Inicio Blog

Las «otras» Olimpiadas de Lillehammer: el Festival Internacional de Cine «The Mad in Norway»

0
Arena de salto de esquí en Lillehammer, Noruega
Arena de salto de esquí en Lillehammer, Noruega

Publicado originalmente en Mad in America el 6 de octubre de 2026, traducido al español por Mad in México

Llegan —en medio de huelgas de aerolíneas, de taxis y de trenes, cierres de aeropuertos, problemas con el equipaje pesado y todos los demás obstáculos que hacen que viajar sea todo un reto— a Lillehammer, Noruega.

Foto de Kermit Cole. Audiencia tomada de las manos, bailando al ritmo de Coral Cênico Cidadãos Cantantes

No se me escapa que la pequeña localidad noruega que acogió los grandes Juegos Olímpicos da la bienvenida a este grupo. Ellos también llegan dispuestos a ganar. Toda su vida gira en torno a la lucha por ganar: recuperar vidas y recuperar la verdad. Se trata de una celebración, no de un objetivo alcanzado —su labor será eterna—, sino de los logros conseguidos y de la constatación de que no están solos en esta batalla. Llegan con furia, procedentes de todos los países, con sus propias «Olimpiadas», para cambiar las prácticas de una psiquiatría anticuada, las opiniones sobre las enfermedades mentales y la medicación excesiva de quienes son considerados enfermos mentales.

Como estadounidense, Lillehammer es sinónimo de Tonya Harding y Nancy Kerrigan. Como ser humano, la locura es sinónimo del rey Lear, el Sombrerero Loco, el Joker y Charles Manson. La consecuencia de la caricatura. La maldad de un individuo. La controversia domina nuestra definición de las cosas que no conocemos. Y las cosas que nos dan miedo se «marginan». Esperamos con esperanza a que se atenúen y se extingan. Se las silencia sistemáticamente a través de la práctica y el lenguaje.

Foucault afirma que el lenguaje no es una herramienta neutral. Es el medio a través del cual el poder moldea nuestra forma de pensar y actuar, e incluso lo que podemos conocer. Es un dispositivo de control social, una forma de frenar el libre flujo del significado. No hay nada fuera del lenguaje. Por eso hay que luchar para recuperar el control, la «autoría» del lenguaje que nos define y nos ata.

Cierro la boca y le ruego a mi mente que me prepare de nuevo, como una pizarra en blanco. Escucho el lenguaje recuperado, honrada de estar en Lillehammer, Noruega, en este Festival Internacional de Cine «Mad in Norway: Repensar la salud mental».

El Cine de Lillehammer se encuentra en la intersección de Stortorget y Kirkegata, situado fortuitamente entre el Lillehammer Kunstmuseum y la biblioteca. A pocos pasos por la acera se alza la famosa escultura de Birkebeiner (el rey Hakón IV de niño, llevado a un lugar seguro en brazos de un héroe sobre esquís y posteriormente asociado con el fortalecimiento de Noruega), que da una orgullosa bienvenida a los visitantes de la ciudad.

El suave murmullo de expectación resuena en las paredes cuando entro a recoger mi acreditación. Tres días de películas sobre la experiencia de la locura desde el punto de vista de quienes la han vivido en primera persona, luchando por encontrar su camino en un mundo que solo los considera dignos de ser sometidos a una medicación intensa y al silencio. Tres días de películas de quienes trabajan junto a ellos en primera línea, luchando por cambiar la forma en que se define y se trata la locura.

Foto de Kermit Cole. Grete Johnsen de Mad in Norway

Las escaleras sinuosas del cine conducen a un vestíbulo al estilo de Willy Wonka. El colorido de los caramelos duros, blandos, sueltos, en bolsitas y las palomitas (¡con tocino!) imita la diversidad de la gente que se arremolina a nuestro alrededor. Con las inhibiciones propias del primer día y la nerviosidad de la novedad, entramos para la ceremonia de inauguración.

Nos sentamos en las cómodas butacas rojas de la enorme sala de cine, dejando espacio entre nosotros, en silencio, concentradas y respetuosas. La ceremonia de inauguración nos invita a replantearnos lo que creemos saber. Las líderes de Mad in Norway nos recuerdan que «las voces que no rehúyen las verdades difíciles son las que hacen que un sistema cambie».

No se trata de ira ni de un debate clínico. Los ponentes nos recuerdan que la mejor medicina para la humanidad es otro ser humano.

Estamos cómodas y a salvo en estos asientos, pero se me pone la piel de gallina. Es una especie de llamada a la acción. Representantes del Parlamento noruego y de la ONU se levantan para recordarnos lo importantes que son las artes para la concientización sobre la salud mental, revelando la realidad en toda su crudeza e inspiración. Agradecen a los cineastas por dar visibilidad a «unos ojos que con demasiada frecuencia permanecen ocultos».

La visibilidad es el primer objetivo. Hace décadas, los investigadores afirmaron haber descubierto las moléculas que causaban los desequilibrios mentales: la depresión y la psicosis. Consideraron que sus fármacos de segunda generación eran una panacea y un triunfo para el progreso médico. Las instituciones médicas se tragaron estos datos sin demostrar con todo, y se lanzaron a la carrera. Hasta que periodistas y psiquiatras observadores empezaron a notar una tendencia inquietante: el número de personas con «enfermedades mentales» comenzó a aumentar. El número de personas con discapacidad se disparó de 1,2 millones a 4 millones. A la larga, los medicamentos estaban causando más problemas.

En su conjunto, estas películas abarcaron un terreno extraordinario, recorriendo distintos países, modelos de tratamiento y experiencias profundamente personales, al tiempo que volvían una y otra vez a las mismas preguntas: si estos datos eran erróneos, ¿cómo es realmente la curación? ¿Quién tiene derecho a definirla? ¿Y qué ocurre cuando empezamos a escuchar a las personas que realmente han vivido una crisis psiquiátrica?

Cada película del festival aborda estas preguntas a su manera.

Por citar solo algunas:

«Emotional CPR Awakens Our Hearts» presenta el trabajo del Dr. Daniel B. Fisher y un movimiento basado en la experiencia vivida, que desafía el dominio de las industrias psiquiátrica y farmacéutica y nos pide que volvamos a situar la conexión humana en el centro de la curación.

A partir de ahí, Report From Medication Free Unit Tromsø nos adentra en una unidad psiquiátrica noruega sin medicación que lucha por seguir estando disponible para los pacientes que desean la opción de curarse sin medicación psiquiátrica.

«Inner Fire», ambientada en Vermont, ofrece otro modelo: una comunidad donde se brinda a las personas el tiempo y el apoyo que necesitan para poner fin a lo que pueden ser relaciones de décadas con los fármacos psiquiátricos y redescubrir poco a poco cómo trabajar, jugar, crear y volver a vivir.

Otras películas nos sumergieron íntimamente en vidas individuales. El documental canadiense Drunk on Too Much Life sigue a Corina mientras encuentra su camino a través del arte y la música hacia una comprensión de su locura no solo como una enfermedad, sino como una parte feroz y poderosa de lo que la hace plenamente humana. En la película alemana Being in a Film, Ingrid lleva consigo recuerdos dolorosos de una hospitalización forzada hacia una vida más allá de las etiquetas diagnósticas, abriendo un debate más amplio sobre el trauma y las formas en que nos afecta a todos.

Y luego llegó la ira. La película británica The Pill That Steals Lives sigue la trayectoria de Katinka Blackford Newman después de que un tratamiento con antidepresivos la sumiera en una psicosis y un percance fortuito con el seguro interrumpiera bruscamente su medicación. La película narra su posterior recuperación y su determinación por concienciar sobre lo que ella considera los peligros de los fármacos psicotrópicos —una experiencia que estuvo a punto de costarle a sus hijos y de descarrilar su vida—.

Y nunca olvidaré cómo bailé en estado de pura felicidad en los pasillos de la sala a las 12 del mediodía junto a asistentes al festival de todos los ámbitos de la vida y rincones del mundo, algunos aún simples conocidos y otros nuevos amigos, al son de la música y los actores de The Dance Club (Suecia). Salimos de aquella sala y volvimos a nuestros hoteles con el abandono temerario de quienes se nos había dicho que fuéramos nosotras mismas.

Foto de Kermit Cole. Karin Jervert (Mad in America) y Alan Robinson (Mad in Argentina)

La última noche del festival nos ofreció un micrófono abierto de música y poesía. Lloramos cuando los presentadores, Karin Jervert (EE. UU.) y Alan Robinson (Argentina), leyeron conmovedores poemas sobre sus experiencias vividas, y Jo Watson (Reino Unido) nos deleitó con poemas que nos instaban a actuar. Tuvimos la suerte de contar con músicos noruegos como Dag Leonardsen, Emmanuel Manulov, Bjarne Øvrelid, Wenche Bruun Lien y Kjellaug Gjestrum, que interpretaron canciones conmovedoras al teclado, a la guitarra y con la trompeta flugelhorn.

