Anorexia, poesía y terapia

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Caterina Eppolito es una psicoterapeuta, investigadora y poeta estadounidense. El texto original en inglés se titula “Food for thought”. Está incluido en el libro Poets on Prozac: mental illness, treatment, and the creative process, editado por Richard M. Berlin y publicado por John Hopkings University Press[i]. A continuación compartimos la transducción libre realizada por el grupo “Anomalías”.

En todos mis años como terapeuta, nunca he tenido un paciente que dijera que quiere comenzar la terapia para volverse más creativo. Aunque tuve uno que comenzó el tratamiento porque era demasiado creativo. Era un niño que le dijo que escuchaba voces a su maestro. Cuando trabajé con ese niño, descubrí que esas voces eran solo una adaptación creativa de sus compañeros de juego imaginarios.

Al igual que mis pacientes, cuando hice terapia no fue para volverme más creativa. En retrospectiva, mi mente se había vuelto demasiado creativa; su solución creativa inconsciente a la conmoción que me produjo que mi padre abandonará a su familia fue que yo desarrollará anorexia al final de mi adolescencia.

Para entender cómo se relacionan la creatividad y la psicoterapia, hay que ir más allá de la superficie de mi poesía. Al igual que hay que mirar más allá de la apariencia superficial de la anorexia para saber que no se trata de peso o aspecto físico. Para entender cómo la terapia mejoró mi creatividad, debe entenderse la enfermedad por la que busqué tratamiento. Como los hilos de mis tres destinos, la anorexia, la psicoterapia y la creatividad están intrínsecamente entrelazadas.

A los veintitrés años, ya me habían hospitalizado, ya había buscado tratamiento, me había licenciado en psicología y obtenido un máster en escritura creativa. En ese entonces pensé que la enfermedad había quedado atrás. Pero antes de dejar el tratamiento, el director clínico del programa me regañó: “Negálo si quieres. Te veré de nuevo. La anorexia está arraigada en tu mente”. En ese momento, lo odié. No me gustaba la idea de que me dijera que no estaba curada, sino que simplemente estaba en remisión. Luego, levantando la vista de su expediente desde un sillón de piel sintética, mirando mi formación académica, y casi como una ocurrencia tardía, comentó casualmente: “Poesía, se supone; escribir eso no puede ser más anoréxico”.

Levanté la vista escandalizada ante la metáfora que comparaba mi poesía con una enfermedad destructiva. ¿Cómo se atrevía a comparar mis escritos con una enfermedad? Ahora me doy cuenta de que los terapeutas suelen intentar hacer conexiones metafóricas entre el diagnóstico y la vida del paciente, creyendo que la enfermedad es una manifestación física de un proceso mental. Pero, en ese entonces, fue una revelación que no quería escuchar. Durante cinco años había trabajado duro para reconstruir mi vida desde la devastación de la enfermedad. Regresé a la universidad, obtuve un máster, me mudé al otro lado del país y reconstruí mis relaciones.

Aunque no me había liberado de las flagrantes manifestaciones físicas de la anorexia, nunca se me ocurrió que psicológicamente podía seguir siendo una anoréxica en el closet. Todavía tenía los mismos procesos mentales que había tenido cuando estaba enferma, pero sublimaba la obsesión en una forma más positiva y socialmente aceptable: la poesía. Si bien no hay duda de que escribir poesía es más positivo que estar anoréxica y moribunda, mi terapeuta señaló que este ingenioso mecanismo de defensa me permitió arraigarme en mi enfermedad. Después de todo, los síntomas de restricción, el impulso por la perfección, la obsesión y la necesidad de controlar… todos mis síntomas estaban ahí… en la poesía.

La forma poética es una forma anoréxica de escritura. Literalmente, la poesía es la forma más delgada de escritura. La poesía es tan delgada que, por su propia definición, no puede caber en la página. Así que, en lugar de restringir las calorías, estaba restringiendo las palabras. En lugar de controlar lo que me sobraba en el plato, controlaba lo que sobraba en la página. En lugar de pasar horas tratando de deshacerme de la comida extra, pasaba horas luchando con las palabras tratando de librarme del exceso verbal. Sin embargo, con cada nueva revisión, seguía buscando obsesivamente la perfección.

