Nota: Este escrito forma parte de la reflexión y análisis desde el programa APRENDIZ, en el ITESO (Universidad jesuita de Guadalajara), el cual busca dar respuesta a las necesidades de los estudiantes que tienen alguna necesidad de acompañamiento académico vinculado a alguna Neurodivergencia.
Diagnóstico actual del TDAH y el modelo biomédico.
Actualmente se habla del “lo que se ha denominado ‘Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)’” y su prevalencia en niños, entre el 5% y 12% (Rusca-Jordán & Cortez-Vergara, 2020), y adultos entre el 2.5 y 3.5% (Piacentino et al., 2020). Sobre todo, el tratamiento de los síntomas en adultos se ha hecho cada vez más visible o se habla de que los problemas de atención e hiperactividad no desaparecen con la edad en el 50% de los casos (Piacentino et al., 2020). Esto implica que probablemente las conductas que fueron complicadas en la niñez o adolescencia pueden seguir siendo así en la etapa adulta.
Para explicar las causas de este tema, una de las principales líneas de acción procura tomar datos genéticos o estudios que quieren demostrar la problemática a partir de condiciones meramente biológicas o médicas, pero sin alguna relación con el contexto y sin poder ser concluyentes (Timimi 2018).
En esta misma línea, Gabor Maté (2013), en su libro “Mentes Dispersas”, señala lo complicado que sería identificar a partir de los genes los problemas de atención o hiperactividad y puede interpretarse como una moda o tendencia cultural en el ámbito médico y social basarse en explicaciones genéticas para describir comportamientos o preferencias.
También Matthew Smith (2012), estudia la pertinencia del diagnóstico desde la noción histórica. Retoma como algunos de los datos duros que se mencionan no tienen una perspectiva psicosocial desde 1950 a la fecha. Por ejemplo, en la explicación de las primeras referencias del diagnóstico está la propuesta del médico Alexander Crichton. Al hacer un análisis más detallado de su postura frente al tema, se observa que él menciona esta situación como una condición de crianza al menospreciar los estudios, lo relaciona con reacciones de los niños ante la exigencia de memorizar palabras, y otras condiciones relacionadas con otros problemas filosóficos y las pasiones humanas y no solo como una condición biomédica.
De esta manera, al querer tratar problemática solo con las condiciones médicas o de nuevas pautas de comportamiento, como las terapias de segunda generación, no se pudiera afirmar que se atiendan las causas del problema, el malestar se mantenga a lo largo de los años y se eviten otros temas neurales por enfocarse en un problema del cerebro o genético.
Una bandera con los colores representativos de la población trans, franja azul-rosa-blanca-rosa-azul
Una de las paradojas del psicoanálisis es que, mientras que por un lado abre a la exploración el ámbito del género y la sexualidad -aspectos de nuestras vidas que se han convertido en algo tan central y autodefinitorio para la mayoría de las personas, y fuente de tanta miseria personal-, por otro lado las historias institucionales de las instituciones psicoanalíticas han estado plagadas de prejuicios, dirigidos a menudo contra las mujeres y los homosexuales. Las continuas campañas políticas dentro y fuera del psicoanálisis han cambiado el terreno del debate sobre el género y la sexualidad a lo largo de los años y se ha desarrollado una fuerte presencia feminista dentro de la profesión. La prolongada exclusión médica de los homosexuales de la formación ha sido cuestionada y, en la mayoría de las organizaciones, se ha puesto fin a ella.
Collage que forma la palabra trauma con distintas tipografías
Los desórdenes afectivos son formas de descontento capturadas, que es necesario exteriorizar y conducir en su causa real, el capital. (Fisher, 2009, pg. 82)
Los estudios sobre el trauma son un campo de disputa político, donde no sólo se juega la capacidad de definir qué duele y qué no, sino la forma en que entendemos qué determinantes generan ese dolor, y si siquiera es relevante conceptualizar y transformar estos factores. La despolitización del Trastorno de Estrés Post Traumático (TEPT) sirvió unos objetivos particulares y permitió a las naciones que exportan sus guerras no abordar preguntas políticas sobre la generación de este sufrimiento: el foco estaba en diagnosticar y atender. En latinoamérica, donde la violencia se vivía en el mismo territorio, estas preguntas fueron ineludibles y eso dio paso a una mirada más compleja del sufrimiento donde lo importante no era el diagnóstico sino la recomposición social después de las rupturas generadas por la guerra, y por ende, la pregunta por las condiciones que derivaron en la materialización del sufrimiento.
Ante el Trastorno de Estrés Post Traumático (TEPTc) que ya no remite a campos de guerra, sino a la experiencia cotidiana y relacional de la crianza, se corre el riesgo de generar lo que Carr (2024) llama “literalidad traumática” y atender las secuelas del trauma en el cuerpo, marginalizado la historia y las realidades materiales que derivaron en su creación.