Contemplamos con asombro una exposición de arte en la sala 3 del cine: más de 60 artistas de todas las edades y todas las disciplinas, que mostraban el arte que les había salvado la vida.

Nunca olvidaré cómo nos cogimos de la mano y rodeamos el enorme teatro bailando y ensimismadas cuando Mad in Brasil y el Coral Cênico Cidadãos Cantantes (creadores del documental The Creative Humanities Score) no solo cantaron para nosotros, sino que involucraron a todo el mundo en el teatro en un baile colectivo. Nos cogimos de la mano y rodeamos el teatro en un momento de claridad, casi como el renacimiento del fénix, que lleva esta lucha a un escenario más amplio. Debemos hacerlo mejor.

Y durante las cenas prometimos hacerlo. Escuché con asombro cómo mujeres y hombres, personas con experiencia vivida y psiquiatras, activistas y artistas, intercambiaban ideas más allá de las lenguas y las perspectivas. Se compartieron historias sobre los caminos que nos habían traído a cada uno de nosotros hasta allí. Se pronunciaron discursos, se hicieron tintinear las copas de vino y se brindó por el hecho improbable de que, por tantos caminos diferentes, todas hubiéramos llegado juntos hasta allí: en el camino hacia la sanación.

Tras tres días y 33 películas, 208 participantes se sentaron apretujados en las sillas rojas, codo con codo, sonriendo «hei hei» —ese saludo noruego tan maravillosamente cálido— tras días de comidas compartidas y de asimilar colectivamente el material que habíamos presenciado juntas. El bullicio pasó de ser una conversación en voz baja a una estruendosa carcajada.

La lucha continúa: resistir las directivas obligatorias en materia de salud mental, luchar contra el cierre de las unidades sin medicación, desafiar a quienes siguen anclados en la vieja retórica para que reconozcan que hay otra forma más saludable de actuar —y continuar la lucha incluso cuando el dinero fluye en la dirección opuesta.

Fue un fin de semana de cine, arte, conversación y camaradería. Pero, más allá de eso, fue una inyección de fuerzas —algo que cada una de estas personas necesita al volver a su trabajo. Algo que toda mente nueva necesita al sumarse a la lucha.

Cambiar el statu quo y concienciar al mundo de que el cambio es necesario es una labor difícil y, a menudo, agotadora. Es la labor de los santos. Es la labor de la supervivencia.

Gracias a «Mad in America», «Mad in the World» y a este increíble Festival Internacional de Cine «Mad in Norway», me encuentro ahora, bien informada, con un gran sentido de humildad y sintiéndome honrada de ser una aliada en esta lucha.

El apoyo entre pares está ganando reconocimiento, pero persisten las barreras sistémicas

0
figura de dos personas de manera, tomadas de la mano, sujetándose de una cuerda
figura de dos personas de manera, tomadas de la mano, sujetándose de una cuerda

Nota editorial: el texto fue publicado originalmente en inglés en Mad in America, el 07 de agosto 2026, la traducción al español se realiza por parte del equipo de Mad in México.

Tres nuevos artículos sostienen que la experiencia en primera persona es esencial para la recuperación de la salud mental, al tiempo que destacan el estigma, la confusión de roles y las barreras organizativas que siguen limitando el impacto de los trabajadores de apoyo entre pares.

Esta semana, Mad in America analiza tres nuevos artículos sobre el trabajo de apoyo entre pares. El primer ensayo sostiene que el apoyo entre pares es crucial para la recuperación de la salud mental y que la experiencia vivida de las dificultades de salud mental debe reconocerse como una experiencia especializada a la par de la capacitación médica y psiquiátrica. El segundo estudio revela que los trabajadores de apoyo entre pares a menudo enfrentan estigma por parte de sus colegas. El tercer estudio señala que las barreras sistémicas, la falta de claridad en los roles y la subvaloración de la experiencia vivida son problemas persistentes para los trabajadores de apoyo entre pares y los expertos en experiencia vivida.

La experiencia vivida y el apoyo entre pares como fundamentos de la recuperación

Un nuevo ensayo publicado en el Irish Journal of Psychological Medicine destaca el valor de la experiencia vivida y el apoyo entre pares en la recuperación de los problemas de salud mental. El autor, Mike Watts, del Royal College of Surgeons de Irlanda, sostiene que el trabajo de apoyo entre pares puede ser importante tanto en la recuperación de malestares leves como de afecciones más graves, como la psicosis.

En este ensayo reflexivo, Mike Watts detalla su propia experiencia vivida con la psicosis y su camino de recuperación compartido con su pareja, Fran, lo cual fue posible gracias al apoyo entre pares y a los enfoques de salud mental orientados a la recuperación. En su juventud, el autor tuvo una experiencia negativa con la atención psiquiátrica, donde le diagnosticaron «timidez patológica». Años más tarde, su pareja sufrió una psicosis después del parto. Durante los siguientes tres años, Fran estuvo hospitalizada, le diagnosticaron múltiples trastornos de salud mental, le recetaron enormes cantidades de medicamentos (llegó a tomar 18 pastillas al día) y la sometieron a terapia electroconvulsiva (TEC) y a períodos de aislamiento, sin que se le diera mucha importancia a la recuperación ni al apoyo psicosocial.

Ambos encontraron finalmente esperanza a través de Grow, una organización de apoyo mutuo entre pares. Watts describe cómo esta organización, al hacer hincapié en el apoyo entre pares, los roles sociales significativos, la espiritualidad y la participación comunitaria, les permitió tanto a él como a su pareja alcanzar una recuperación a largo plazo. Watts llegaría a convertirse en el coordinador nacional del programa de Grow. Escribe:

“El tema principal que surgió fue que la recuperación de la enfermedad mental a través de Grow se experimentó como ‘un reencantamiento con la vida’, lo que contradice la observación de Max Weber de que, cuando la ciencia se aplica directamente a la condición humana, tiende a despojar a la vida de su encanto. También contradijo la experiencia de muchas personas para quienes buscar ayuda y recibir un diagnóstico de psicosis había representado el inicio de una vida de discapacidad, dependencia y discriminación social”.

El autor considera que la experiencia vivida y el apoyo mutuo entre pares son componentes fundamentales para la recuperación de la salud mental. Aboga por una visión de la recuperación que vaya más allá del énfasis clínico en la reducción de los síntomas. Esto incluye la recuperación personal, social y experiencial, tanto en los problemas de salud mental leves como en los más graves.

La experiencia vivida de los problemas de salud mental es un tipo de pericia que la formación médica y psiquiátrica tradicional no puede replicar. Estos expertos pueden empatizar con los problemas de salud mental de maneras que los expertos clínicos sin experiencia vivida simplemente no pueden. Esto puede fomentar la esperanza, una conexión más auténtica y menos juicios que los enfoques clínicos y médicos para la recuperación de la salud mental. El trabajo de apoyo entre pares también puede desmantelar el desequilibrio de poder entre los usuarios de servicios/pacientes y los proveedores clínicos. La relación entre el trabajador de apoyo entre pares y el usuario del servicio es de reciprocidad, en la que ambas partes se empoderan y reciben apoyo en su recuperación, en lugar de que un experto intente curar a un paciente que atraviesa dificultades.

El autor describe las principales diferencias entre los paradigmas médico y orientado a la recuperación en psiquiatría. El enfoque clínico se centra en la reducción y estabilización de los síntomas, mide la recuperación mediante indicadores clínicos y está dirigido principalmente por profesionales de la clínica. El enfoque orientado a la recuperación se centra en el sentido, la autodeterminación y la esperanza, define la recuperación de manera subjetiva con base en las metas y necesidades individuales, y está dirigido por el paciente o usuario del servicio con el apoyo de sus pares y la comunidad.

Para que el apoyo entre pares sea efectivo, los sistemas de salud mental deben valorar la experiencia vivida al mismo nivel que el conocimiento médico y clínico, proporcionar una estructura organizativa adecuada para los trabajadores de apoyo entre pares y fomentar el respeto por los roles de apoyo entre pares como iguales junto a otros trabajadores de la salud mental.

Los trabajadores de apoyo entre pares enfrentan el estigma de sus colegas

Un nuevo artículo publicado en la revista International Journal of Mental Health Systems revela que los trabajadores de apoyo entre pares en salud mental (PSW, peer support workers, por sus siglas en inglés) suelen enfrentar el estigma de sus colegas. Este estudio, de autoría de Trishna Chauhan, de la Universidad de Lancashire en el Reino Unido, informa que los PSW responden a este estigma tratando de demostrar la legitimidad y el valor de sus funciones ante sus pares.

Las funciones de los PSW suelen ser malinterpretadas y subestimadas por otros profesionales de la salud. El objetivo de este estudio fue examinar cómo los PSW que trabajan en el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido experimentaban y respondían al estigma de sus colegas. Para lograr este objetivo, la autora realizó entrevistas semiestructuradas a 70 PSW y a sus colegas.

Las entrevistas duraron entre 20 minutos y dos horas y se centraron en las experiencias laborales como PSW, las relaciones en el lugar de trabajo, las percepciones y experiencias de estigma, y las estrategias utilizadas para lidiar con el estigma. La autora analizó las entrevistas e identificó temas comunes entre 36 PSW y 34 miembros del personal de salud que trabajaban junto a ellos.