La poesía está tan llena de formas como la anorexia de reglas. Al igual que existían normas de autocontrol para comer sólo determinados alimentos, había formas poéticas que utilizaban la rima y la métrica para descartar ciertas palabras y permitir otras. Ciertos procedimientos formales, como la sestina o el soneto, tenían unos patrones tan estrictos y reglamentados que parecía una locura intentar encerrar en ellos mis expresiones emocionales.

Al principio, la anorexia no tiene nada que ver con la expresión emocional; sino con la restricción emocional. Una de las primeras cosas que aprende una persona anoréxica es que la enfermedad no tiene nada que ver con la comida ni con el peso. La comida y el peso son solo metáforas. Son el medio a través del cual la persona anoréxica comunica lo que siente que es indecible.

Anita Johnston, psicoterapeuta y autora de Eating by the Light of the Moon, escribe que el trastorno alimentario es algo que ella utilizó para lidiar con la angustia emocional de sentirse diferente, incomprendida, no aceptada y abrumada.  Necesitaba considerar la posibilidad de que el trastorno alimentario pudiera haber sido una elección razonable, teniendo en cuenta las opciones, los recursos o sus limitadas habilidades disponibles para enfrentarse a una crisis en su vida.

Como el Eco de la mitología griega, una persona anoréxica no suele tener una voz propia. A menudo imita las palabras que cree que otros quieren escuchar. Asimismo, siente lo que los demás quieren o le permiten sentir. Niega sus emociones del mismo modo que niega su propia hambre. Yo, por ejemplo, escondí mi tristeza y depresión cuando mi padre se fue. Traté de purgar esos sentimientos ayunando. El ayuno adormecía el dolor emocional, porque el hambre que me causaban las obsesiones con la comida y el peso me distraían de los problemas emocionales más dolorosos. Cuando se le da la opción de obsesionarse con un pensamiento suicida o con una zanahoria, la mente elige una zanahoria porque es más segura y menos dolorosa.

De manera similar, en mi poesía escribí con las voces de otras personas porque era más seguro y menos doloroso de trabajar con ellas que con mi propia voz. No valoraba mi propia voz. Proyectando mis emociones en los demás, elegí escribir con las voces de varios personajes históricos o míticos. Escribí poemas con las voces de Virginia Woolf, Van Gogh, Anna O de Freud, Thoreau, los soldados de la Guerra Civil, Walt Whitman, Echo, Eurydice y Persephone, por nombrar algunos. Usé sus palabras extraídas de diarios, cartas y ensayos. Lo hice para explorar mis propios sentimientos de dolor, soledad y miedo a la locura. Me resultaba más seguro explorar mi confusión psicológica con personajes o voces distintas a las mías.

En mi aislamiento, buscaba en los escritos de Virginia Woolf una persona que entendiera y explicara mi experiencia. “The Jarring” es un soneto extraído de los diarios de Woolf que recuerdan sus visitas infantiles a la orilla del mar. Se supone que el recuerdo infantil de la recolección de polillas presagia su famoso ensayo “La muerte de una polilla”, que aborda cuestiones existenciales de la vida y la muerte, y su posterior depresión. Como Woolf, de niña yo también miraba a la naturaleza fascinada y consciente de la belleza y la crueldad de la vida. La última estrofa de “The Jarring”:

Confined to bed, she hears them again,

their white wings falling quietly as feminine endings.

They whisper, we are little or nothing.

Jarred, without any edges to cling to,

a moth rests on her pencil’s thin ledge.

Por mi parte, lo más cerca que estuve de revelar mi propia historia personal fue en el poema titulado “Echo”, en el que la ninfa hambrienta de la mitología griega, con el corazón roto por Narciso, es enviada a un hospital psiquiátrico. De hecho, estuve hospitalizada durante tres meses mientras me recuperaba de la anorexia. Era un hospital universitario, así que a la mayoría de los pacientes se les hacían más pruebas de las debidas, se les evaluaba y se les observaba. Sin embargo, cuanto más intentaban conocerme, menos me comprendían.

El poema se estructuró para imitar los ritmos de “This Is the House That Jack Built”, debido al eco de las palabras. La repetición de la forma crea un leve eco al pasar de estrofa en estrofa, y la última estrofa se reduce a una línea igual que Eco se reduce hasta que sólo queda su voz.

ECHO

This is the young lady who lives in one room.

The door has a window. There’s wire in the window.