Esto le permitiría al capitalismo pasar de largo en su responsabilidad, a través de las instituciones sociales que lo componen, en la generación de este dolor. Por ende, una mirada histórico-materialista del trauma, sobre todo del complejo, podría ser el equivalente de la mirada psicosocial sobre el trauma en los ochentas y noventas: una ventana para a abordar el dolor de forma compleja, hacernos preguntas difíciles y sobre todo encaminarnos en la búsqueda de la transformación de las condiciones que generan el dolor, no sólo ocuparnos por atenderlo.
Se pueden apreciar, en blanco y negro, la silueta de distintas personas manifestándose
La primer parte de este texto puede consultarse en: La Irrupción del Activismo en Primera Persona (1era Parte). El texto fue publicado originalmente, y de manera integra, en: “Pájaros en la Cabeza. Activismo en Salud Mental, desde España y Chile” de Javier Erro, mediante Ed. Virus. Agradecemos su apoyo y autorización para la publicación de este texto.
De la despatologización de la homosexualidad al movimiento Hearing Voices
En los años setenta del siglo XX, mientras en Chile empezaba una dictadura y en España finalizaba otra, en Estados Unidos surgió un movimiento activista formado por las propias personas psiquiatrizadas. Sin ánimo de ser exhaustivos en esta descripción, podemos realizar un breve acercamiento al tema.
La despatologización de la homosexualidad: una experiencia pionera
Podríamos considerar el movimiento LGTBI+[1] como uno de los principales precursores de la lucha contra la despatologización. La presencia de la homosexualidad en el manual DSM desde su primera versión en 1952 daba argumentos a aquellos que consideraban que la homosexualidad era una conducta desviada, enferma o anormal y que se curaba como cualquier otra dolencia, llegando a realizar investigaciones sobre tratamientos y porcentajes de sujetos sanados. En 1970, un año después de los disturbios de Stonewall, el movimiento LGTBI+ organizó una protesta en una convención de la American Psychiatric Asociation (APA), organización que elabora el DSM, con el objetivo de poder hablar sobre esta cuestión. En la siguiente convención, en 1971, la APA permitió ponencias por parte de personas del movimiento. Sin embargo, no se eliminó la homosexualidad de la lista de trastornos. En 1972, en otra convención, volvió a montarse una mesa de debate. De nuevo, se planteó que hubiese presencia de activistas LGTBI+ y psiquiatras, pero no había psiquiatras gais que permitieran la confluencia de ambas perspectivas. Finalmente, se convenció a John E. Fryer, que reunía ambas condiciones. Debido al miedo a las represalias, este se presentó como ≪Dr. Anonymous≫ y salió con una peluca, una máscara y un micrófono que distorsionaba su voz.
Aunque pueda parecer extraño, hasta 1973 la APA no definió del todo que es y que no es un ≪trastorno≫ (cualquier trastorno, no específicamente el de homosexualidad). El equipo designado para llevar a cabo esta definición señaló que, para calificar una experiencia como ≪trastorno≫, debía conllevar, entre otras cosas, malestar y una pérdida de la calidad de vida. En consecuencia, la homosexualidad dejo de considerarse como tal, a pesar de que no fuese por una cuestión de apertura ni de ética, sino por una precisión técnica en la definición. Tras muchas protestas por parte de los psiquiatras conservadores en desacuerdo con esta maniobra, en 1974 la apa convoco una votación en la que solo el 58 % de psiquiatras voto a favor de retirar la homosexualidad del DSM. No fue hasta 1991 que la Organización Mundial de la Salud hizo lo mismo con su manual diagnostico CIE[2].
Como he señalado, podemos considerar esta movilización como una de las pioneras en marcar la dirección que tomaría el futuro activismo en salud mental. Se trataba de personas que podían ser psiquiatrizadas en cualquier momento y hoy todavía seria así si esta lucha no hubiese tenido lugar. He considerado importante describirla por varios motivos. En primer lugar, se trata de uno de los hechos que más se mencionan cuando se trata de desenmascarar la neutralidad de las disciplinas psi. En aquel momento, existían discursos científicos que, desde perspectivas biológicas o psicoanalíticas, trataban de justificar que la homosexualidad no podría considerarse dentro de la normalidad. Como ya hemos señalado, la ciencia no es imparcial. Es evidente que calificar de ≪trastornada≫ a una persona por su orientación sexual supone un posicionamiento político muy claro.
También me parece importante porque, pese a que se retiró la homosexualidad del DSM debido a la redefinición de lo que se entiende por ≪trastorno≫, seguramente no habría sucedido sin las protestas llevadas a cabo por el movimiento LGTBI+[3]. Se trata de una situación sin precedentes en el campo de la salud mental que muestra que luchar puede cambiar las cosas. Para comprender la importancia de este hecho es necesario ponerlo en contexto. Hay que tener en cuenta lo radicalmente conservadora que era la psiquiatría en aquel momento, sin olvidar la clase social privilegiada de la que provenían la mayor parte de psiquiatras, así como de la mayoritaria presencia de hombres frente al número de mujeres en la profesión. Este conservadurismo, clasismo y machismo apenas habían sido cuestionados. Por eso, considero que la protesta del movimiento LGTBI+ abrió la puerta a confrontar unas disciplinas que no tenían oposición alguna.