Los PSWs informaron haber experimentado estigma tanto sutil como explícito. Las formas sutiles de estigma incluían la desvalorización del conocimiento empírico de los PSWs, un trato despectivo y condescendiente, y ser considerados menos profesionales por el resto del personal de salud. Un PSW dijo: «Ha habido algunas ocasiones en las que mi supervisor ha tratado de protegerme de ciertas cosas y no me ha contado sobre pacientes con dificultades y cosas por el estilo… lo cual me hizo sentir un poco menospreciado».

Entre las formas más explícitas de estigma se encontraban el hecho de que los colegas cuestionaran abiertamente la competencia de los PSW, la exclusión de las reuniones de personal y de la toma de decisiones clínicas, y la suposición de que sus antecedentes de salud mental los hacían inadecuados para trabajar en el ámbito de la salud mental. Un PSW relató que sus inquietudes a menudo se descartaban con el argumento de que no se encontraba lo suficientemente bien para desempeñar el trabajo: «Cada vez que intentaba decir que no estaba contento con esto, o que me dieran algún consejo, me respondían: “Bueno, tal vez no estés lo suficientemente bien para este trabajo”».

Los PSW adoptaron tres estrategias principales para manejar la experiencia del estigma. (1) Demostrar compromiso con su rol incluía presentarse como profesionales y cumplir con las reglas y expectativas de la organización. Algunos PSW mencionaron que trabajaban en exceso en un esfuerzo por demostrar su valor ante sus colegas. Un PSW comentó que «no ha tenido ni un solo día libre en cinco años». Otro PSW dijo: «Sentía que tenía que trabajar aún más duro de lo que lo haría si solo fuera un asistente social normal porque sentía que tenía algo que demostrar».

(2) Aprovechar el conocimiento empírico como experiencia especializada implicaba posicionar la experiencia vivida de los PSW como un conocimiento valioso que el resto del personal de salud mental no poseía. Los PSW también solían presentar su experiencia vivida como un complemento a la experiencia clínica y médica de sus colegas.

(3) El uso del rol para obtener beneficios recíprocos incluía que los PSW utilizaran su experiencia para contribuir a su propia recuperación. Un PSW dijo: «Usar tu experiencia definitivamente te ayuda en tu propia recuperación». Otro comentó: «Puedo usar mis experiencias para ayudar a otras personas. Y, francamente, eso me hace sentir un poco menos mal».

Este estudio tuvo dos limitaciones principales. Los relatos de los participantes podrían estar sesgados por recuerdos erróneos o por relatar lo que es socialmente aceptable en lugar de lo que es cierto. Todos los participantes trabajaban en el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido, lo que limita la generalización a otras poblaciones.

Las barreras sistémicas, la falta de claridad en las funciones y la subvaloración de la experiencia vivida plantean desafíos para los trabajadores con experiencia vivida en equipos multidisciplinarios de salud mental

Un nuevo estudio publicado en la revista *International Journal of Mental Health Nursing* señala que las barreras sistémicas, la falta de claridad en las funciones y la subvaloración de la experiencia vivida complican la integración de los trabajadores expertos por experiencia (LEW, por sus siglas en inglés, Lived Experience Workers, trabajadores expertos por experiencia) en los equipos multidisciplinarios de salud mental. Los autores, liderados por Olivia Hatchman, de Lively Collective en Australia, consideran que una inclusión sostenible requeriría claridad en las funciones, responsabilidad compartida y abordar las diferentes perspectivas en torno a la recuperación. Sin un cambio en las prácticas y percepciones actuales sobre los trabajadores expertos por experiencia, «la integración de la experiencia vivida en la salud mental corre el riesgo de ser simbólica en lugar de transformadora».

El objetivo de esta investigación fue explorar las perspectivas de los profesionales de la salud mental respecto a la integración de los roles de experiencia vivida dentro de los equipos multidisciplinarios de salud mental. Los autores realizaron entrevistas semiestructuradas a siete personas trabajadoras expertas por experiencia y siete profesionales clínicos de salud mental de Melbourne, Australia. Posteriormente, codificaron los datos de las entrevistas para identificar temas recurrentes relacionados con la integración de la experiencia vivida en los sistemas actuales de salud mental.

Los autores identificaron cuatro temas principales en los datos de las entrevistas. (1) Las barreras sistémicas obstaculizan la integración. Esto incluía que las oficinas de las personas trabajadoras expertas por experiencia estuvieran ubicadas separadas de las de otros profesionales de la salud mental, que hubiera pocos miembros del equipo con experiencia vivida —lo que dificultaba influir en el equipo—, la falta de una incorporación adecuada para los roles de las personas trabajadoras expertas por experiencia, la falta de mentoría, la alta tasa de rotación de estas personas y un marco biomédico dominante.

(2) La falta de claridad en las funciones limita el impacto de las personas trabajadoras expertas por experiencia. La falta de claridad en las funciones de las personas trabajadoras expertas por experiencia a menudo generaba tensión. Las personas trabajadoras expertas por experiencia informaron que tenían que explicar sus funciones a sus colegas repetidamente y que se producía una superposición de funciones con los trabajadores sociales, lo que llevaba a que estos se sintieran amenazados por las personas trabajadoras expertas por experiencia. Los profesionales clínicos informaron que no tenían claros los roles y los límites de las personas trabajadoras expertas por experiencia en los entornos clínicos. Algunos profesionales clínicos también creían que los enfoques orientados a la recuperación utilizados por las personas trabajadoras expertas por experiencia debían equilibrarse con las preocupaciones clínicas debido a posibles repercusiones legales que recaerían exclusivamente sobre los profesionales clínicos.

(3) La actitud defensiva basada en la disciplina actuó como una barrera para la integración. Esto incluyó tensiones en torno a las creencias sobre la recuperación, la autoridad, el tratamiento y los enfoques respecto al riesgo y la autonomía. Las personas trabajadoras expertas por experiencia a menudo sentían que se ignoraban sus aportaciones, que se subestimaba su experiencia y que se daba prioridad a las opiniones clínicas y médicas, a pesar de que se les había asegurado que se utilizaría un enfoque multidisciplinario. Algunas personas trabajadoras expertas por experiencia informaron que tenían miedo de hablar en las reuniones clínicas y que ni siquiera podían terminar sus oraciones sin ser interrumpidos.

(4) Las perspectivas clínicas y de las personas trabajadoras expertas por experiencia a menudo chocaban. Esto incluía diferentes antecedentes, estilos de comunicación y experiencias pasadas. Como resultado de estos choques, algunas personas trabajadoras expertas por experiencia informaron haber tenido que «enmascarar» sus comportamientos, siendo especialmente cuidadosos con el lenguaje para no ser etiquetados como excesivamente agresivos o emocionales. Una persona trabajadora experta por experiencia relató que se le animó a expresarse en las reuniones clínicas, solo para ser reprendido después: «Me han llevado a un lado y me han dicho que mi opinión no se valora… que sea un poco más callado». Las personas trabajadoras expertas por experiencia también mencionaron sentirse inferiores debido a la falta de un título académico formal.

«Siempre digo que cuando eres un trabajador par, tienes que esforzarte el doble. Para que te acepten de verdad, porque no tenemos ese título que nos permita decir: “Soy trabajador social”, “Soy terapeuta ocupacional” o “Soy enfermero”. No tenemos eso. Sí. Así que, para mí, hay que trabajar muy duro. No hay que hacer olas. Me esfuerzo mucho por no hacer olas para que me acepten».

Esta investigación tuvo tres limitaciones principales. Los datos de las entrevistas podrían haber estado sesgados, ya que los participantes reportaron lo que era más aceptable socialmente en lugar de lo que era preciso. El tamaño reducido de la muestra, aunque común en la investigación cualitativa, limita la generalización. Todos los participantes provenían de un solo servicio de salud en Melbourne, Australia, lo que limita aún más la generalización.

****

Chauhan, T. (2026). Vivir y lidiar con el estigma laboral como trabajador de apoyo entre pares en servicios de salud mental: una exploración cualitativa. International Journal of Mental Health Systems, 20(1). (Enlace)

Hatchman, O., Buchanan‐Hagan, S., Foster, K., Pemo, K. y Alexander, L. (2026). De la representación a la integración: la experiencia vivida en los equipos de salud mental: un estudio descriptivo cualitativo. Revista Internacional de Enfermería de Salud Mental, 35(1). (Enlace)

Watts, M. (2025). Reflexiones sobre el valor de la experiencia vivida y el apoyo mutuo entre pares en la recuperación de todas las formas de enfermedad mental, incluida la psicosis. Revista Irlandesa de Medicina Psicológica, 43(1), 29–34. (Enlace)

NADIE MERECE VIVIR EN UN MANICOMIO, NI MORIR EN UN “HOGAR PROTEGIDO”.