Someone has taken the keys and locked her up.

Each door has a lock. Glass objects are forbidden.

Here is the nurse who wears only one glove.

She is inspecting the bed. She will not turn it down.

………………

“Where are the petals?” asks the assistant

who has studied Rorschach. He is making a list.

He writes his own notes for his book.

………….

This is the nurse watching her eat,

counting the peas she hides under a lettuce leaf.

She writes it down on an unused paper napkin.

This is the doctor nodding his head. Is he falling asleep?

He has lost his watch under the bed.

He scrawls a prescription down on a slip.

She cuts diamonds from the folded sheets.

The small flakes are falling down,

falling in sheets of invisible snow.

Her reflection frosts the window’s glass.

En la superficie del poema, los profesionales de la psicología son vistos con malos ojos. Entonces, ¿cómo podría la psicoterapia mejorar la creatividad además de darme personajes para parodiar? En primer lugar, sin psicoterapia mis poemas no habrían sido escritos. La anorexia consume tantas fuerzas que una no tiene las energías para ser creativa. Durante la progresión de la enfermedad, había empezado un diario con la idea de plasmar en la página lo que experimentaba mentalmente. Pero a medida que la enfermedad se agravaba, mi escritura disminuía del mismo modo que mi cuerpo. Lo que más miedo me daba era que no era una elección. Recuerdo que me quedaba mirando la página intentando escribir una frase. No podía concentrarme lo suficiente como para pensar algo más que una idea básica. Mi mente no tenía suficiente combustible para escribir de forma creativa, así que mis anotaciones en el diario se reducían literalmente a una lista de alimentos seguidos de sus calorías. Sin la terapia, no me habría recuperado lo suficiente para escribir poesía.

En segundo lugar, al hacerme ver de dónde procedían mis creencias sobre mí misma, la psicoterapia me permitió evaluar mejor por qué quería ser escritora, en lugar de dedicarme a otra cosa que yo suponía que alguien más quería que fuera. Aunque no fui precisamente feliz pasando por una “crisis de los cuarenta” a los veinte, estoy agradecida de haber podido dedicar varios años de mi vida a escribir y enseñar en lugar de lanzarme a una carrera que se me inculcó tanto que olvidé por qué la había elegido. Dejé de estudiar psicología clínica para escribir y enseñar. Durante este tiempo, estuve libre de síntomas y en mi mejor momento. Con el tiempo volvería al campo de la psicología, pero no sin obstáculos. Empecé a recaer durante mi segundo año de posgrado, cuando me centré en la psicología en lugar de en la poesía.

Empecé a darme cuenta de que tenía un problema cuando un niño en la cola del supermercado comentó sobre el hecho de que llevaba treinta envases de yogur y ningún otro alimento. Cuando llegué a casa, arreglé una cita con una persona especializada en trastornos alimentarios. La elegí por su experiencia en nutrición. Pensaba que sólo necesitaba que me explicaran los beneficios de las grasas para superar mi miedo a comerlas. Me sorprendió que me pidiera que volviera la semana siguiente. Pronto me di cuenta de que mis problemas eran mucho más profundos que una simple fobia a comer grasas.

Al recabar información sobre mis antecedentes, le intrigó el hecho de que, mientras escribía, la mayor parte del tiempo no tenía síntomas. Me preguntó cómo me sentía cuando escribía poesía. Creo que esperaba que le dijera que era liberador. Pero, en lugar de eso, comparé escribir poesía con intentar escribir con una camisa de fuerza.

Exploramos por qué no escribía en formas más libres, como un diario o cartas. Le expliqué que esos procedimientos solían no funcionar conmigo. Había leído los diarios de Virginia Woolf y las cartas de Van Gogh; sus escritos tenían visiones, imágenes, pasión y elocuencia. Me di cuenta de que rara vez escribían sobre su confusión o agitación más íntima, aunque luego los llevaría a sus suicidios mitificados.

Repasando mis diarios, veo una mente atormentada por la obsesión y la depresión. Hay descripciones de angustia, dado que yo, la autora, estaba atrapada en esa mentalidad. Escribirlo hizo que el dolor fuera más concreto y los pensamientos más reales.