Siluetas de personas levantando el puño y sosteniendo carteles a modo de protesta
Un giro de 180 grados: la perspectiva en primera persona
Hasta el momento, los movimientos y perspectivas descritas han sido protagonizados por profesionales de la psiquiatría o la psicología. A medida que estos movimientos se han ido agotando o estancando, han ido surgiendo diferentes experiencias de activismo en primera persona o activismo loco.[1] .Que quiere decir ≪en primera persona≫? Significa que los afectados son los que más conocen su problemática y que, por este motivo, reclaman su legitimidad y toman la iniciativa. En la práctica, se trata de grupos y propuestas en las que el peso no recae en profesionales ni en familiares, sino en las propias personas con sufrimiento psíquico[2]. Este nuevo protagonismo es de vital importancia para comprender el activismo contemporáneo en salud mental, puesto que ha dado un vuelco a los discursos anteriores. De objetos pasivos a sujetos activos, de repetir discursos a elaborar los suyos propios. Trataré de sintetizar sus características más importantes a partir de aquí.
Crítica a los familiares
La perspectiva en primera persona ha resituado a la familia, analizándola desde dos puntos de vista: como espacio de cuidado y desde la óptica de las asociaciones de familiares.
En primer lugar, se ha elaborado un replanteamiento de la familia como espacio de cuidado. Existe un reconocimiento hacia el apoyo que pueden proporcionar los parientes, ya que, en muchas ocasiones, generan entornos de comprensión y suponen un lugar seguro. Sin embargo, esto no siempre es así. Una parte de las personas con sufrimiento psíquico han visto en sus familiares un factor promotor del malestar antes que del bienestar. Este entorno tiende a otorgar a los profesionales de la salud mental una legitimidad que no le otorgan a sus seres queridos. De este modo, cuando la opinión de los profesionales es contraria a la de la persona con sufrimiento psíquico, las familias tienden a posicionarse a favor de los profesionales. Para muchos activistas, sus parientes han sido una extensión de los profesionales, puesto que a menudo cumplen funciones similares (por ejemplo, en la administración de la medicación o en el control de las conductas). Esto es debido a la creencia de que los especialistas tienen las respuestas adecuadas o el saber correcto acerca del sufrimiento psíquico. Lo que se critica no es que se ejerza cierta cantidad de control en determinadas circunstancias (a veces puede ser necesario), sino que habitualmente se lleve a cabo de una forma desproporcionada, inflexible o paternalista. También puede darse la situación de que algún familiar tenga un interés particular en mantener sin vida propia a la persona con sufrimiento psíquico. Por ejemplo, padres que temen que sus hijos se vayan de casa o inicien relaciones de pareja, familias que viven de una pensión o que presentan una inercia de infantilización muy fuerte.
Además, el entorno familiar puede ser el escenario en el que han sucedido los traumas de la infancia y la adolescencia. Abusos sexuales, maltrato, negligencia, frialdad emocional, abandono, sobreprotección o critica extrema son algunos ejemplos de experiencias que pueden traducirse en problemas de salud mental. No hay espacio para desarrollar las implicaciones que el modelo del trauma tiene para el campo de la salud mental. Sin embargo, si que es importante señalar lo poco que es tenido en cuenta y la escasa conciencia de las propias familias sobre el potencial traumatizante que poseen.
En segundo lugar, se critica a las asociaciones de familiares debido a la invisibilización que ejercen sobre las personas con sufrimiento psíquico. Dentro de estas mismas entidades, son los familiares los que detentan la mayor parte del peso en la toma de decisiones, por lo que se llevan a cabo más actividades enfocadas a ocupar el tiempo libre que a la reflexión o a la elaboración de reivindicaciones. En las ocasiones en las que si que se han planteado reclamos, estos se han propuesto en términos cuantitativos (más profesionales, más presupuesto en salud mental, más centros, etc.), dejando de lado aspectos cualitativos (eliminar practicas coercitivas, sobremedicación, replanteamiento de los roles familiares, debate, etc.). Esta invisibilización ha llevado a que, en ocasiones, los familiares se posicionen como víctimas de unas instituciones que no les escuchan. Sin menospreciar la carga que el sufrimiento psíquico puede suponer para una familia, este protagonismo implica una confusión fundamental en relación con el motivo por el cual se realizan las reivindicaciones y en cuanto a quienes son las personas verdaderamente afectadas.