0
Se ve una silla en el pasillo de un hospital en estado de abandono y deterioro
Se ve una silla en el pasillo de un hospital en estado de abandono y deterioro

La mañana del viernes 30 de julio de 2021, nos encontrábamos participando en la mesa de apertura del Primer Encuentro Latinoamericano de Estudios Locos, gracias al formato digital que se ha hecho tan aceptado en medio de la pandemia por COVID-19. Al mismo tiempo, también por vía digital se felicitaba por su cumpleaños a uno de los integrantes de la Redesfera.

La impresión de tener una festiva mañana, se esfumó cuando recibimos el siguiente mensaje de texto: “Aquí de duelo por incendio en residencia protegida con adultos mayores con discapacidad mental en ciudad San Felipe: murieron quemados seis pacientes y once con asfixia y quemados”. La remitente era Marcela Benavides de CIMUNIDIS quién compartía así, una noticia que de tan dolorosa canceló cualquier distancia a Chile. Así es el formato digital, ¡permite tanto… y al mismo tiempo, permite tan poco! Concluida nuestra participación en el Encuentro y sus ánimos de diálogo y reflexión, tocaba ahora ir de alguna manera esos lugares del territorio que nos recuerdan cómo las autoridades planifican y ejecutan la situación de exclusión de nuestra comunidad Loca.

¿Qué implica el trastorno limítrofe (borderline)? Pensando la debilidad y capacidad

0
Cuerda en tensión, rompiéndose por el medio, da la impresión de ser jalada por ambos extremos
Cuerda en tensión, rompiéndose por el medio, da la impresión de ser jalada por ambos extremos

Publicado originalmente en: Social Politics: International Studies in Gender, State & Society, https://doi.org/10.1093/sp/jxaf054

Traducción por parte del equipo editorial de Mad in México.

Este ensayo aborda varios debates en torno al «trastorno límite de la personalidad (TLP)», una etiqueta psiquiátrica muy estigmatizada y marcada por el género que se aplica de manera desproporcionada a las mujeres cisgénero y se utiliza para invalidar sus experiencias. Existe un esfuerzo creciente por desestigmatizar el «TPL», especialmente en las redes sociales, y abogar por un mejor tratamiento. Sin embargo, estos movimientos pueden pasar por alto las críticas feministas de larga data al diagnóstico en sí, así como las intervenciones feministas locas[1] que afirman las epistemologías límite al tiempo que critican la psiquiatría. Este ensayo cuestiona cómo y por qué tanto los enfoques convencionales como los locos para desestigmatizar el «TPL» parecen situarse en espacios blancos y de élite global. Sostenemos que cualquier intento universalizador de reconceptualizar el «TLP» corre el riesgo de beneficiar a las élites borderline y al Estado neoliberal, al tiempo que sigue criminalizando, patologizando y descuidando a las personas estructuralmente precarizadas a las que se etiqueta con «TLP». En lugar de desentrañar lo que realmente es o debería significar el «TLP», exploramos qué hace el «TLP», para quién, en qué contextos y con qué fines.

Palabras clave:trastorno límite de la personalidad; estudios sobre la locura; ensamblaje; etología; interseccionalidad; estudios críticos sobre la discapacidad; Jasbir Puar.

Introducción: ¿Qué hace el límite?

El «trastorno límite de la personalidad» (TLP) es un diagnóstico psiquiátrico estigmatizado y marcado por el género que se refiere a un conjunto de experiencias caracterizadas por la inestabilidad en las emociones, el estado de ánimo y las relaciones. Las mujeres cisgénero reciben el diagnóstico de TLP tres veces más que los hombres cisgénero, y las personas transgénero y no binarias también son diagnosticadas de manera desproporcionada, lo que refleja la patologización bien documentada por parte de la psiquiatría de quienes se apartande las normas de género cis-heteropatriarcales (Rodríguez-Seijas, Morgan y Zimmerman, 2023). En contextos sociales y clínicos, las personas con «TLP» suelen ser consideradas difíciles, desesperanzadas, manipuladoras, ávidas de atención e innecesariamente irascibles (Duff et al., 2020). Mientras yo (Erin) trabajaba en servicios de alojamiento terapéutico, la cultura del lugar de trabajo transmitía la expectativa de que el personal debía sospechar de cualquier persona que pareciera «limítrofe», a pesar de que las personas con el diagnóstico oficial o presunto eran las que más se manifestaban contra la injusticia institucional. Después de dejar el trabajo de primera línea, me diagnosticaron provisionalmente este «diagnóstico que no debe ser nombrado» (Cannon y Gould 2022). Frustrada por el frecuente rechazo de las mujeres con las que había trabajado e interesada en mi propia resonancia con el concepto de limítrofe, busqué formas más afirmativas de conceptualizar y responder a las experiencias limítrofe, los afectos y sensaciones asociados con el diagnóstico de «TLP». Esta exploración me introdujo en los estudios locos, un campo interdisciplinario que cuestiona las prácticas psiquiátricas perjudiciales y afirma a las personas con experiencias de psiquiatrización y/o diferencias mentales, espirituales, emocionales o cognitivas respecto a la supuesta norma (LeFrancois, Menzies y Reaume 2013). Las académicas feministas locas han criticado el diagnóstico estigmatizante del «TLP», al tiempo que reconocen que puede resonar en muchas personas. De hecho, diferencian entre el «TLP», la etiqueta psiquiátrica inventada, y limítrofe, la constelación única de afectos, visiones del mundo y experiencias que pueden ser angustiosas, y al mismo tiempo, ontológicamente, epistemológicamente, éticamente y políticamente reveladoras (Johnson 2021; Lewis 2022; Redikopp 2018). Junto con las reconceptualizaciones locas sobre lo limítrofe muchos profesionistas clínicos y usuarios de servicios están trabajando para desestigmatizar, concienciar y reivindicar el «TLP», aunque con menos crítica hacia la psiquiatría; estos esfuerzos tienden a tratar el «TLP» como un concepto diagnóstico evidente que necesita respeto y un tratamiento basado en la evidencia, en lugar de estigma y negligencia. 1

Sigue habiendo grandes diferencias en cómo, para quién y en qué medida el diagnóstico de «trastorno límite de la personalidad», las campañas de desestigmatización y los movimientos Locos benefician a las personas con este diagnóstico o conjunto de afectos. Por ejemplo, mi experiencia con el sistema de salud mental y mis diagnósticos ha sido relativamente fluida, quizá gracias a los esfuerzos de desestigmatización, pero probablemente también debido a mi raza blanca, mi riqueza y mi familiaridad con los sistemas médicos. Por el contrario, a las personas con las que trabajé a menudo se les diagnosticaba «TLP» sin su conocimiento, lo que invalidaba y agravaba su exposición a la discriminación colonial, racista y de género. Sin embargo, la mayoría de los esfuerzos de desestigmatización de la salud mental, así como los estudios y el activismo Loco, provienen de personas blancas del Norte Global. Este ensayo trata sobre estas discrepancias: no nos preguntamos qué es o qué debería ser realmente el «TLB», sino qué hace el diagnóstico de «TLB» —y sus diversas reivindicaciones—, para quién, en qué contextos y con qué fines sociopolíticos. Tras analizar brevemente los debates clínicos, feministas y afirmativos sobre el «TLP», presentamos nuestro enfoque teórico y metodológico para responder a esta pregunta, basándonos en el teórico social francés Gilles Deleuze y en los estudios transnacionales sobre discapacidad y el teórico Queer Jasbir Puar. Argumentamos que los efectos capacitantes y debilitantes de lo limítrofe y el «trastorno límite de la personalidad» (TLP), para las personas y las poblaciones, se basan en cálculos de su amenaza y/o contribución al capital, al imperio Euroamericano y a la «ascendencia blanca» (Chow 2002).

La Mujer de Estrellas y Montañas. Una conversación con Santiago Esteinou

0
Se aprecia la figura de una mujer de espaldas, blusa amarilla, falda morada, en medio de un campo verde, mirando en dirección al cielo cubieron de nubes

Rita es una mujer rarámuri que abandonó su comunidad en la Sierra Tarahumara, emprendió camino sin un destino aparente, pero que concluye con su llegada a un poblado en Manter, Kansas, donde fue internada en un hospital psiquiátrico en contra de su voluntad, pues las autoridades del hospital no podían determinar quién era esta mujer, de dónde venía o qué idioma hablaba.

Durante 12 años Rita permaneció internada, sus creencias y costumbres fueron miradas bajo la perspectiva de la psiquiatría, medicalizada en contra de su voluntad; este documental reconstruye la historia de Rita, antes, durante y después de su hospitalización, nos deja ver las dificultades que surgen cuando la diferencia se criminaliza y patologiza, así como las complejidades del regreso a la comunidad después de una vida de exclusión.

En esta ocasión tuvimos oportunidad de conversar con Santiago Esteinou, director del documental, quien nos comparte un poco sobre su experiencia en la realización de la película y de su acercamiento a la historia de Rita Patiño.

Neurodiversidad e intervención en el autismo: conciliación de perspectivas a través de un marco naturalista de intervención conductual en el desarrollo

0
Neurodiversity as human mind variation and differences tiny person concept. Mental awareness and psychological issues about sociability, learning, attention, mood and disorders vector illustration.

