A veces tengo miedo.

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Silueta de una persona sentada al borde de una banca, con la cara hacía abajo apoyada entre sus manos

A veces tengo miedo. No sé a qué le temo realmente, pero sé que tengo miedo, casi siempre es miedo a morir.

Si lo piensas bien, morir es muy posible. Es posible que vayas caminando y te golpees la cabeza gracias a una caída, realmente el golpe es lo de menos. Lo mejor que podría pasar en ese caso sería que te saliera un hematoma y no pasara a mayores, pero, ¿qué tal que no es un hematoma? Podría incluso ser una bola en la piel que nunca habías sentido y casualmente la encontraste después del golpe, en ese caso, ¿qué tal si es un tumor? O peor aún, tal vez es un absceso provocado por una picadura de insecto, y ese insecto podría ser venenoso, así que lo más prudente sería ir a un hospital, pero eso sería un poco estúpido tomando en cuenta que los médicos tomarían como primera opción culpar al golpe que me di en la cabeza, por lo que mi teoría del insecto no será tomada en cuenta y probablemente termine muriendo envenenado. Y bueno, esas son todas las cosas que podrían pasar por una simple caída, no hablemos de un accidente automovilístico, o una balacera repentina.

La mayoría de las personas sienten ansiedad a lo largo de su vida, y muchos de ellos pueden resolverlo haciendo ejercicio, comiendo saludable, cambiando de look, o “saliendo de su zona de comfort”. Eso está muy bien, pero para mí es un poco más complicado que eso.

Algunas personas piensan que sienten ansiedad cuando están por ver a la persona que les gusta, o cuando tienen antojo de su comida favorita, pero están muy equivocados.

La ansiedad no es chistosa, y tampoco es controlable, al menos la mía no… Bueno, sí es controlable si me tomo las pastillas, pero sin ellas es muy poco probable que lo controle.

Mi ansiedad es muy difícil de explicar, así que espero ser lo más explicito posible:

Para mí sentir ansiedad es como ir a acampar al bosque con tus amigos y no poder dormir, porque si duermes podría entrar una tarántula a tu casa de campaña y picar a tu amigo o a ti. Si te pica a ti tendrán que llevarte al hospital, y para eso tendrían que agarrar carretera, la carretera es peligrosa, y si van con prisa podrían provocar un accidente, si provocan un accidente será todo tu culpa, porque te dormiste y no viste que entró la tarántula. 

Por otra parte, ¿qué pasaría si pica a tu amigo? Él estaba dormido, pudiste haber sido tú quien trajo esa tarántula, así que si lo pica, podrían hacerte responsable de los daños, quedarías como un mal amigo, y serías tachado de mentiroso cuando les digas que tú no metiste la tarántula, por el resto de tus días todos contarán la historia de aquella vez que hiciste que una tarántula picara a tu amigo, y tú no podrás hacer nada al respecto.

Así que decides quedarte despierto sentado en una piedra fuera de la casa de campaña. Unos minutos después te das cuenta de que las mochilas de los que duermen en la campaña de al lado están justo en frente de ti, al alcance de todos. ¿Qué pasaría si alguien les roba algo? Probablemente nadie se daría cuenta, todos están dormidos y eres el único que no está en su casa de campaña… pero ¿qué pasaría si ellos pierden algo y culpan de robo a la única persona que se quedó fuera de su sitio? No es imposible, de hecho es muy común que en los campamentos se pierdan cosas.

Te das cuenta de que lo mejor es huir e irte a donde nadie te vea, pero, ¿por qué harías eso? ¿De qué huyes? ¿Qué pensarán cuando se den cuenta de que no estás? Mientras estés lejos podría llegar alguien ajeno a robarse las pertenencias de tus amigos, y al mismo tiempo podría entrar una Tarántula a picar a alguien, ¡no puedes ser tan egoísta! ¡No debes huir!… Pero quieres huir, así que corres a unos metros de distancia del campamento, no estás tan lejos como para que no te vean, ni tan cerca para que te escuchen. Encuentras un árbol frondoso y fácil de trepar, se ve cómodo. Trepas el árbol y te acuestas en uno de sus brazos. El viento sopla y miras las hojas del árbol meciéndose, volteas al cielo estrellado y contemplas la majestuosa luna sobre ti, cierras los ojos e inhalas profundamente… Y cuando exhalas dejas salir un pequeño silbido, acto seguido un pájaro te responde… o quizá no sea un pájaro. Los pájaros no cantan por la noche.

Te quedas helado del miedo, tomas valentía, y lentamente bajas del árbol. No quieres regresar al campamento, pero tampoco quieres convivir con la criatura que habita en las ramas. Y ahí, sentado en la tierra, recargado en otro árbol, comienzas a mecerte, te muerdes las uñas, y empiezas a llorar.

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