Redefinir el estigma
Podemos decir que hay dos concepciones acerca del estigma. Por un lado, encontramos la definición tradicional, que considera que se trata de un conjunto de prejuicios e ideas equivocadas acerca de los problemas de salud mental[3]. Esta interpretación es un lugar común en el que convergen todo tipo de instituciones, asociaciones y colectivos. Forma parte de la cultura de la salud mental, debido al consenso social que la acompaña. Hasta el biologicista más recalcitrante, que utilice la expresión ≪enfermedad mental≫ y defienda la sobremedicación, estará también a favor de la ≪lucha contra el estigma≫ si es en estos términos.
Por tanto, se trata de un campo lleno de frases hechas, que dejan fuera del análisis el contexto social. El estigma en salud mental ha ido variando a lo largo de la historia: por ejemplo, hace siglos se consideraba que las personas locas estaban poseídas por el demonio. En cambio, en otras épocas y/o culturas no ha existido el estigma como tal, asumiendo que las personas con visiones tenían el don de realizar premoniciones o hablar con los dioses. Hemos visto como en muchos manicomios se encerraba a personas con alcoholismo y a personas locas, que compartían el estigma por motivos diferentes. Por tanto, este último está condicionado por la forma que adopta en cada sociedad y se manifiesta cuando se requiere excluir cierta clase de comportamientos. Las conductas son seleccionadas en función del contexto histórico, social y cultural. Hoy en día, una persona que estuviera hablando sola acerca de Dios seria señalada, pero no porque se la considerase peligrosa, sino porque no encaja con el comportamiento cívico. Hace unas décadas, las opiniones al respecto habrían sido más variadas y no hubiera existido una perspectiva uniforme. Las creencias religiosas tenían un peso social muy diferente y el comportamiento cívico obedecía a otros criterios.
También hay que tener en cuenta que algunos de los factores que contribuyen al estigma son producidos por el propio sistema de salud mental. No hay que olvidar que muchos diagnósticos se utilizan de forma peyorativa. La esquizofrenia es un diagnóstico, pero también se ha convertido en un insulto y en una palabra acompañada de connotaciones negativas. Lo mismo sucede con la noción de ≪enfermedad mental≫. En ambos casos hay una defensa férrea de la legitimidad de la palabra, en lugar de analizar el modo en que el lenguaje cambia e incide de diferentes maneras en el campo de la salud mental. Por su parte, la medicación (y, especialmente, sus efectos secundarios) afecta a las emociones, la sociabilidad, la concentración y el cuerpo de las personas que la toman. Es decir, produce una serie de efectos visibles que delatan a la persona como alguien ≪con problemas≫. Resulta llamativa la poca presencia de este tipo de cuestiones en la mayor parte de campanas contra el estigma, o en círculos profesionales. Se interviene como si el estigma fuese independiente de las condiciones sociales y una mera colección de malentendidos.
En consecuencia, el activismo en salud mental ha encontrado en la lucha contra el estigma un campo en disputa. Se considera que el estigma está sujeto a las condiciones sociales, económicas y culturales; es achacable a una pérdida de derechos, o a un entramado de relaciones de poder, no a una serie de malentendidos acerca de lo que implica el malestar psíquico. Por ejemplo, una medida habitualmente reivindicada por las asociaciones de familiares para luchar contra el estigma es el acceso al trabajo asalariado. Desde el activismo en primera persona, en cambio, se habla del contexto neoliberal y sus exigentes condiciones como el verdadero causante de la exclusión del mundo laboral. El objetivo, por tanto, no es conseguir un nicho de trabajos reservado a personas con sufrimiento psíquico, sino que el trabajo para estas últimas sea consecuencia lógica de unos derechos laborales compartidos. Del mismo modo, elegir no trabajar debería ser una opción legitima, sin considerarse como una derrota o tener como consecuencia una infantilización o dependencia.
Otro papel para los profesionales
Respecto a los profesionales, hay una amplia disparidad de opiniones. Se trata de un tema controvertido[4]. Y esta controversia no es infundada, puesto que son quienes hacen funcionar el campo de la salud mental, y todo lo que se diga sobre ellos es determinante. En este sentido, el activismo en primera persona se atreve a cuestionar sus prácticas y a exigir cambios. Al fin y al cabo, son expertos en las disciplinas psi, que no es lo mismo que ser experto en sufrimiento psíquico. De este modo, se reclama legitimidad para reflexionar, opinar y decidir sobre aquello que les afecta directamente. Algunos ejemplos de propuestas de cambio son: no sobremedicar, incluir cuestiones relacionadas con el contexto social en la terapia, tratar de evitar ingresos hospitalarios por todos los medios, dejar de imponer visiones reduccionistas, replantear las relaciones de poder, eliminar las estrategias coercitivas, dejar de tener una visión paternalista, respetar las decisiones de la persona, etc.