En algún momento, le explique a mi terapeuta que el proceso de escribir poesía me obligó a transformar el dolor. Me obligaba a fundir el plomo caliente de mis pensamientos informes en platos de poesía. En mi poema “Cenas pródigas”, irónicamente una sextina a medias, describo el corte emocional que sentí con mi padre. Hay una vaga alusión a la parábola del hijo pródigo.

What separates us more than weather?

The shifting of our plates of lettuce

or the faults of California’s plates? Both leave sand

on the tongue as if they were crumbs of stale biscuits or words crumbled into your answering machine. I see you wave the waiter down with nothing

but the downdraft of your hand. It’s nothing

for you to mention our humid weather,

regardless of the lukewarm currents of opposite seacoasts.

You order your wine. I break champagne biscuits

until they’re ruins of Babel or steeples of sand

cathedrals. We are more civil when there is an ocean between us,

because it’s harder to see what isn’t here. Let’s

not bicker over biscuits, a basket of white lies.

The distance, the silence, is nothing

that a dinner in St. Augustine can’t cure. “The Sea,” by Debussy, plays on the radio. Did George Sand and Chopin discuss the weather,

the cloud-like biscuits crumbling over the sea?

Nothing but fronts filled their discussions. There’s the texture

of sand,

the sustenance of lettuce in our weather.

Encontré algo sanador al formar bellas imágenes a partir de palabras que había soldado. Describí el proceso de escribir poesía como la construcción de una ventana de vidrio hecha con los pedazos rotos de mi vida. En el proceso, las piezas rotas se reparan en algo preciado. Los bordes en bruto no cortan porque ahora están envueltos en el metal de las palabras y la forma. A través de este proceso creativo, los fragmentos en bruto del dolor se transforman en imágenes tan vívidas y deliberadas que estas imágenes creadas se vuelven tan reales como la memoria real. Las investigaciones de Linda Garro y James Hillman muestran que los recuerdos se entienden mejor como reconstrucciones del pasado y no como reproducciones literales de éste, lo que hace que nuestras historias de vida contadas en terapia sean “ficciones curativas”.

De esta manera, la psicoterapia es un proceso paralelo al proceso de escribir poesía. La capacidad de reexaminar, reimaginar y replantear acontecimientos pasados es una poderosa herramienta terapéutica disponible tanto en la poesía como en la terapia. Harlene Anderson escribe que, en el diálogo, se desarrollan nuevos temas y nuevas historias. La psicoterapia es el proceso de decir lo no dicho, el desarrollo de nuevas narrativas. De estas narraciones surgen nuevos significados y, a su vez, estas nuevas historias dan lugar al cambio. Según el terapeuta James Hillman, en el proceso terapéutico, el pasado de un paciente se vuelve a contar y encuentra una nueva coherencia interna. En el proceso poético, las palabras del escritor encuentran una nueva coherencia cuando se ven obligadas a ser reformuladas.

Freud creía que el proceso creativo es la interiorización del proceso de juego en el niño. Así como el niño usa juguetes físicos para representar acontecimientos que son demasiado dolorosos como hablar directamente de ellos; el proceso del escritor consiste en jugar con palabras como si fueran juguetes, arrojándolas a través de la página, mientras las ordena y las revisa.

En “Cenas pródigas” di el valiente salto a la primera persona, atreviéndome a describir el alejamiento de mi padre, que se convirtió en un catalizador para el desarrollo de mi anorexia. En el recuerdo original, mi padre controlaba todos los eventos de mi vida, pero como los eventos se representaban ahora en forma de poesía, era yo quien controlaba y modificaba el estado de ánimo y el tono. Este sentimiento de poder y dominio me llevó a transformarme: pase de ser una víctima arquetípica a convertirme en una heroína arquetípica.

Al comienzo del trabajo terapéutico, pensaba que la partida de mi padre era la única causa de la anorexia. Pero más tarde me enteraría de que el andamiaje de la estructura anoréxica comenzó en mi infancia.

No solo mi poesía pasó de la tercera persona a la primera persona, sino que también comencé a escribir poemas que se adentraban cada vez más en la memoria. A medida que procesaba acontecimientos anteriores y más antiguos en la terapia, mi poesía examinaba períodos anteriores de mi vida. Freud, cuando escribía sobre sus primeros recuerdos, los veía a través de una pantalla nebulosa, por lo que denominó “recuerdos encubridores” a los primeros recuerdos. Estos últimos son una dispersión de imágenes incoherentes que representan y expresan una emoción central que el terapeuta debe procesar. Como mi poesía se formaba a menudo en torno a imágenes concretas, decidí jugar con la idea: intentaría escribir poemas coherentes a partir de las imágenes dispersas del recuerdo del funeral de mi bisabuela, cuando yo tenía cuatro años.

