MEDICALIZAR LAS INFANCIAS Y ADOLESCENCIAS* (Parte 3 y final)

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Un biberon lleno de pastillas de colores rosa y rojo

Fernando
Ferreira Pinto de FREITAS

Luciana
Jaramillo Caruso de AZEVEDO

Publicado originalmente en: Estudos de Sociologia, Araraquara, v. 27, n. esp. 2, e022022, 2022. e-ISSN: 1982-4718. DOI: https://doi.org/10.52780/res.v27iesp.2.16590 en idioma portugués e inglés.

La cuestión del narcisismo

 

Otro determinante psicosocial importante se refiere a una cultura anclada en el narcisismo. Según Lasch (1983), la medicina y la psiquiatría refuerzan el patrón creado por las influencias culturales, en el que el individuo se examina a sí mismo interminablemente en busca de signos de vejez y enfermedad, de síntomas que indiquen tensión psíquica, de manchas o imperfecciones que puedan disminuir su atractivo, o para confirmar indicios de que su vida va según el esquema. Así, la medicina contemporánea ha creado nuevas formas de producir inseguridades, por otro lado, el narcisismo parece representar la mejor manera de luchar por la igualdad de condiciones con las tensiones y ansiedades de la vida. En consecuencia, las condiciones sociales tienden a hacer aflorar los rasgos narcisistas presentes, en diversos grados, en todas nosotras. La creencia de que una sociedad no tiene futuro, aunque se basa en un cierto realismo sobre los peligros del devenir, también encarna una incapacidad narcisista para identificarse con la posteridad o sentirse parte del flujo de la historia.

La ideología del crecimiento personal, superficialmente optimista, irradia una profunda desesperación y resignación, según Lasch (1983, p. 78, traducción realizada a partir de la hecha por los autores): “Es la fe de los que no tienen fe”.

Para Birman (2019), hubo una emergencia histórica del narcisismo como problema y como campo contemporáneo. Por lo tanto, es necesario prestar la debida atención a la emergencia social del problema de la imagen en la época contemporánea. La difusión de la cultura de la imagen con el estrechamiento de la cultura del argumento se hizo posible con el avance de las nuevas tecnologías, en estrecha relación con el discurso de la ciencia y bajo la forma del discurso de la tecnociencia. Así, otro mundo comenzó a ser meticulosamente reconfigurado, ostensiblemente por el impacto de la imagen sobre las formas de vida. La promoción del simulacro, la apariencia y lo efímero, en una economía política del signo en la época contemporánea está guiada por el vacío como eje fundamental.

La cultura del narcisismo se ha convertido en el eje central de la vida de las sociedades neoliberales, incluida la vida de las infancias. La “libertad” del neoliberalismo presupone la desregulación. Las empresas deben estar tan libres de regulación como sea posible. Los sujetos sociales se reducen a individuos entrenados para competir con otros. Maximizar las ganancias es la principal referencia para tener éxito. De la responsabilidad social se saca muy poco (sólo si aumenta la cuota de mercado). A nivel emocional, la llamada a la libertad puede entenderse como una llamada a liberarnos de las restricciones impuestas por la autoridad (como padres, comunidades y gobiernos). Lo que implica buscar los deseos (no las necesidades) del individuo (en otras palabras, narcisismo). La cultura del neoliberalismo forma sujetos según imperativos esenciales para la reproducción de la racionalidad del sistema (DAVIES, 2021).

Se crea cada vez más la necesidad de admiración, la apreciación de la falta de respeto por los sentimientos de los demás, aumentando la incapacidad de lidiar con la crítica y las frustraciones. El neoliberalismo encuentra terreno fértil para extenderse con la articulación entre el fenómeno de la medicalización, la cultura del narcisismo, el rendimiento y el individualismo, que se refuerzan mutuamente.

El modelo biomédico: diagnóstico y tratamiento psicofarmacológico

 

El modelo biomédico está en el ADN de la psiquiatría (GOODWIN; GEDDES, 2007). Uno de sus supuestos indica que los trastornos psíquicos son enfermedades que pueden distinguirse unas de otras, definidas en categorías diagnósticas, científicamente validadas y verificadas por cualquier clínico – mínimamente – entrenado. El otro supuesto vinculado postula la existencia de fármacos que tratan los determinantes biológicos de las patologías. La díada enfermedad-tratamiento (medicamento) es el pilar fundamental.

Sin embargo, no existen pruebas científicas fiables para afirmar que un trastorno x, y o z esté causado por un desequilibrio químico concreto en el cerebro, ya sea específico, localizado o sistémico (BENTALL, 2009; MONCRIEFF, 2009).

Ehrenberg (2010) denomina “evidencia terapéutica” a la idea de que, en ausencia de marcadores biológicos en psiquiatría, es el efecto de la medicación el que establece o confirma el diagnóstico y el tratamiento.