Sin embargo, también existe una conciencia de las limitaciones que los profesionales tienen en sus puestos de trabajo. Esto sucede debido a varios factores. En primer lugar, las reflexiones acerca de las practicas del sistema de salud mental tienen todavía que tomar forma entre este colectivo. Son pocas, abstractas y, por lo general, son recibidas con muy poco interés. También hay que tener en cuenta que los cambios pueden amenazar sus puestos laborales y esto implica reticencias. Además, los profesionales trabajan en un sistema amplio y edificado sobre unas estructuras muy rígidas, por lo que, observados desde un punto de vista macro, todos los cambios serán necesariamente pequeños. Por último, no hay una tradición de lo colectivo en el ámbito de la salud mental, no existen espacios para cuestionar o reflexionar de forma real y sin intereses de por medio. En mi experiencia, la primera reacción de los especialistas cuando conocen las iniciativas del activismo en salud mental es la sorpresa, más que la de sentirse atacados.
En este punto, podría afirmarse que las opiniones se dividen en dos propuestas de actuación. Una los invita a cambiar sus prácticas. La otra plantea que lo único que pueden hacer es dejar sus puestos de trabajo, ya que esta defiende que los sistemas de salud mental deben desaparecer. La mayor parte de activistas no ven contradicción entre ambas, y consideran que pueden pedirse transformaciones realistas y posibles a corto plazo, a la vez que se trabaja para conseguir grandes cambios (se traduzcan en un desmantelamiento del campo de la salud mental o no). Algunos profesionales afines al activismo han decidido abandonar sus puestos de trabajo debido a las contradicciones que les generaba su rol y la escasa posibilidad de introducir modificaciones. Otros permanecen en ellos, intentando impulsar esa transformación, con todas las dificultades y limitaciones que hemos mencionado. También los hay que han dejado el sistema público, pero continúan buscando otros formatos en lo privado. No existen recetas definitivas y las líneas del debate continúan abiertas.
Tomar el espacio público
A diferencia de los movimientos anteriores, el activismo en primera persona utiliza la movilización y la presencia en el espacio público para plantear sus reivindicaciones. En Chile, esta forma de protesta tiene un amplio protagonismo. Por ejemplo, dos veces al año se realizan actos de protesta contra el electroshock delante de un hospital psiquiátrico; algunos colectivos participan en manifestaciones llevando pancartas y panfletos que visibilizan cuestiones relacionadas con la salud mental. Entre ellos, destacamos el colectivo No es lo mismo ser loca que loco, que se suma a las manifestaciones feministas, o la campana ≪Por una niñez libre de drogas psiquiátricas≫, que se une a las movilizaciones en contra de las malas condiciones en los centros de menores.
Al situarse en el espacio público, el activismo en el campo de la salud mental reivindica una serie de elementos de manera directa, pero, además, de forma no tan explicita, se pone en el punto de mira de la justicia social. Movilizarse y protestar en el espacio público envía un mensaje de urgencia, conflicto y gravedad de la situación. De este modo, el debate acerca de como mejorar la atención en salud mental se aleja de la perspectiva estrictamente técnica o científica. En su lugar, se ponen cuestiones relacionadas con los derechos humanos, el abuso de poder y la libertad de las personas.
Por otro lado, el espacio público siempre ha sido un lugar lleno de dificultades para las personas con sufrimiento psíquico o experiencias inusuales. Se trata de un entorno en el que muchas han encontrado conflictos y han sentido limitado su derecho a estar. De este modo, la presencia (o la ausencia) de personas con sufrimiento psíquico en el espacio público pone en cuestión la libre circulación y muestra las pequeñas fronteras que impiden el paso a determinadas personas. Otorgarse el derecho a ocuparlo, y hacerlo en términos de protesta y movilización, dinamita esas pequeñas fronteras y rompe con la ilusión de que el espacio público es público.
Análisis de las relaciones de poder
El manicomio era el lugar en el que sucedían las practicas más evidentemente represivas y cargadas de poder. En la actualidad, se dan varios factores que han allanado el paso a un análisis más complejo de las relaciones de poder en el ámbito de la salud mental. Uno de los factores principales es que, si bien el manicomio no ha desaparecido como tal, su uso se ha visto disminuido. Esto ha supuesto una diversificación de dispositivos, acompañada de una amplia variedad de prácticas. Donde antes estaba solo el manicomio, ahora hay psicoeducación[5],5 talleres grupales, grupos familiares, psicoterapia, etc. Puesto que todas estas prácticas han derivado del manicomio, es necesario reflexionar sobre si el fin del encierro implica automáticamente el logro de la libertad.
