Política de las autolesiones: perspectivas de la experiencia personal

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Tiras de papel rasgadas con la inscripción
Tiras de papel rasgadas con la inscripción "Self Harm" que en español se traduciría como "Daño Autoinflingido"

Tra(ns)ducción de Emiliano Exposto

El movimiento de “supervivientes de autolesiones” surgió́ en Gran Bretaña en los años 1986-1989. Llegó a convertirse en una voz importante en la lucha contra la psiquiatría. El movimiento posee tres textos clásicos: Self-Harm: Perspectives from Personal Experience
de Louise Pembroke (1994); Vicious Circles: an Exploration of Women and Self-Harm in Society de Diane Harrison (1995); y Killing Me Softly: Self-Harm, Survival Not Suicide de Sharon LeFevre (1996).


Los trabajos de Harrison y LeFevre exigen ser leídos: en primer lugar, por su idea de que los cuerpos de las mujeres son un “campo de batallas” en las sociedades occidentales, como lo demuestran los índices de autolesiones y de “trastornos alimentarios”; en segundo lugar, porque constituyen una memoria crítica importante hoy en día. Pero como declaración definitiva de un movimiento político, la compilación armada por Pembroke sigue siendo insuperable. Su publicación inicial por Survivors Speak Out en 1994 fue un evento político fundamental. Se trata del testimonio más poderoso sobre las autolesiones. Aquí la autolesión no es considerada una “patología” individual, ya que adquiere un sentido político más amplio. En otras palabras, las autolesiones son una cuestión política.


Reimpreso en 1996, Self-Harm sigue siendo leído en todo el mundo. Hay que leerlo como el libro que contiene la “base de evidencia” más importante sobre la autolesión. ¿Qué lo hace tan significativo? Ante esta pregunta hay una respuesta clara: Self-Harm construye
críticamente una política de las autolesiones.


En primer lugar, a partir de este libro podemos entender que la autolesión es una política, en la medida en que estas experiencias provocan en el lector un cambio de percepción. Lean este libro y el “problema” de autolesionarse jamás volverá a ser el mismo “problema”.


Para captar esto podríamos considerar dos definiciones de la autolesión. La primera del psiquiatra Gethin Morgan, quien acuñó el término “autolesión deliberada”, la cual es explicada como “un acto deliberado no fatal, sea que se trate de un acto físico, una
sobredosis de drogas o un envenenamiento, realizado a sabiendas de que era potencialmente dañino, y en el caso de sobredosis de drogas, que la cantidad tomada era excesiva”. La segunda definición es de la superviviente Maggy Ross: “La autolesión rara vez es un síntoma de la llamada enfermedad psiquiátrica. No es un intento de suicidio… Es un grito silencioso… Es la manifestación visual de una angustia extrema. Aquellos que nos autolesionamos llevamos nuestras cicatrices emocionales en nuestros cuerpos.”


Maggy Ross proporciona menos una descripción de la autolesión que una explicación. En este sentido, una vez que escuchamos su explicación, el “problema” de las autolesiones ya no parece ser el mismo “problema”. Los testimonios compilados en este libro informan al lector cómo es este malestar y por qué la autolesión debe entenderse como un acto de “supervivencia”. Esta política nos dice que las autolesiones son una cuestión de poder.


Los hechos crudos del poder en las autolesiones son los siguientes: algunas personas son violentadas y silenciadas; ellas sobreviven a este silencio a través del acto de autolesionarse. Por ende, el punto político central de la autolesión es que puede ser autoinfligida, pero la violencia que la precede no lo es, porque algunas personas son violentadas y silenciadas por otros. Los testimonios contenidos en Self-Harm revelan precisamente quienes son esos otros; cómo se violenta a las sobrevivientes; y cómo han sobrevivido. La política de la autolesión supone entonces identificar y prevenir las violencias, del mismo modo que cuidar a aquellos que sobreviven por las autolesiones. Una política de la autolesión es lo que Peter Sedgwick llamó una psicopolítica. Una política que desafía a la medicina, a la psiquiatría y a la psicología. Y esto por dos razones.


Primero, porque el acto de autolesionarse pone a los sobrevivientes en contacto con profesionales que entienden mal las autolesiones, ya que las comprenden como patologías individuales. Y en segundo lugar, porque algunos de esos otros que han causado autolesiones son ellos mismos profesionales. Se sigue, entonces, que uno de los logros de Self-Harm es exponer la complicidad entre el “tratamiento psiquiátrico” y la generación de daños en uno mismo. Y dado que esta complicidad sigue siendo escandalosa, hoy necesitamos con urgencia una política de las autolesiones para combatir a la psiquiatría.


El movimiento de supervivientes ha proporcionado no solo una política de la autolesión, sino también una política de la experiencia, como alguna vez dijo Laing, uno de los referentes de la anti-psiquiatría. No encontramos en esta política la objetividad estéril del
control médico ni la estupidez de la clasificación psiquiátrica. Se trata de una política extraída del pozo de la experiencia. Por este motivo, a aquellos que descartan estas posiciones como si fueran “meramente subjetivas” o solo un “punto de vista”, les recuerdo
que gracias a la política de la experiencia tenemos conocimiento de diferentes violencias, como la violencia sexual infantil, el abuso o la violencia doméstica. De modo que, finalmente, en el caso de la política de las autolesiones necesitamos algo análogo a lo que
logró el activismo feminista: necesitamos una política radical y un cambio de percepción y sensibilidad de las autolesiones.

*Texto original en: http://www.studymore.org.uk/cress3.pdf

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