Diagnóstico y tratamiento psicofarmacológico

 

Cuando, por ejemplo, se diagnostica una depresión clínica en la adolescencia, ¿se ha descubierto la causa de los problemas que presenta el paciente? ¿Existen pruebas objetivas que respalden el diagnóstico? La respuesta a ambas preguntas es no.

El diagnóstico psiquiátrico se basa en creencias subjetivas, en convicciones. Existen cuestionarios que supuestamente proporcionan parámetros objetivos. Estos cuestionarios reivindican fiabilidad y validez, el mensaje que se transmite es que han sido probados y que miden lo que se propone. Sin embargo, al interponerse el diagnóstico entre la relación médico-paciente, se crea una barrera casi infranqueable para la propia interacción interpersonal. Después de etiquetar y transformar al sujeto común en paciente, no es sencillo prescindir del diagnóstico (BENJAMIN, 2018).

Entonces, ¿cómo se hace un diagnóstico? No existen análisis de sangre o de imagen, radiografías o escáneres cerebrales que demuestren que hay algo mal en el cerebro como origen único y original de la enfermedad mental. Las llamadas pruebas para diagnósticos psiquiátricos son ejercicios con lápiz y papel o mediante un examen clínico basado en la observación y la subjetividad del médico.

En relación con la infancia, se realizan una serie de preguntas o se pide a los responsables que rellenen un cuestionario. ¿Qué miden estas pruebas y cuestionarios? Lo obvio: la percepción que los responsables tienen de la infancia. Pero no se trata de un examen médico propiamente dicho. ¿Cuál es la fiabilidad, validez y compromiso ético de este tipo de evaluación?

Tomemos como referencia los dos trastornos infantiles comúnmente diagnosticados y veamos cómo los aborda el modelo biomédico de la psiquiatría, así como sus consecuencias.

TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad)

 

El DSM-5 define el TDAH en los siguientes términos: un patrón persistente de falta de atención y/o hiperactividad-impulsividad que interfiere con el funcionamiento y el desarrollo. Debido a las limitaciones de espacio, se recomienda a los lectores que consulten el DSM-5 para observar cómo se describen oficialmente los síntomas.

Llama la atención el uso de términos imprecisos y vagos, como: “a menudo”, “dificultad”, “parece”, “fácilmente”, “excesivamente”, utilizados para determinar los síntomas del TDAH como “objetividad”. Sin embargo, ¿cómo definirlos? El término más utilizado es “a menudo”, pero ¿qué significa? ¿Comportamientos que aparecen al menos una vez al día o cada minuto? ¿En todas las circunstancias o en algunas? ¿En cuáles?

Como no hay ningún examen médico que lo avale, la decisión sobre la existencia del TDAH resulta de una decisión arbitraria, que depende del juicio subjetivo, de la convicción del clínico y de su poder instituido.

A falta de pruebas objetivas, la línea de corte entre “normal” y TDAH es arbitraria y controvertida. Esta frontera rígida y oscura no incluye diferencias, desigualdades, realidades socioeconómicas, cuestiones familiares, dificultades escolares u otras variables que pueden estar interviniendo y, por otro lado, conferir una alta presencia de comorbilidades.

Tratamiento psicofarmacológico: Estimulantes

Marcas populares: Ritalin, Equasym, Concerta, Dexedrine, Adderall.

Los medicamentos más utilizados para tratar el TDAH son estimulantes del sistema nervioso central que contienen metilfenidato, como el Ritalin. Son estimulantes de la misma familia química que drogas como el éxtasis y la cocaína. Las drogas estimulantes son drogas potencialmente “abusivas” y están clasificadas en el sistema legal como “drogas controladas”. Al ser drogas estimulantes, sus efectos cognitivos y conductuales son los mismos, tanto en infancias diagnosticadas de TDAH como en infancias “normales”. Son drogas psicoactivas, por lo tanto, producen cambios cognitivos, conductuales y afectivo-emocionales.

En Brasil, la “droga para la obediencia”, como se la llama, ha tenido un aumento espectacular de consumo. Somos el segundo mayor consumidor de metilfenidato del mundo (EVAS, 2012).

Las pruebas

Las pruebas sobre los efectos nocivos de los estimulantes son abundantes. Sólo se han seleccionado algunas. Se ha observado un marcado aumento de la tendencia a jugar solo, relacionado con el uso de Ritalin, y la correspondiente reducción de las interacciones sociales (RUSSEL, 1978). El uso de estimulantes también se ha relacionado con la reducción de la curiosidad de las infancias por explorar su entorno (FIEDLER, 1983) y con la pérdida de vivacidad (DAVY, 1989). Las infancias medicadas con metilfenidato suelen volverse pasivos, sumisos y aislados socialmente (GRANGER; WHALEN; HENKER, 1993).