Rachel K. Schuck[1] · Daina M. Tagavi(1)  · Kaitlynn M. P. Baiden1  · Patrick Dwyer[2] ,[3] · Zachary J. Williams[4] ,[5] ,[6] ,[7] ·Anthony Osuna1  · Emily F. Ferguson1  · Maria Jimenez Muñoz1  · Samantha K. Poyser 1  · Joy F. Johnson[8] · Ty W. Vernon 1

Resumen

Los defensores de la intervención en el autismo y los del movimiento de la neurodiversidad frecuentemente suelen estar en desacuerdo, ya que los primeros abogan por tratamientos intensivos y los segundos sostienen que el autismo debe aceptarse como una forma de diversidad. Es comprensible que la historia de la intervención conductual haya indignado a muchos miembros de la comunidad autista, aunque muchos siguen valorando los apoyos centrados en la calidad de vida. Este texto sostiene que las intervenciones conductuales naturalistas del desarrollo (ICND*) son prometedoras para salvar la brecha entre la intervención temprana y el movimiento de la neurodiversidad. Sin embargo, reconocemos que las ICND tienen mucho margen de mejora y sugerimos múltiples estrategias para ello. Creemos que estas actualizaciones no solo son viables para su implementación por parte de médicos e investigadores, sino que, en última instancia, conducirán a una mejor calidad de vida para las personas autistas.

– Este texto es el resultado de la colaboración y la síntesis de ideas entre coautores autistas y no autistas con diferentes funciones, afiliaciones y perspectivas.

Suicidio tras recibir cuidado psiquiátrico involuntario: un estudio de grupo a nivel nacional en Suecia

0
Se muestra a una persona que ha sido sujetada mediante una camisa blanca de contención.

Nota editorial: traducción al español realizada por el equipo editorial de Mad in México

Leoni Grossmanna*, Fred Johanssona, Seena Fazelb, Ralf Kuja-Halkolac, Björn Bråstada, David Mataix-Colsa,d, Lorena Fernández de la Cruza, Bo Runesona, Paul Lichtensteinc, Zheng Changc, Henrik Larssonc,e, Isabell Brikellc, f,g, Brian D’Onofrioc, h, Ronnie Pingeli, Christian Rücka, y John Wallertac,

aCentro de Investigación Psiquiátrica, Departamento de Neurociencia Clínica, Instituto Karolinska, Estocolmo, Suecia, y Servicios Sanitarios de Estocolmo, Región de Estocolmo, Suecia

bDepartamento de Psiquiatría, Hospital Warneford, Universidad de Oxford, Oxford, Reino Unido

cDepartamento de Epidemiología Médica y Bioestadística, Instituto Karolinska, Estocolmo, Suecia

dDepartamento de Ciencias Clínicas, Universidad de Lund, Lund, Suecia

eFacultad de Ciencias Médicas, Universidad de Örebro, Örebro, Suecia

fDepartamento de Salud Pública Global y Atención Primaria, Universidad de Bergen, Bergen, Noruega

gDepartamento de Biomedicina, Universidad de Aarhus, Aarhus, Dinamarca

hDepartamento de Ciencias Psicológicas y Cerebrales, Universidad de Indiana, Bloomington, IN, EE. UU.

iDepartamento de Estadística, Universidad de Uppsala, Uppsala, Suecia

Resumen

Antecedentes. Se sabe poco sobre el riesgo de suicidio en personas tratadas contra su voluntad en cuidados psiquiátricos involuntarios (CPI). Este estudio basado en la población ofrece una primera descripción exhaustiva del suicidio entre personas que han experimentado CPI.

Métodos. Estudiamos a todas las personas que fueron dadas de alta de la CPI en Suecia entre 2010 y 2020. Se describen las características clínicas y sociodemográficas, seguidas del riesgo de suicidio para toda la población en CPI, estratificada por sexo, edad, antecedentes de CPI y categoría diagnóstica. Se estimaron los riesgos relativos brutos y ajustados en comparación con todas las personas dadas de alta de la atención psiquiátrica hospitalaria y ambulatoria y la población general mediante regresión de Poisson. También se describen los métodos de suicidio, las tendencias estacionales y la variación geográfica.

Resultados. Identificamos 72 275 pacientes tratados en CPI con un total de 134 514 episodios de atención hospitalaria (edad media = 44,8 años, 37 462 [51,8 %] hombres). De ellos, 2104 (2,9 %) fallecieron por suicidio durante un tiempo de seguimiento medio de 4,4 años (IQR: 1,8-7,5). Los fallecidos por suicidio eran más jóvenes, con mayor frecuencia hombres, solteros, diagnosticados con trastornos de la personalidad y por consumo de sustancias, y tenían antecedentes de autolesiones y CPI, en comparación con los que no fallecieron por suicidio. El riesgo absoluto (tasa de incidencia bruta (IR) por cada 100 000 personas-año) para todos los pacientes con IPC fue más alto cerca del alta (IR1mes = 2941 [2538, 3408]) y disminuyó a partir de entonces (IR5años = 738 [705, 773]). El riesgo de suicidio en los pacientes con CPI era elevado en comparación con los pacientes psiquiátricos hospitalizados (razón de incidencia bruta (IRR) a los 5 años = 1,57 [1,48, 1,65]), los pacientes psiquiátricos ambulatorios (IRR5años = 3,77 [3,58, 3,97]) y la población general (IRR5años = 55,52 [52,65, 58,54]).

Interpretación. Encontramos diferencias sustanciales en el riesgo entre distintos subgrupos de pacientes en CPI y un exceso de riesgo de suicidio entre los pacientes con IPC en comparación con otras poblaciones clínicas. Estos hallazgos merecen una investigación más profunda, ya que podrían informar a los médicos y a los responsables políticos sobre la posible estratificación del riesgo, la supervisión y la atención. La prevención de los suicidios tras un CPI debe ser una prioridad.

Financiación. VR, ALF Medicine, CIMED, FORTE y la Fundación Söderström König.

Botiquín de Abstinencia

1

El uso de los medicamentos psiquiátricos es cada vez más común. Las pastillas prometen que podemos ser “lo mejor de nosotros mismos”.

Si bien estos medicamentos pueden proporcionar alivio, también pueden tener efectos adversos muy significativos a corto y largo plazo.

Reducir la dosis o suspender un medicamento puede causar síntomas de abstinencia graves y a veces prolongados. Los síntomas pueden incluir ansiedad, depresión, acatisia (un tipo de inquietud que puede ser tan grave que lleva a las personas al suicidio), trastornos sensoriales, irritabilidad, etc.

La industria farmacéutica tiene una influencia desproporcionada en el contenido de la educación médica.

Muy pocos psiquiatras, e incluso menos médicos, están muy bien informados sobre la abstinencia y, por lo tanto, pueden pasar por alto los síntomas de abstinencia diagnosticados como una recaída, o el desarrollo de una nueva condición, lo que lleva a aún más diagnósticos
y recetas.

Las personas que se enfrentan a una abstinencia severa se han reunido en línea, compartiendo datos sobre sus experimentos en sí mismas en un esfuerzo por encontrar formas menos peligrosas de reducir la dosis. En inglés, esto se llama “tapering”.

Hemos descubierto que el cerebro adapta más fácil con reducciones muchísimo más graduales. Reducir la dosis de esta manera puede ser muy difícil o imposible con las preparaciones farmacéuticas estandarizada.

En mi situación, las formulaciones que necesito para reducir mis dosis de litio y bupropión ni siquiera se venden en la República Dominicana. Soy muy afortunada de tener miembros de mi familia que pueden enviarme litio suspendido en líquido y bupropión de liberación inmediata de los Estados Unidos. Alguien en la República Dominicana, sin este tipo de acceso, se vería obligado a hacer el equivalente de empujar su cerebro por un acantilado.

Igual, incluso cuando fui a ver psiquiatras en Santo Domingo, con muy buenas reputaciones, no tenían el conocimiento para guiarme en reducir mi dosis, o peor, insistieron que abstinencia no era un riesgo o un problema. Esto significa que pacientes dominicanos que toman
antidepresivos, ansiolíticos, antipsicóticos, o cualquier tipo de psicofármaco, están en riesgo significativo de experimentar una abstinencia más grave que es necesario, y de no encontrar atención médica adecuada.

Incluso reduciendo muy lentamente, he tenido ansiedad incontrolable, sobreestimulación sensorial tan mala que no puedo entrar en una tienda o salir a la calle. Lloro con demasiada facilidad. Peleo con la gente con demasiada facilidad. Mi memoria y concentración están
seriamente dañadas.

Parece que la promesa de estas bonitas pastillas se ha convertido en una pesadilla de la que no puedo despertar.

La relación entre Identidad de Discapacidad y el uso del lenguaje centrado en la identidad y la persona.