Podemos decir que, en el terreno de la salud mental, coexisten dos maneras de ejercer poder. La primera son las practicas explícitamente coercitivas: ingresos forzosos, atar a la cama, sobremedicar, etc. En cuanto a la segunda, su característica principal es que es difícil de detectar, ya que sucede en relaciones y espacios poco asociados a un ejercicio de autoridad. Esto abre una serie de lecturas acerca de quien detenta el poder, y como lo hace, que prestan atención a los actos cotidianos, incluyendo aquellos de carácter bienintencionado, dado que estos suceden entre roles que parten de una posición desigual. De hecho, solamente tienen sentido en esos roles. Así, el poder también puede ser ejercido por un profesional con buenas intenciones, pero que no es consciente de que esta actuando desde una posición paternalista. Otro ejemplo es el de la psicoeducación, porque supone imponer una determinada perspectiva acerca del propio sufrimiento. Sin una desigualdad fundamental entre el rol de profesional y el rol de paciente, estas prácticas no tendrían sentido o se considerarían indignas. Una relación de poder, enmascarada y diluida las convierte en lógicas y razonables.
Desde otro enfoque, las relaciones de poder pueden analizarse como origen y/o factor potenciador del sufrimiento psíquico. Existen innumerables investigaciones que conectan experiencias de opresión social con malestar psíquico; de hecho, la opresión siempre conlleva cierto ejercicio de poder. Experiencias de racismo, machismo, migración, desempleo o dificultades económicas se han vinculado con una mayor presencia de sufrimiento psíquico. Algunos activistas plantean la existencia del ≪cuerdismo ≫, que sería aquel sistema que otorga poder y privilegios a las personas cuerdas sobre las personas locas[6].
Desde la perspectiva en primera persona, el poder se recibe de primera mano. Por tanto, es lógico que se estén redefiniendo los criterios para considerar lo que es un ejercicio de poder y lo que no. Al reajustarse la línea que los separa, se producen resistencias por parte de las personas que mantienen los criterios anteriores. Concretamente, los individuos que ejercen el poder tienden a defender su derecho a hacerlo con diversos argumentos, entre los cuales podemos destacar cuatro:
Paternalismo, que consiste en señalar que el ejercicio de poder es indispensable para el bienestar de la persona.
Desconocimiento, que implica remarcar que no es poder lo que está teniendo lugar, sino otra cosa (cuidado, preocupación, etc.).
Obligación, que consiste en indicar que ciertas prácticas de poder se ejercen porque se están obedeciendo ordenes de una escala superior en la jerarquía.
Exageración, que consiste en señalar a las personas con nuevos criterios como exageradas o excesivamente sensibles.
Dicho todo esto, me gustaría señalar que otra consecuencia de vivir el poder en las propias carnes es que la experiencia cambia tanto las formas de analizarlo como las maneras de expresar los análisis. En muchas ocasiones, no se efectúa necesariamente con las mismas formas y herramientas habituales de otros movimientos sociales ―—a través de textos teóricos y de lenguaje innecesariamente enrevesado—, sino mediante la construcción de una sensibilidad y una mirada nuevas en las que este análisis esta incorporado. En este sentido, creo que se trata de una manera de aterrizar en lo concreto algo que, de otro modo, quedaría en un plano exclusivamente abstracto o académico. Las lecturas sobre el poder se realizan desde una perspectiva subjetiva, cotidiana y basada en la propia experiencia. Lo que para algunas personas es un ejercicio de poder, puede no serlo para otras. Hay quien ve necesaria cierta cantidad de poder, mientras que hay quien trata de erradicarlo en su totalidad. Así, se trata más de una constelación de análisis que permiten un debate sobre el poder que de un relato único con unas conclusiones que repetir. Otros movimientos sociales pueden aprender de este enfoque. Creo que devolver el debate a un plano en el que cualquiera puede aportar y permitir el acceso al cuestionamiento (en lugar de dificultarlo) es una buena manera de contrarrestar la omnipresencia de los formatos de reflexión academicista.
Conexión con otros colectivos sociales
Como consecuencia lógica de todo lo que estamos viendo, el activismo en primera persona está tratando de vincularse con otros colectivos sociales que sufren situaciones de desigualdad. Hasta el momento, considero que —como veremos más adelante— el movimiento social con el que más está acercando posturas es el feminismo. Por otra parte, también se están produciendo una serie de diálogos con otros colectivos sociales no del todo organizados como tales, como puede ser el de las personas abusadas sexualmente en la infancia. Esto está suponiendo que los análisis se crucen, y se aporten de este modo perspectivas que los enriquecen mutuamente. Siguiendo el ejemplo mencionado, las personas que han sufrido abuso sexual infantil son proclives a manifestar sufrimiento psíquico, mientras que muchas con sufrimiento psíquico han sido víctimas de abuso sexual o de otro tipo durante su infancia. Estas tienen así la posibilidad de compartir vivencias que pueden haber sido similares, como el silenciamiento, los sentimientos de vergüenza, la experiencia de ≪salir del armario≫ o la pelea por la legitimidad del relato propio.
