mutuo me parece que sintetizan o catalizan prácticamente todo lo que hemos estado hablando. Son en primera persona, permiten que cada cual que vaya allí genere su propio entendimiento sobre lo que le está sucediendo, son horizontales. Obviamente habrá también relaciones de poder en los Grupos de Apoyo Mutuo, pero son relaciones de poder lo menos intensas posibles, al menos en comparación con las relaciones de poder establecidas entre una persona psiquiatrizada y un profesional de la salud mental. Además, son útiles, en el sentido de que mucha gente ha encontrado en los Grupos de Apoyo Mutuo una escucha, un acompañamiento, una puesta en común, un enriquecimiento, una herramienta para reducir sus niveles de malestar. Dicho esto, también tienen limitaciones. Yo era mucho más partidario de los Grupos de Apoyo Mutuo, pensaba que eran una solución casi definitiva, hasta que tuve que hacer entrevistas para el libro con personas participantes. Como ellas mismas comentan, son una herramienta súper poderosa, pero que al mismo tiempo no pueden cambiarlo, ni transformarlo todo, ni pueden ser la única alternativa. Creo que el activismo en primera persona está ya trabajando para generar más opciones e intentar que las limitaciones se vayan rompiendo hasta donde sea posible.

Por ejemplo en mi ciudad, en Valencia, han sido la base sobre la que se ha sostenido el activismo en salud mental. Habían varios colectivos, pero los dos de actividad más grande, uno era una red de Grupos de Apoyo Mutuo y el otro de una actividad más política. Y estábamos en constante interacción. Pensábamos que si no hubiera Grupos de Apoyo Mutuo el otro colectivo se disolvería, porque no tendría tanto sentido. Sigo pensando que es un buen planteamiento, creo que los grupos están ahí en la base, yo no sé si de aquí a 10 años seguirá siendo así, posiblemente sí, posiblemente no, pero ahora mismo creo que es lo que da ese soporte.

Es una duda que me surge de momento, para intentar entender más que es el Grupo de Apoyo Mutuo, pero finalmente podríamos ir cerrando, no se si tengas algo en mente o que se me este escapando que quisieras dejar precisado.

La verdad es que no sabría decirte, pero como comentario un poco amplio, decir que ahora mismo me da la sensación de que en Latinoamérica están surgiendo un montón de propuestas, de colectivos y de iniciativas. Ahora mismo hay muchas miradas puestas ahí. El Orgullo Loco que tuvieron hace poco allí en México fue seguido por mucha gente aquí. Creo que tenéis un potencial bastante fuerte, ojalá tenga razón y germine algo maravilloso.

Muchas gracias Javier, pues creo que tenemos una de las condiciones importantes para hacer esto que es el malestar, el malestar existe y ahora nos toca hacer algo para cambiarlo, y también creo que esta situación de la virtualidad y de pandemia global nos ha permitido poner la mirada en otros lados y dar cuenta de que a pesar de diferencias y contextos, también hay mucho que nos mantiene unidos y permite la construcción de puentes y creo que eso es algo que por lo menos en el activismo se nota mucho, pareciera que todo movimiento de activismo, independiente de donde venga se suma, porque como comentas todos apuntan al cambio social y a la eliminación de malestar.

Y nuevamente agradecerte muchísimo por este tiempo, esta charla y por este libro que seguramente nos va a tener hablando aún más por todas las cosas que de allí se van a desprender, una lectura cien por ciento recomendada.

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