0
set of disability icon or disability infographics element or disability accessibility icon or physically disabled people icon. eps vector

Nota: Agradecemos a las autoras del texto quienes nos brindaron su autorización para traducir y publicar este artículo en español. La traducción fue realizada por el equipo editorial de Mad in México

Connie M. S. Janiszewski, Emily Friedel, David Skvarc, Donna Koller y Lisa B. Grech Publicación en línea por primera vez, 3 de julio de 2025. https://dx.doi.org/10.1037/rep0000631

CITACIÓN: Janiszewski, C. M. S., Friedel, E., Skvarc, D., Koller, D. y Grech, L. B. (2025). La relación entre la identidad de la discapacidad y el uso del lenguaje que antepone a la persona y el que antepone la identidad. Psicología de la rehabilitación. Publicación anticipada en línea. https://dx.doi.org/10.1037/rep0000631

La relación entre Identidad de Discapacidad y el uso del lenguaje centrado en la identidad y la persona

Connie M. S. Janiszewski1, Emily Friedel1, David Skvarc1, Donna Koller2 y Lisa B. Grech1, 3 1 Facultad de Salud, Escuela de Psicología, Universidad Deakin 2 Facultad de Servicios Comunitarios, Estudios de la Primera Infancia, Universidad Metropolitana de Toronto 3 Facultad de Ciencias y Salud, Escuela de Psicología, Universidad Charles Sturt

Propósito/Objetivo: Continúa el debate sobre las preferencias lingüísticas en materia de discapacidad, ya que algunas personas se decantan por el lenguaje que antepone a la persona y otras prefieren el lenguaje que antepone la identidad. No todas las personas con discapacidad se identifican como tales, y el uso del lenguaje puede verse influido por la identidad de discapacidad de cada individuo. Este estudio examinó la relación entre la identidad de discapacidad y el uso del lenguaje para la autoidentificación, la referencia a otras personas y la percepción de lo que es apropiado en diferentes contextos. Método/diseño de la investigación: En 2021, 776 participantes (M = 39,9 años; 72,8 % mujeres, 17,5 % no binarios; 87,2 % de Australia, 6,1 % de Estados Unidos, 3,6 % del Reino Unido) completaron una encuesta sobre factores demográficos y relacionados con la salud, identidad de discapacidad, uso del lenguaje de discapacidad y percepción de la adecuación del uso del lenguaje de discapacidad en diferentes contextos. Se utilizaron modelos de regresión lineal múltiple y logística multinomial para explorar las relaciones entre estas variables.

Resultados: Los participantes con una identidad de discapacidad más fuerte eran más propensos a utilizar un lenguaje que anteponía la identidad y lo percibían como más adecuado en todos los contextos, mientras que aquellos con una identidad de discapacidad más baja preferían un lenguaje que anteponía a la persona. Varios factores demográficos y relacionados con la salud predijeron de manera significativa una identidad de discapacidad más fuerte, incluyendo la edad más joven, el género no binario, la residencia en «otros» países (por ejemplo, Nueva Zelanda, Canadá y países europeos, excepto el Reino Unido), afecciones del desarrollo neurológico, auditivas, digestivas o de dolor, afecciones congénitas y tener discapacidades visibles o tanto visibles como invisibles.

Conclusiones/Implicaciones: Estos hallazgos contribuyen a una comprensión más profunda de la identidad de discapacidad y las preferencias lingüísticas. Las investigaciones futuras deberían explorar cómo los contextos personales y ambientales influyen en el uso del lenguaje entre las personas con discapacidad, ya que tratar a las personas con dignidad y respeto es esencial para avanzar hacia una sociedad más inclusiva.

Impacto e implicaciones

Este es el primer estudio que examina e identifica una relación significativa entre la identidad de discapacidad y el uso de un lenguaje que antepone a la persona, a la identidad o intercambiable para la autoidentificación, la referencia a otras personas y la percepción de lo apropiado en diferentes contextos. El hallazgo de que los participantes con una identidad de discapacidad más fuerte preferían un lenguaje que antepone la identidad y lo percibían como más apropiado en todos los contextos, mientras que aquellos con una identidad de discapacidad más baja preferían un lenguaje que antepone a la persona, contribuye a nuestra comprensión de cómo la identidad de discapacidad influye en las preferencias lingüísticas. Varios factores demográficos y relacionados con la salud predijeron de manera significativa una identidad de discapacidad más fuerte, entre ellos la edad más joven, el género no binario, la residencia en «otros» países, las afecciones del desarrollo neurológico, auditivas, digestivas o de dolor, las afecciones congénitas y el hecho de tener discapacidades visibles o tanto visibles como invisibles.

Estos hallazgos pueden servir de base para formular recomendaciones destinadas a promover un lenguaje respetuoso, no solo en la investigación y la práctica de la rehabilitación, sino en toda la sociedad, con el fin de defender la dignidad, la autonomía y la capacidad de acción de las personas con discapacidad.

La sociedad es cada vez más inclusiva con las personas con discapacidad, lo que fomenta una mayor conciencia de los daños que causan la objetivación y los estereotipos (Grech et al., 2023). No obstante, los prejuicios y la discriminación siguen siendo retos importantes (Bogart y Dunn, 2019). El lenguaje desempeña un papel crucial en la interpretación, la comprensión y la apreciación de la discapacidad (Dunn y Andrews, 2015). Las preferencias lingüísticas varían, ya que algunas personas con discapacidades o problemas de salud prefieren un lenguaje que anteponga a la persona y otras prefieren un lenguaje que anteponga la identidad (Grech et al., 2023). Las investigaciones destacan que el uso del lenguaje en relación con la discapacidad es complejo y depende del contexto (Grech et al., 2024), y puede verse influido por la fuerza de la identidad de discapacidad de una persona (Bogart et al., 2017; Dunn y Andrews, 2015).

La policía del suicidio: daño disfrazado de ayuda

0

Publicado originalmente en inglés por Mad in America, el 01 de septiembre del 2023

Me enjuagué las lágrimas y me miré un corte profundo en el brazo mientras escribía. Lo que escribí se convertiría en una entrada de blog sobre mi lucha contra la psicosis posparto y el suicidio. Aunque sufría un dolor inmenso, tenía la esperanza de que, de algún modo, mis palabras pudieran hacer que otra persona se sintiera menos sola. Al menos uno de cada siete padres primerizos desarrolla depresión posparto y casi el 80% sufrirá algún tipo de episodio depresivo inmediatamente después del nacimiento de su hijo. Sin embargo, seguimos perpetuando el mito de que la maternidad es el momento más feliz que se pueda imaginar. Para mí, la maternidad fue todo lo contrario. Estuve a punto de morir. Fue una de las épocas más duras de mi vida, y justo cuando veía la luz al final del túnel, los servicios de protección de menores llamaron a mi puerta.

En la más triste de las ironías, la persona que leyó mi blog hace siete años y fue la responsable de que me llamaran de los Servicios de Protección de Menores está escribiendo públicamente sobre la pérdida de su marido por suicidio. Le está diciendo al mundo que, en última instancia, es responsabilidad de la persona suicida salvarse a sí misma y que la “responsabilidad personal” es primordial para prevenir el suicidio. Es una profesional de la salud mental. También es mi cuñada. Me causó un daño tremendo a mí y a mi familia y ahora está causando más daño a cualquier suicida que pueda encontrarse con sus escritos. Lo que dice sobre la muerte de su marido es que podría haberse evitado si él se hubiera esforzado más. No sólo está culpabilizando a la víctima, sino que, al aprovechar su posición como profesional de la salud mental, está perpetuando lo que se ha dado en llamar “suicidismo”.

Alexandre Baril acuñó el término “suicidismo” para describir la discriminación y marginación únicas a las que se enfrentan las personas suicidas. El suicidismo se cruza con el capacitismo y el sanismo (cuerdismo) de manera importante, en la medida en que la mayoría de las personas suicidas son consideradas “mentalmente enfermas”, a pesar de que las investigaciones indican que, si bien la enfermedad mental es un factor de riesgo importante, otras causas precipitantes, como las Experiencias Infantiles Adversas, el abuso psicológico y la marginación, desempeñan papeles igualmente importantes. Además, a menudo se criminaliza a los suicidas. Decir que alguien “se ha suicidado”, por ejemplo, implica que ha perpetrado un delito, pero ¿contra quién? Los ladrones victimizan a otros, pero los que mueren por suicidio son víctimas, no delincuentes. Por lo tanto, los suicidólogos han argumentado que esta terminología no debería utilizarse.

Otro movimiento importante en la investigación del suicidio es la “postvención”. En lugar de centrarnos en las estrategias de prevención, muchas de las cuales, como bien señala Baril, son suicidistas, debemos prestar más atención a cómo enmarcamos el suicidio después de que haya sucedido. Las especulaciones post mortem sobre lo que llevó a una persona al suicidio tienden a patologizar a las víctimas. La persona estaba “mal de la cabeza” o debía estar mentalmente enferma para hacer algo así. Como muchos defensores han argumentado, esto es perjudicial, porque asume que ninguna persona podría contemplar racionalmente la muerte: ninguna persona “cuerda” elige morir, su “enfermedad mental” se lo hizo. Este tipo de afirmaciones implican sutilmente que una persona suicida es un paciente en lugar de un agente, y por lo tanto es incapaz de ser autor de sus actos.