Este reconocimiento entre grupos tiene que ver con varios factores. Uno ya lo hemos apuntado: el sufrimiento psíquico está presente en la realidad cotidiana de la mayor parte de los colectivos en situación de desigualdad. No es de extrañar que haya un interés mutuo a la hora de intercambiar herramientas, compartir análisis y plantear reivindicaciones conjuntas. Otro factor son las formas de opresión compartidas. Una de las experiencias más habituales es el bloqueo de la posibilidad de producir discursos propios. Un ejemplo muy claro lo presenta la lucha de las personas trans contra la despatologización de la transexualidad: tanto las personas trans como aquellas con sufrimiento psíquico ven como sus voces son puestas en cuestión, mientras que se confiere legitimidad a los discursos psiquiátricos y psicológicos. Todavía sorprende que aparezca en un medio de comunicación una persona con problemas de salud mental hablando de salud mental, o una persona trans hablando de transexualidad, en lugar de que lo haga un médico, una psiquiatra o un psicólogo.
Apropiarse del lenguaje
Otro aspecto fundamental del enfoque en primera persona es que está construyendo un lenguaje propio, un lenguaje que cada persona adapta a sus necesidades y formas de entender el sufrimiento psíquico. Por ejemplo, como alternativa a la expresión ≪enfermedad mental≫ suelen utilizarse diferentes conceptos como ≪sufrimiento psíquico≫, ≪malestar psicológico≫, ≪malestar emocional≫, ≪locura≫, ≪diversidad mental≫ o ≪problemas de salud mental≫. también hay algunas alternativas al termino ≪paciente≫ o ≪usuario/a≫, como por ejemplo ≪persona diagnosticada≫, ≪loca≫, ≪superviviente de la psiquiatría≫ o ≪psiquiatrizada≫. Cada cual decide que expresión utiliza para describir su experiencia. Además, el uso de estos términos tiene como consecuencia un desplazamiento importante. Pone el foco en la experiencia de la persona y abre la posibilidad a la autogestión. Desde el enfoque biologicista y su utilización del apelativo ≪enfermedad mental≫, las experiencias tienen una explicación, pero no un significado propio. Al definirlas como ≪sufrimiento psíquico≫ (u otro termino), se admite, precisamente, que no existe una explicación cerrada y definitiva.
El hecho en sí de que se estén proponiendo y la posición desde la que se hace ya son importantes. Tradicionalmente, la mayor parte del lenguaje en salud mental ha sido producido por las disciplinas psi. Cuando estas ponen nombres a las experiencias de sufrimiento psíquico, no están realizando una propuesta en pie de igualdad con otros puntos de vista. La cultura de la salud mental las ha dotado del poder suficiente como para que sean las que establezcan los únicos términos correctos, convirtiendo a la persona que no los acepta en irracional. Por ejemplo, la palabra ≪esquizofrenia≫ es una propuesta de estas disciplinas, pero tiene más poder que otros nombres indicados por otras perspectivas, como ≪locura≫ o ≪escucha de voces≫. Este poder proviene de una cultura de la salud mental que considera que la mente debe ser cosa de un conjunto de especialistas, que son los únicos legitimados para hablar sobre el sufrimiento psíquico y, por lo tanto, para nombrarlo.
En este sentido, puesto que la imposición de un lenguaje es una forma de poder, proponer otras formas de llamar a las experiencias supone un desafío a este poder. Este reto se realiza mediante tres estrategias:
La primera es incluir palabras que no estaban en el campo de la salud mental. Un ejemplo es el termino ≪apoyo mutuo≫, cuya puesta en circulación propone una nueva relación en términos de cuidado y horizontalidad.
La segunda estrategia es la de sustituir unos términos por otros. Un ejemplo viene del movimiento Hearing Voices y su propuesta de sustituir ≪esquizofrenia≫ por ≪escucha de voces≫.
La última estrategia es la de resignificar términos. Es decir, utilizar la misma palabra, pero cambiando su significado. Cómo veremos más adelante, el ≪orgullo loco≫ es el mejor ejemplo de esta estrategia, puesto que la palabra ≪loco/a≫ pasa de ser un insulto a una subjetividad reivindicable cargada de dignidad.
La cuestión del lenguaje está muy presente porque permite dotar de significado a las experiencias que se están teniendo. Gran parte de las reflexiones del activismo en salud mental tiene que ver con los términos que se utilizan y sus consecuencias. No es lo mismo considerarse esquizofrénico que persona con creencias inusuales o percepciones no compartidas, por señalar dos términos alternativos. Tampoco es lo mismo considerarse TLP (trastorno límite de la personalidad) que una persona con alta intensidad emocional o superviviente de un trauma. Buena parte de lo que sucede en el campo de la salud mental está sustentado en palabras cargadas de ideas preconcebidas y significados implícitos. Apropiarse del lenguaje es apropiarse de estos significados y abrir la posibilidad de reflexionar sobre las experiencias de una manera más libre. La idea no es proponer un nuevo catálogo de términos. Antes bien, se trata de plantear que el lenguaje no debe ser inmóvil y que puede ser una herramienta abierta, no cerrada.