El Ritalin, a pesar de mejorar el rendimiento en tareas repetitivas y rutinarias que requieren atención constante, no tiene el mismo efecto sobre el razonamiento, la resolución de problemas y el aprendizaje, que no parecen verse afectados positivamente (SROUFE, 1973). Otro estudio sugiere que el Ritalin no produce ningún beneficio en relación con la lectura, la ortografía o las matemáticas y que, por el contrario, dificulta la capacidad para resolver problemas (RIE, 1978).

El principal efecto de los estimulantes parece ser una mejora de las habilidades de gestión del aula (RUSSEL, 1978). En 1995, el NIMH diseñó un estudio para evaluar los resultados a largo plazo. Considerado el “primer gran ensayo clínico” realizado por el Instituto de un Trastorno Mental Infantil[1], el Estudio Multisitio de Colaboración para el Tratamiento Multimodal del NIMH[2] observó que los resultados a corto plazo alcanzaban los objetivos del tratamiento farmacológico: reducir drásticamente una serie de síntomas centrales del TDAH, como las actividades irrelevantes para la tarea (por ejemplo, golpeteo con los dedos, intranquilidad, movimientos motores finos [comportamiento] no relacionado con la tarea durante la observación directa) y las alteraciones en el aula (RICHTERS et al., 1995).

Tras 14 meses de tratamiento, los investigadores hicieron un seguimiento periódico de los estudiantes, evaluando su rendimiento y el uso que hacían de la medicación para el TDAH. Al cabo de tres años, descubrieron que la medicación era un marcador significativo no de un resultado beneficioso, sino de deterioro. En otras palabras, los participantes que utilizaron medicación en el periodo de 24 a 36 meses mostraron un aumento de la sintomatología durante este periodo, en comparación con los que no tomaban medicación (JENSEN, 2007).

Además, se produjo un aumento significativo de los índices de delincuencia entre los que consumían medicación a largo plazo. Concretamente, al cabo de tres años de consumo. Este hecho podría significar que los consumidores eran más propensos a meterse en problemas en la escuela y con la policía (MOLINA et al., 2007).

Después de 8 años,     el uso de la medicación se asoció con un empeoramiento en la hiperactividad/impulsividad, y con síntomas de trastorno oposicionista desafiante (TOD), así como un mayor deterioro funcional global (MOLINA et al., 2009). La conclusión del estudio fue clara: no hubo efectos benéficos. A corto plazo, la medicación ayuda al niño a comportarse mejor, sin embargo, a largo plazo no será así. Esta importante información debe quedar muy clara y transmitirse a los padres que opten por la vía farmacológica.

Los medicamentos también pueden tener efectos secundarios graves, como retraso del crecimiento. Por desgracia, pocos médicos y padres parecen ser conscientes de la falta de eficacia de estos psicofármacos (SROUFE, 2012).

También se ha comprobado la aparición de estados maníacos y psicóticos en las infancias sometidas a tratamiento farmacológico para el TDAH. Investigadores canadienses revisaron los historiales de infancias en tratamiento por TDAH desde enero de 1989 hasta marzo de 1995. Durante esos 5 años, se diagnosticó TDAH a 192 infancias, 98 de los cuales recibieron tratamiento con psicoestimulantes. De las infancias tratadas con estos fármacos, el 6% desarrolló síntomas psicóticos durante el tratamiento. Las infancias fueron seguidos durante una media de 1 año y 9 meses (CHERLAND; FITZPATRICK, 1999). Al comparar las características demográficas y clínicas entre adolescentes con trastorno bipolar con y sin antecedentes de tratamiento con estimulantes, los investigadores hallaron una tendencia hacia el trastorno bipolar entre aquellas adolescencias que habían recibido tratamiento previo con psicoestimulantes (DELBELLO et al., 2001).

Depresión infantil

Técnicamente, los clínicos se basan en los criterios desarrollados para diagnosticar a los adultos. En este punto del estudio, sugerimos consultar el DSM-5 para ver cómo se describen los síntomas de la depresión.

Un adulto debe presentar al menos cinco de los nueve síntomas en un periodo de dos semanas para ser diagnosticado de depresión mayor. El DSM-5 sólo hace dos comentarios sobre las infancias: la depresión puede consistir en un estado de ánimo irritable o en no alcanzar el aumento de peso esperado. En otras palabras, los arrebatos de ira o las rabietas frecuentes pueden clasificarse como síntoma de depresión infantil (BISMAHER; RYAN; WILLIAMSON, 1996).