Pero quizás la “ayuda” más dañina que se ofrece es insistir en que las personas suicidas salgan y “se salven a sí mismas” sin reconocer también lo inseguro que puede ser hacerlo. A menudo, cuando las personas se acercan -llamando a una línea directa o confiando en alguien- son castigadas. Los suicidólogos han advertido contra las “soluciones” comúnmente pregonadas, como la línea directa 988, y han señalado la probabilidad de intervención policial cuando se contacta con estos servicios. Imagínese llamar a una línea directa con la esperanza de que le salve la vida, sólo para encontrarse involuntariamente hospitalizado y drogado. O peor aún, que aparezca la policía, y si resulta que estás en crisis y además no eres blanco, las probabilidades de que te maten a tiros son alarmantemente altas. En el caso de las personas hospitalizadas contra su consentimiento, las probabilidades de que mueran por suicidio tras ser dadas de alta aumentan. En resumen, muchas estrategias de intervención son violencia disfrazada de ayuda.

En mi caso, lo irónico es que sí que intervine. Escribí un blog y lo compartí con un grupo muy unido de familiares y amigos supuestamente de confianza. Durante el embarazo, sabía que necesitaría mucho apoyo para mantenerme mentalmente sana, así que me puse manos a la obra. Lo estaba haciendo todo bien, según las recientes recomendaciones de mi cuñada, a saber, “reconocer mis vulnerabilidades” y hacerme responsable de mi bienestar. Dije la verdad: que quería morir. En lugar de acercarse a mí para ayudarme, desencadenó una cadena de acontecimientos que acabó con el Servicio de Protección de Menores llamando a mi puerta. Mi familia estuvo aterrorizada durante casi dos meses hasta que finalmente se decidió que yo no suponía ningún riesgo para mi hijo. Al día de hoy, tengo ataques de pánico y pesadillas, y cuando suena el timbre, a menudo grito de miedo o se me cae el café al suelo. Esto es estrés postraumático de manual.

Mi tendencia al suicidio no empezó con mi primer embarazo. Recuerdo haber planeado suicidarme a los 16 años y haber tomado medidas activas para hacerlo. También he luchado contra la anorexia la mayor parte de mi vida, que más tarde supe que es la enfermedad mental más letal. Sin embargo, siempre me las he arreglado para encontrar mecanismos de supervivencia que me mantienen viva y en una relación sana con la comida. Hago triatlones y maratones en aguas abiertas y, en general, me centro en objetivos que puedo verme cumpliendo en el futuro. Pero no exagero si digo que paso la mayor parte de mi vida buscando formas de no pensar en suicidarme.

Esta lucha contra el suicidio hizo su aparición tras el nacimiento de mi primer hijo. El parto fue increíblemente largo y traumático, 60 horas en total, y terminó en una cesárea de urgencia, que había intentado evitar desesperadamente. Sabía que el hecho de que me abrieran en canal sólo agravaría mis problemas corporales. Luego estaba la falta de sueño. Tres días de trabajo de parto que dieron como resultado un bebé increíblemente sano, no se tradujeron en el sueño que tanto necesitaba, como cualquier padre primerizo sabe. Unas semanas después de su nacimiento, me encontré alucinando, teniendo pensamientos intrusivos y cortándome. Incluso cuando podía dormir, no lo hacía. Me sentaba a oscuras en el salón, sola, mientras mi bebé dormía en el dormitorio con mi pareja. Me sentaba allí con una copa en la mano, meciéndome de un lado a otro, intentando por todos los medios deshacerme de ella: la idea de que estaría mejor muerta.

Una noche así, escribí una carta a mi hijo y empecé a hacer planes. A la mañana siguiente, mi pareja me encontró temprano en la computadora, con sangre en el brazo de una herida profunda que me había hecho. Me animó encarecidamente a que fuera a ver a alguien. Basta decir que soy difícil de convencer cuando se trata de confiar mi bienestar mental a profesionales de la salud mental. Principalmente, es la falta de rigor científico en psicología lo que me hace ser escéptica, pero este no es el ensayo para esa discusión. Hay un montón de libros y artículos por ahí que profundizan en todo eso. Siempre he sido ambivalente a la hora de asumir cualquier etiqueta, principalmente porque he recibido muchas. Dependiendo del médico, pueden ir desde TOC, a trastorno de ansiedad generalizada, a bipolar, e incluso un terapeuta me ha diagnosticado autismo. Una psicóloga me dijo una vez que eligiera un diagnóstico para poder codificarlo correctamente para el seguro. En resumen, tengo una buena dosis de escepticismo con respecto a la profesión de la salud mental.

Sin embargo, fui a regañadientes a ver a un psiquiatra y aún más a regañadientes tomé los medicamentos que me recetó. Inmediatamente, pude dormir. Mi hipervigilancia disminuyó. Con ayuda, acabé dejando los ISRS (inhibidores selectivos de recaptación de serotonina) que tomaba y, mirando atrás, me alegro de haberlo hecho. Las investigaciones relacionan sistemáticamente los ISRS con todo tipo de complicaciones, entre ellas el riesgo de suicidio. Digo todo esto con una advertencia muy importante: si estos fármacos te ayudan, por supuesto, tómalos. Yo los tomé. Estoy seguro de que no habría sobrevivido sin ellos. No existe un modelo único para la salud mental y, desde luego, no hay consenso sobre la eficacia de la mayoría de los psicofármacos.

Así que allí estaba yo, sintiéndome yo misma de nuevo, mirando a mi precioso hijo. Acababa de salir de viaje con él a la boda de un amigo. Mi pareja y yo nos sorprendimos al comprobar que nuestro hijo de nueve semanas dormía toda la noche por primera vez, en un hotel, a siete horas de casa. No nos lo cuestionamos. Dormimos. Gloriosas horas seguidas de sueño. Bailamos en la recepción. Las fotos son algunas de mis imágenes favoritas de nuestra familia. Nuestro hijo iba vestido de maquinista, ya que la boda se celebró en una antigua estación de tren. Todos estábamos muy contentos. Por fin parecía que merecía la pena volver a vivir.

Estaba recordando este gran fin de semana mientras le daba el pecho arriba en el dormitorio y fue entonces cuando oí sonar el timbre de la puerta. Unos minutos después, mi pareja estaba en la puerta diciéndome que tenía que bajar. Lo que siguió fue una pesadilla que me veo obligada a revivir cada vez que decide aparecer en mis pensamientos.

Si los Servicios de Protección de Menores nunca han invadido tu vida, eres afortunado. Al parecer, todos los suicidas consumen drogas ilegales, porque me obligaron a orinar en un vaso, en mi propio cuarto de baño, delante de los asistentes sociales. Me dijeron que tenían 45 días para confirmar o retirar los cargos contra mí. Después de que registraran mis pertenencias y exigieran ver cuánta leche me había sacado para mi bebé, les pregunté quién había llamado. Me dijeron que esa información es confidencial, pero que era por un blog. Sabía que alguien muy cercano a mí había presentado la denuncia.

Como era de esperar, las acusaciones eran infundadas. Pero el Departamento de Servicios de Protección de Menores tardó 45 días en cerrar oficialmente el caso, a pesar de que todo lo que tenían que hacer era llamar a mi psiquiatra y se habría resuelto. Yo estaba en una conferencia dos días antes de que venciera el plazo, presidiendo una sesión, y mi teléfono no paraba de sonar. Tuve que salir de la sala para coger la llamada porque sabía que eran ellos. Intentaban ponerse en contacto con mi psiquiatra un viernes por la tarde y querían que les ayudara. Me quedé atónita. “¿Me están diciendo que ahora están intentando entrevistarla?”. pregunté, exasperada.

Pedimos una copia del informe una vez cerrado el caso y nos quedamos horrorizados por la pura incompetencia del Departamento de Servicios de Protección de Menores de Arkansas. Los colegas que yo había sugerido como referencias figuraban en el informe como entrevistados. Sus respuestas me parecieron extrañas, así que llamé a cada uno de ellos y descubrí que en realidad nunca habían sido entrevistados. En el informe también figuraba una entrevista con otra persona, que ni mi pareja ni yo conocíamos, y que afirmaba estar preocupada por el blog de su “amiga”. Resulta que era una trabajadora social empleada en la misma oficina que la hermana de mi pareja. Así es como nos enteramos de que mi cuñada había contribuido a que el terror de los servicios de protección de menores invadiera nuestras vidas.