El poema escrito a partir de la idea de los “recuerdos encubridores” está en la elegía “Adoración que cae hacia abajo”, llamada así por una oración del misal de mis hijos. Comienza con “Dios estaba quieto en el cielo sin viento” y termina con lo siguiente:

The music box had stopped

a small solemn girl from feeding her circle of six wooden chickens.

Down fell soft as sleet through the wire windows of the hen house.

In the hushed house,

I was allowed to hold

A blue-tipped carnation.

Mother’s face was veiled. through the prism

of the flower’s plastic casket,

its slender, green vase,

Jesus on the crucifix

became the green copper gargoyle

who slept in the eves of a children’s bible. Through the petal of the rose window, Snow sank like small paper wings.

El poema comienza con una percepción dividida de Dios, quien es un protector ausente. En la línea, “Dios está quieto en el cielo sin viento”, “quieto” se puede interpretar de formas contrastantes: “quieto” se define como sin acción, o “quieto” se define como “estando presente”. En la imagen de la penúltima estrofa, se compara a Cristo en el crucifijo con una gárgola. Una gárgola podría ser un consuelo, porque se creía que alejaba a los espíritus malignos, pero también podría ser una criatura demoníaca, aterradora y atormentadora en su apariencia física para un niño.

Al analizarlo, empecé a preguntarme de dónde venía esa percepción de que Dios podía ser una criatura aterradora. Cuando murió mi abuelo, me preocupaba si iría al cielo, porque no sabía si se había confesado. Para consolarme, intenté imaginármelo en el cielo. Desgraciadamente, por miedo, las imágenes que me venían a la mente eran de él en el fuego con ángeles cayendo en demonios hora tras hora, noche tras noche. Intenté rezar. Si me equivocaba, tenía que volver a empezar. Rezaba avemarías y padrenuestros de diez en diez.

Tenía miedo de estar loca, así que mantuve todo esto en secreto. Debido a la vergüenza, no me diagnosticaron un trastorno obsesivo-compulsivo hasta que tuve veintidós años. En mi poema “When Angels Were Wing-less”, en el último terceto de una sextina, una forma de poesía obsesivo-compulsiva en la que las seis palabras finales de cada estrofa se repiten seis veces en seis patrones quen terminan en un terceto usando las seis palabras… escribo:

. . . outside silence

Peels the bark from the birch. The wind uncovers The rose of new skin. Stillness is the only silence; birches scrub the sky with scu¤ed wings,

razing the prayers no snow can cover.

Aquí la naturaleza se personifica como necesitada de purificación a través de interminables abluciones, la acción de fregar hasta el punto de sangrar o hasta desprenderse de la piel vieja. Mi obsesión anoréxica reemplazaría a este ritual infantil de purificación.

Aprendí en terapia que la anorexia empezó para mí como un ayuno espiritual. En aquel momento, me sentía abrumada por la marcha de mi padre y la depresión cada vez más profunda de mi madre. Como había crecido conociendo historias de santos que ayunaban, le pedí a Dios que me diera la fuerza suficiente para sobrellevarlo. A medida que la enfermedad avanzaba, me convencí de que no merecía comer porque no era lo bastante buena persona. En mi afán por ser buena, me decía a mí misma que era mala y que tenía que ser mejor. Al fin y al cabo, hay que ser humilde ante Dios. Pronto, el proceso de pensamiento anoréxico me convenció de que no merecía vivir porque, para empezar, nunca debería haber estado viva. Cuando nací, con un peso prematuro de un kilo y una leve parálisis cerebral, los médicos les dijeron a mis padres que tenía una posibilidad entre diez de sobrevivir.

Al comprender las raíces del trastorno alimentario, me enfurecí con Dios y con los que me rodeaban. Era un sentimiento nuevo y aterrador porque la ira estaba prohibida en mi familia. No recuerdo que mis padres hayan peleado. Como aún no conocía la expresión abierta del enojo, me sentí muy mal.