También hay iniciativas para ampliar la noción de depresión en infancias de entre 5 y 12 años (KORECZAK; GOLDSTEIN, 2009). La justificación sería que la mayoría de los trastornos adultos se originan en la infancia, y la mayoría de los trastornos infantiles tienen consecuencias que se extenderán a la edad adulta (KOVACS; FEINBERG; CROUSE-NOVAC, 1984). Se llega incluso a decir que el TDM (Trastorno Depresivo Mayor) puede existir en preescolares (LUBY et al., 2014; CASTELLO; ERKANLI; ANGOLD, 2006).

Tratamiento psicofarmacológico: Antidepresivos

Las marcas más conocidas: Prozac, Zoloft, Luvox, Paxil.

Prozac entró en el mercado en 1988. En ese momento, sólo uno de cada 250 infancias y adolescentes menores de 19 años en Estados Unidos tomaba un antidepresivo. Hasta entonces, los estudios realizados con antidepresivos tricíclicos (los existentes entonces) mostraban que sus efectos positivos no eran superiores al placebo en este grupo de edad (FISCHER, 1997).

Conocemos todo el alboroto creado en torno al Prozac, considerado como la píldora de la felicidad (KRAMER, 1997). Se trata de la nueva generación de antidepresivos, los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS). Con la introducción de los ISRS, el porcentaje de jóvenes medicados se triplicó entre 1988 y 1994 y, en 2002, 1 de cada 40 infancias y jóvenes menores de 19 años tomaba un antidepresivo en Estados Unidos (DELATE et al., 2004).

Los resultados de las investigaciones publicadas tienden a favorecer los beneficios y ocultar los daños, como el número de suicidios en jóvenes consumidores de antidepresivos, según lo que se reconoce sistemáticamente en la comunidad científica. (WHITTINGTON, et al., 2004; JONATHAN, 2006; JUREIDINI et al., 2004).

Tratamiento psicofarmacológico: Antipsicóticos

Las marcas más comunes: Risperidona, Zyprexa, Seroquel, Abilify.

Hasta hace poco, el sentido común era que esta clase de fármacos psiquiátricos sólo debía utilizarse para enfermedades mentales graves en adultos. Como ocurre con la psicofarmacología contemporánea, a partir de los años 90 se produjo una expansión absurda de nuevos consumidores, especialmente infancias y adolescencias. Se han recetado antipsicóticos para afecciones no psicóticas: TDAH, impulsividad, insomnio, agresividad, trastorno de estrés postraumático, síntomas obsesivo-compulsivos, trastornos alimentarios, escasa tolerancia a la frustración (OLFSON et al., 2006). Lo cual es muy controvertido procedimiento clínicamente.

Recientemente, incluso la prescripción de antipsicóticos para infancias y adolescencias ha aumentado drásticamente en la mayoría de los países (VARIMO et al., 2020; SHRODER et al., 2017).

Consideraciones finales

La medicalización de la infancia y la adolescencia tiene en el centro de su justificación la idea de que los fármacos corregirán una anomalía biológica subyacente. Aunque inicialmente se presenta con una apariencia estrictamente técnica y objetiva, se trata de una falacia científica verificable desde la propia descripción diagnóstica, el uso de la medicación y sus respectivos efectos a corto, medio y largo plazo. La siempre demorada promesa de evidencia científica para sustentar y justificar las intervenciones farmacológicas no tiene contrapartida en la descripción de las categorías que se encuentran en los manuales de psiquiatría. La medicalización de la infancia no requiere pruebas científicas suficientes y funciona como una estrategia de control y normalización social.

Los diagnósticos se realizan a partir de descripciones imprecisas que conforman las categorías diagnósticas. Por lo tanto, se hace urgente cuestionar la dimensión ético-política del diagnóstico psiquiátrico y su continua expansión.

 

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Para hacer referencia a este artículo:

Para versión en portugués:

FREITAS,  Fernando  Ferreira  Pinto;  AZEVEDO,  Luciana  Jaramillo  Caruso.  Medicalizando crianças e adolescentes.Estudos de Sociologia, Araraquara, v. 27, n. esp. 2, e022022, 2022. e-ISSN: 1982-4718. DOI: https://doi.org/10.52780/res.v27iesp.2.16590

Para versión en inglés:

FREITAS, Fernando Ferreira Pinto; AZEVEDO, Luciana Jaramillo Caruso. Medicalizing children and adolescents. Estudos de Sociologia, Araraquara, v. 27, n. esp. 2, e022022, 2022. e-ISSN: 1982-4718. DOI: https://doi.org/10.52780/res.v27iesp.2.16590

Traducción al español realizada por Mad in México. Agradecemos el apoyo a Sandra Caponi, a la autora Luciana Jaramillo Caruso de Azevedo y dedicamos el trabajo a la memoria y esfuerzo de Fernando Ferreira Pinto de Freitas

[1] Institute of a Childhood Mental Disorder

[2] NIMH Collaborative Multisite Multimodal Treatment Study. (NIMH – National Institute of Mental Health)

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