Stultifera navis
Antipsiquiatría, Política y Clínica

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Ilustración antigua del edificio principal del hospital psiquiátrico Saint Anne, Paris. Por Gaildrau, publicada en L'Illustration, Journal Universel, Paris, 1868

Cada loco es un disidente político
David Cooper

Existe una gentileza hacia las psicofarmacotecnologías que enaltecen a las destellantes iglesias de la psicología moderna y neoliberal. Sostengo desde este inicio —y los que me anteceden— que no creo exista una novedad al decir que la inmediatez y la sordera clínica ha venido expropiando de poco a poco las posibilidades y potencias del deseo; de todos aquellos que se han vuelto contra sí mismos, han enfermado o han saltado a la locura como última y noble defensa ante el mundo.


Aquellos que navegamos con las lenguas errantes, creemos saber que nuestras prácticas se anudan inevitablemente con la valentía de afrontar el deseo, de interrogar las funciones del síntoma, de acompañar las máximas consecuencias del hablar, pero más aún, del decir; podemos —si es que así se desea— situarnos en la complejidad que convoca el tema de los silenciados, porque pese a una enfermedad que embiste a los cuerpos, esta, no los silencia. Su cuerpo calla y el alma grita. He aquí nuestro tema: los enfermos del alma.

Realicemos un breve resumen: sabemos bien que las afectaciones que nos interpelan no se arraigan a un cuerpo inventado por el discurso moderno. No. Las travesías y enseñanzas que nos ha dejado la mitología —desde cualquier lugar— nos harán resituar nuestro territorio por uno que se fuga en las periferias de una imagen corporal. En este sentido, el cuerpo es secundario y desplazado por eso que habla, y que, a su vez, se desencarna para evidenciar la fragilidad y desnudez del cuerpo propio. Entonces, el cuerpo no es mi carne o mis percepciones, sino el silencio desmesurado ante mi cuerpo en caída constante con el lenguaje, con el Mundo.

Este cuerpo se radicaliza cuando Otro habla: Je est un autre…

La elocuencia ha sido siempre bien vista y recibida, pero lo que realmente nos importa es remarcar que no basta con ver, sino que habrá que explorar lo dicho o aquello que se dice. Diremos en este momento que no basta con ver, ¡estamos hartos de las miradas clínicas!, o peor aún, de la policía mental que vigila desde una mirada [inserte el nombre de la disciplina opresora de su preferencia…]. El campo de acción y el acto para ejercer propone algo más delicado y complejo: escuchar lo que se habla, murmulla o calla. Así, nuestra posición se borra de las miradas vigilantes y opresoras que exilian la cordura y cabalidad de nuestros errantes; neuróticos,
enloquecidos, moribundos e infantes.

Hoy tenemos como gran ejemplo al psicomarketing neoliberal, el cual, cada vez rectifica su poderío. Hemos saltado de los castigados por los dioses a los medicalizados del alma, de los calabozos a los manicomiales, de las alquimias del oscurantismo a las alquimias del capitalismo, de la caza de Brujas a la caza de Mujeres, de los bufones del Rey (desnudo) a los enfermos mentales, de la locura chirriante a la sanitización de la locura, de los deseantes a los muertos vivientes…

Este modelo de psicomarketing es uno de los modelos más valiosos para la producción de capital, pero no de cualquiera, ahora se funde uno más potente, osado y subjetivo.

Avancemos un poco más. La rentabilidad de un cuerpo ha disminuido sus «ganancias», a diferencia de la usurparbilidad del deseo. Hoy es NORMAL andar como descarriado y maniatizado o depresivo a cualquier hora de nuestros días. Y el inconveniente no radica en dicho «trastorno mental» o variable de existencia, sino en la gran disposición por consumir las pastillas milagrosas de las farmacéuticas y confesar ante los psicólogos sus experiencias —momentáneas— de eficacia con dicho veneno. En algunos casos habrá canalizaciones con los agentes de la salud mental, o en casos más contundentes habrá que recluirles, o, mejor dicho, hospitalizarlos para estabilizar y mejorar su «salud mental». Aquí es importante evidenciar que las lógicas de higiene/salud pública en tiempos de coronavirus ha dejado a la suerte de la epidemia el cuidado y la atención de los hospitales psiquiátricos y los reclusorios de México. Estos hospicios para la
diferencia han sido los más abandonados y han rectificado las palabras de Burroughs respecto al «virus del lenguaje». El virus más letal no ataca al cuerpo, aunque de ello existan incidencias.