Miró el poema “Fiebre 103”, escrito por Sylvia Plath después de una de las aventuras de su esposo. Tomé prestada la estructura de Plath reemplazando sus palabras con su opuesto para crear el andamiaje original. El poema resultante, “Stillborn”, captura mi rabia por haber nacido con un cuerpo “anormal”.

Yes, I’m thought christened

in a hospital gown.

Its well-worn pain covers your pain and, I, the ice child

open my mouth

like an orchid

in sterile air.

Mother, Brine Angel,

you fed me salt,

chicken broth, water ……..

Now, see how finitely delicate my skin can be

when carefully sloughed.

A diferencia de mis primeros poemas, aquí desaparece gran parte de la restricción emocional, así como cualquier signo de métrica o rima. Es verso libre en su forma más auténtica. Aun así, da voz a mi deseo de liberarme de mi forma física. Cuando uno se recupera de un trastorno alimentario, la última parte del trastorno que queda es la distorsión de la imagen corporal, que es el síntoma más impermeable a la terapia, como se ve en el poema, donde la piel está fundida.

A primera vista es difícil creer que este poema demuestre un progreso en la terapia. Pero para una persona que creció negando la ira como una emoción, la expresión abierta de la emoción sin temor a represalias es un gran avance terapéutico. La represión de la ira no es infrecuente en una persona con mi diagnóstico. La expresión verbal de las emociones negativas es un objetivo estándar del tratamiento en el campo de los trastornos alimentarios.

Finalmente, uno de los objetivos del tratamiento que ocurre en las últimas etapas de la terapia y que se considera como una verdadera medida de recuperación, más que cualquier mantenimiento de un peso normal, es la capacidad de amar a otro con una comunicación tanto verbal como física. Mis poemas más recientes tratan de estas cuestiones. También presentan una imagen positiva del cuerpo. En un poema de amor, “El sonido”, no aparece el grito silencioso de la anorexia.

It is not the half-rest

of the crest, or the low crescendo of sea.

It is not the waves’ cursive strokes

or the windfallen wings, the feathers of foam,

or the quavering of the lighthouse light. It is quieter—

The wind wills its signature to the waves. The moons long O moves

upon the sea in the white refrains of waves, like a cymbal

in the 9th symphony. As we wake,

The morning takes a thousand shapes

where a single voice repeats over the letters

of a never written note which clatters over the chatter of the kitchen’s

dishes. Your words, like melodies wander . . .

What more than the ceaseless sounds of everydayness bind us?

It is the dullness, the dampened sound of love quietly ebbing.

Aunque no me gustó que un terapeuta me dijera que la poesía era una continuación de mi pensamiento anoréxico, era cierto. Aunque mi cuerpo se había recuperado físicamente, mis poemas estaban llenos de limitaciones, restricciones, reglas y obsesión. Carecían de emoción, libertad, vivencia personal e intimidad. A medida que avanzaba en la terapia, mi escritura se volvió más creativa. En primer lugar, aprendí a apropiarme de mis experiencias. En segundo lugar, pasé de escribir sobre personajes históricos y mitológicos a hacerlo sobre mis propias experiencias personales; es decir, pasé a escribir en primera persona en lugar de esconderme detrás del pronombre en tercera persona. En tercer lugar, aprendí a sentirme cómoda con todo el espectro de emociones que corren por mis venas. Y finalmente, cuando exploré mis primeros años en terapia, también los exploré en poesía.

Lo que descubrí a través del proceso terapéutico fue que la anorexia no era hambre de delgadez, sino hambre de ser escuchada. Había tenido tanto miedo de hablar de mis sentimientos que los había hecho físicos, tan físicos que incluso mi poesía se parecía a la anorexia.

La terapia dio peso a mi poesía a medida que ganaba en emoción, intimidad y apertura.

Freud creía que la eficacia de la terapia se demostraba por la capacidad de trabajar y amar. En una línea similar, Virginia Woolf escribió que “para vivir bien hay que comer, beber y dormir bien”. Ahora bien, aquí me detengo antes de usar las palabras de otro, sabiendo la importancia de apropiarme de mi propia voz. En psicoterapia aprendí que para vivir bien hay que comer, pensar y amar bien.


[i] Link de descarga del libro completo: https://libgen.is/book/index.php?md5=0CEEDD2CAD096BDFD8B0D781C0624B13

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