No hay palabras para expresar lo enfadados que estábamos. Hice vagos comentarios en las redes sociales sobre la traición de mi familia y lo enfurecida que estaba, pero nunca mencioné a nadie por su nombre. Necesitaba dar salida a mis sentimientos. En lugar de intentar comprenderlo, la familia de mi pareja inició una campaña de desprestigio contra mí. Su madre intervino para decirme que estaba juzgando injustamente a su “cariñosa” familia. Se trata de la misma mujer que, semanas antes, había escrito un airado post dirigido a quienquiera que hubiera hecho esto: “Deja que te ponga las manos encima. No hay nada más malo que una abuela enfadada. No tenías ni motivos ni sensibilidad. Qué vergüenza – ¡espero que se te devuelva!”. Sin embargo, cuando se enteró de que era su hija, me convertí en el enemigo. Incluso tuvo la desfachatez de decirme que “los Servicios de Protección de Menores sólo investigan los casos más graves”, lo cual es manifiestamente falso -los Servicios de Protección de Menores investigan todas las llamadas que reciben-, pero además, esto contradecía su afirmación anterior de que, en primer lugar, no había motivos para la llamada. Podría escribir una novela sobre el gaslighting y los cambios de objetivo que se produjeron en un intento de inculparme como la zorra desquiciada que se merecía lo que le pasó, pero no tiene sentido. Siempre seré el chivo expiatorio de la historia que se cuentan a sí mismos para evitar la verdad. Pero yo sé la verdad. Y tengo recibos.

Hoy me doy cuenta de que mi ira fue una reacción perfectamente normal ante un trato completamente anormal y abusivo, pero entonces vi sufrir a mi pareja y eso me rompió el corazón. Su hermana se disculpó, pero su historia sobre cómo mi blog llegó a manos de aquella trabajadora social nunca nos sentó bien, y hoy, viendo lo que escribe, su disculpa parece tan hueca como los tópicos que invoca. Sin embargo, yo quería de verdad que mis hijos se relacionaran con tíos y primos. Soy adoptada y producto de una adopción cerrada, por lo que me vi involuntariamente alejada de mi propia familia genética durante la mayor parte de mi vida. No es una situación que infligiría a nadie, a menos que fuera la única forma de garantizar su seguridad. Así pues, intenté enterrarlo, por mi pareja y mis hijos. Pero el polvo barrido bajo la alfombra no desaparece por arte de magia. Sólo se oculta temporalmente.

Hace ahora ocho meses que el marido de mi cuñada se suicidó. Cuando supe que había ocurrido, se me partió el corazón, por ella, por sus hijos, pero sobre todo por él. Un compañero suicida que no sobrevivió. Es una tragedia y me gustaría pensar que se pudo evitar, pero no puedo afirmarlo con seguridad. Sé que cuando estaba en el punto álgido de mi crisis posparto, no deliraba ni era irracional. Desesperada, sí, pero mi mente estaba clara y tenía un camino bien razonado para acabar con mi dolor. No quería ser rescatada ni salvada. Quería dejar de sufrir. No tengo ni idea de lo que sentía mi cuñado en aquellos momentos, días o semanas previos a su muerte. Pero sé que murió solo, sin que nadie le cogiera de la mano, sin despedirse adecuadamente y probablemente creyendo que su familia estaría mejor sin él.

Mi cuñada afirma que si su marido hubiera tomado medidas tempranas para evitar su propia espiral de desesperación, quizá nunca habría llegado a ese estado de indefensión. Esto es culpar a la víctima. Por un lado, estaba medicado, así que intentaba hacer algo por su salud mental, pero tampoco está del todo claro que la depresión fuera la causa. Su matrimonio era agrio, y por su propia admisión, se dirigían al divorcio. No quiero especular más allá de lo que sé que es cierto, pero no es una conjetura descabellada suponer que hubo discusiones sobre la custodia y otras conversaciones deprimentes que inducen a la ansiedad. Decir que fue “su” depresión lo que causó esto pasa por alto las condiciones materiales que podrían haber contribuido a su deseo de morir.

Tampoco puedo evitar pensar en cómo supo lo que me pasó cuando le tendí la mano. Vio lo que hizo su mujer, psicóloga clínica, cuando le conté la verdad sobre mi deseo de morir. No es descabellado pensar que tal vez no se sintiera seguro al pedir ayuda. Sin embargo, ella hace alarde de sus credenciales tras su muerte, afirmando cosas falsas o anticuadas, como que “la mayoría de las personas que mueren por suicidio nunca comunican sus intenciones”. En realidad, muchos suicidas comunican su intención antes de morir, y algunos estudios sugieren que hasta el 68% de las víctimas lo hacen. Además, hay que tener en cuenta que la comunicación de la intención puede adoptar muchas formas, por lo que muchos investigadores señalan que es probable que haya muchas más peticiones de ayuda de lo que indican sus estudios. En cualquier caso, esta información errónea que comparte, unida a su insistencia en que es imposible que lo viera venir, es preocupante y, francamente, perjudicial.

Causar daño y negarse a rendir cuentas por ello parece ser un tema en la familia inmediata de mi pareja. Cuando estaba en mi punto más bajo, ninguno de ellos se preocupó por mí para ver si me encontraba bien. Sabiendo que había intentado suicidarme, ninguno me dijo: “Me alegro de que sigas aquí, porque importas”.

Es fácil decirle a un muerto que importa. Los humanos son geniales escribiendo discursos. Pero somos una mierda haciendo sentir a la gente que importan mientras están vivos. No estoy diciendo que crea que a mi cuñado le hicieron sentir que no importaba, pero dejar esa posibilidad sin explorar es hacerle un flaco favor como ser humano. Merecía ser escuchado. Todavía lo merece.

Proclamar públicamente que los suicidas son responsables de su propio rescate es ignorar por completo cómo se siente la verdadera desesperación. Tal vez por eso, como sostienen Baril y otros, es hora de que dejemos de centrar los debates sobre el suicidio en las personas no suicidas. Si nunca has sabido lo que es querer morir y buscarlo activamente y en serio, tal vez no tengas mucha idea de lo que debería hacer una persona en ese estado. Tal vez, si la gente dejara de hablar de experiencias que nunca ha vivido, otros que realmente están viviendo esas cosas tendrían espacio para compartir sus historias, sin vergüenza y sin las intervenciones de los sistemas policiales. Tal vez, irónicamente, podrían salvarse vidas si empezáramos a escuchar de verdad a los que dicen que no quieren ser salvados.

No quería que me salvaran. Creía que era mejor salvar a mi familia de mí. Siempre que he luchado con pensamientos de acabar con mi vida, las ideas que pasan por mi mente no son “¡ayuda!” o “¡ojalá alguien me salvara de mí misma!“. Es sobre todo alivio, saber que si me voy, mis hijos no tendrán que sufrir por mi incompetencia como madre. ¿De dónde he sacado esa idea? No surgió de un pozo profundo dentro de mí, se los aseguro. El mundo es jodidamente duro, y es especialmente duro con las madres primerizas, como he empezado este ensayo.

Hoy, mientras escribo, es difícil imaginar mirar a mis hijos y pensar que estarían mejor sin mí, pero recuerdo vívidamente haber tenido esos sentimientos en ese momento. ¿Y sabes qué? Luchar con pensamientos suicidas no te convierte en egoísta, delirante o mal padre. Irónicamente, las últimas líneas de la carta que escribí a mi hijo hace siete años decían: “Te quiero mucho y sólo deseo tu felicidad. Por fin he encontrado una razón para no ser egoísta. Gracias por ello. Te quiero, mi pequeño Bigfoot. Sé amable. Sé considerado. Sé feliz”.

No lamento haber escrito en el blog que era suicida. Lamento que aquellos que deberían haberme apoyado más eligieran en su lugar darme la espalda y permitir que mi familia y yo sufriéramos aún más a manos del complejo industrial de policía familiar. Lamento que sigan perpetuando la marginación de los suicidas hablando en nombre de una víctima del suicidio sin su consentimiento y lavando el daño que han hecho y siguen haciendo.

Los suicidas existen y, sin embargo, no. Esto se debe a que, en la mente de las personas no suicidas, o estamos muertos, o somos uno de ellos. El suicidio nos ha reclamado o estamos “curados”, y la idea de morir no vuelve a entrar en nuestras mentes enloquecidas. Pero estamos aquí. Vivimos en redes clandestinas de secretismo, porque no queremos que nos descubran, no sea que nos sometan a la violencia suicida. Sin embargo, debemos ser escuchados. Es hora de dejar de dejar sin voz a los suicidas vivos, y de centrarlos en las discusiones sobre lo que es experimentar la suicidalidad. La proximidad tampoco cuenta. Al igual que la adopción, a menos que seas adoptado, simplemente no entiendes lo que es ser adoptado. Las tasas de suicidio no han disminuido en la última década. De hecho, están aumentando en varios grupos demográficos. Todos los diferentes enfoques de prevención, desde los modelos biológicos y sociales hasta el enfoque de justicia social, adolecen de un problema común: silenciar a las personas suicidas. De este modo, prevalece el suicidismo. Los regímenes de prevención del suicidio están impregnados de él porque las personas que no tienen experiencia vivida con la suicidalidad hablan por encima de los que sí la tenemos.

Espero, por el bien de mi cuñado, y por todos los demás ahí fuera, tanto vivos como fallecidos, que han experimentado la suicidalidad, que pase un día de estos tengan la posibilidad de hablarlo. Merecen hablar. Pero lo que es más importante, merecen que se les escuche con atención.