La antesala del teatro de la crueldad se comienza a iluminar. El escenario posee pocos elementos y nuestros actores principales salen a escena: los locos.

Continuemos…
La psicología patológica desde su nacimiento se ha colocado como una de las intersecciones que permiten interrogarse por el síntoma o la enfermedad; los bordes del cuerpo enfermo o los límites de la razón. Sin más, los grandes psicopatólogos han intentado domeñar las pasiones desmesuradas que se detonan en lo invisible y se escabullen en los laberintos de la traicionera memoria. Han intentado examinar concienzudamente y a detalle, el mapa mental del enloquecido. No bastando ello, la genialidad de los discursos cientificistas, biológicos y jurídicos han logrado crear desde sus laboratorios de la burocracia moral nuevas «enfermedades mentales». Pero seamos un poco más irreverentes; la avanzada capitalista no se alegra con explotar, empobrecer, colapsar a la naturaleza, asesinar a los vivientes y deseantes. Su alegría se reivindica en su divinidad; porque Dios no ha muerto, solo ha cambiado de dueño.

A los enloquecidos les han arrebatado su locura y los han amarrado a las estructuras de las esquizofrenias, depresiones, bipolaridades y demás canalladas; y aquí no están exentos mis compañeros psicoanalistas que estructuran en su trípode divino (psicosis, neurosis y perversión) y se regocijan de sus «avances clínicos» a partir de su «amplia experiencia» y especialistas en el tema… Aquí el asunto en cuestión no es si están locos o no, sino la sujeción a la que son sometidos. Aclaro que esta sujeción no es de ese cuerpo catatónico o deserotizado; hablo de la sujeción de las palabras, de lo oculto, lo cifrado y lo escandaloso que provocan las voces de la locura. La psicología patológica se empeñó en taxonomizar desde las plantitas de Linneo, pero bien resuena el dicho: «hierba mala nunca muere».

Con esto intento decir, que por más que se intente apresar la locura y sus manifestaciones, siempre quedará un resto cuasi indivisible, mismo que le dará el derecho a escabullirse por doquier. A tal situación podemos decir que en la psicopatología contemporánea no encontramos novedades en lo que respecta al tema de la locura.

Existen «estudios» para exhibir las afectaciones de una organicidad, pero el síntoma retorna intempestivamente sobre la época y sobre lo que se enuncia. La locura se sostiene desde esa radicalidad tan peculiar y elegante que hoy en día, creemos entender que no hay práctica que brinde una cura para estas manifestaciones. Ahora bien, aquí tenemos que subrayar que en el modelo del psicomarketing actual, al estar todo permitido, las posibilidades se configuran rápidamente, por ende, que también se oferte una sana locura; es
decir, que el enloquecido sea alguien «autónomo» o «eficaz» en sus labores personales. Sin embargo, sabemos que la realidad social y modelos psi fracasan. Es suficiente notar el auge por el exceso de medicación, psicologización, exceso de agentes psi o diagnósticos por doquier, ¡incluso por quienes no están involucrados en el tema!

Phillippe Chaslin en 1912 —una época ya bastante alineada a los regímenes psi — tuvo el gesto de indicar una coordenada clínica que al día de hoy, incluso socialmente puede tener resonancia: «Creo necesario proclamar la imposibilidad de una clasificación satisfactoria», por ello que la semiología clínica y sus aristas psicopatológicas o psicopatologizantes, tal vez deban o debamos —otra vez— indagar
sobre lo que estamos entendiendo y atendiendo en lo referente a las manifestaciones de las locuras y todas sus implicaciones clínicas y políticas. Y es que los tipos clínicos —como los nombra Chaslin— que encontramos por doquier, incluso en la mañana al mirarse en el espejo no son garantes de una formalización, serenidad o «salud mental» adecuada. Quien se dé un tiempo para leer las noticias matutinas u hojear los periódicos locales sabrá que la continuidad de las desmesuras pasionales llega a los estragos brutales de las psicopatologías cotidianas. Al respecto queda por decir que la locura es una manifestación chirriante que con elegancia se retira de los cánones normativizantes y psicopatologizantes que propone la psicología moderna con sus secuaces morales, y que la clínica, como un doble filo, puede cortar el lazo enajenante o encarcelar al hablante.

Sin más, advertidos hemos de estar que no cualquiera sube a la barca sin un horizonte y que no cualquiera soporta navegar con las locuras. Advertidos, amigos y colegas míos: las mareas delirantes nunca se evaporan…

Tomado de :

El Péndulo del Pharmakón. Pasión, Enfermedad, Cuerpo -breviarios clínicos-

Ed. El Diván Negro

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