Algunas consecuencias
Todo esto supone que los profesionales y familiares deben suspender el control, escuchar, compartir información, replantear su autoridad y establecer un dialogo de igual a igual, en una posición de horizontalidad. En pocas palabras: perder poder y pasar a un segundo plano. En muchas ocasiones, esto ha generado resistencias. La mayor parte de reticencias a escuchar a los activistas en primera persona provienen de comprobar como sus propuestas rompen con inercias históricas y desplazan los posicionamientos convencionales. Muchos profesionales y familiares han visto en este nuevo tipo de activismo una amenaza a la rutina en la que estaban instalados. Las reacciones han sido de diferentes tipos. La más habitual, o que a mí me lo ha parecido, es el paternalismo: por ejemplo, apoyar la propuesta de palabra, pero no en los hechos o considerar que es una idea ingenua o utópica, recibiéndola con humor y superioridad. Muchos optan por señalar que esta perspectiva es una moda. La mayor parte no declaran una opinión ni un posicionamiento claro, sea porque no están acostumbrados a involucrarse en debates, sea porque no han llegado a conocer bien estas perspectivas.
Otra consecuencia esencial de la emergencia del activismo en primera persona es que algunos de los planteamientos críticos que ya venían haciéndose cobran una mayor importancia, mientras que otros pasan a un segundo plano. Dar valor a la propia experiencia ha resituado la prioridad dada a algunas iniciativas realizadas desde los ámbitos profesionales en etapas anteriores. Un ejemplo es el de la lucha contra ciertas prácticas como las contenciones mecánicas en España o contra el electroshock en Chile, cuya necesidad y urgencia no se habían planteado como hasta ahora. Las personas con malestar psíquico sufren directamente estas prácticas, por lo que desde el principio han sido puestas en el foco por el activismo en primera persona.
También ha habido un cambio de prioridades respecto a la necesidad de la antipsiquiatría y la contrapsicología de encontrar nuevas teorías y escuelas terapéuticas. La perspectiva en primera persona pone en tela de juicio la terapia en sí, entendiendo que es una herramienta útil en ciertas circunstancias, pero también que la salvación no está en encontrar la corriente terapéutica definitiva. Es habitual que las terapias humanistas, o con un trasfondo esotérico, se consideren más cercanas a una perspectiva de liberación, mientras que aquellas con un enfoque cognitivo-conductual se asocien más al control social. En realidad, se trata de luchas de poder entre las propias escuelas terapéuticas; algunas se visten de corrientes liberadoras y otras de corrientes normalizadoras, para dar la sensación de que unas tienen más conciencia social que las otras. Sin embargo, cada vez se pone más énfasis en que el vínculo terapéutico en sí mismo es una relación de poder (elegida o no), y que una determinada corriente, ya sea mayoritaria o minoritaria, no la acerca más a la horizontalidad. Para la cuestión que nos ocupa, más importante que su enfoque terapéutico es la comprensión de las dinámicas de poder que genere la persona terapeuta. Por su parte, muchas de las herramientas desarrolladas desde el activismo en primera persona no tendrán que ver necesariamente con eliminar experiencias de sufrimiento psíquico ni con una perspectiva de curación. En su lugar, se propone compartir estas experiencias, encontrarles un significado y aprender a relacionarse de una forma diferente con ellas.
Por último, otra de las consecuencias es que algunas propuestas de la perspectiva en primera persona están siendo integradas en los sistemas de salud mental. Así, cada vez es menos raro ver que se organizan GAM[7] en centros de salud mental, o escuchar a profesionales que hablan de factores sociales para elaborar sus explicaciones sobre el sufrimiento psíquico. Para el activismo esta es una cuestión a debate, ya que puede considerarse que si estas iniciativas se incluyen en el sistema de salud mental pierden su potencial transformador. Este riesgo es muy real, puesto que dicha inclusión suele realizarse como si las iniciativas fuesen un modelo más que implementar según convenga y no en función de una lectura crítica sobre el funcionamiento global del sistema de salud mental. Por otro lado, puede pensarse que este tipo de planteamientos dentro de dicho marco pueden suponer un trato más humano hacia las personas, por lo que puede ser adecuado, incluso en términos de supervivencia. Como hemos señalado respecto a otros procesos, el debate está abierto.
Tomado de: Erro, J. (2021). Pájaros en la Cabeza. Activismos en salud mental desde España y Chile. Ed. Virus Editorial.
Agradecemos a Javier Erro por su autorización para la reproducción de este texto.
Nota: Se tomó la decisión de dividir este texto en dos partes debido a la extensión del mismo, a modo de que pueda facilitarse la lectura del texto.
[1] Por el momento, me he encontrado con ambos términos por igual. No obstante, he de señalar que no todos los activistas se identifican con el termino ≪loco≫ o ≪loca≫. Hay personas que no se consideran locas, debido a que su problemática esta más relacionada con aspectos emocionales que con percepciones o creencias acerca de la realidad. Otras no se sienten identificadas con este término, porque lo consideran estigmatizador y no se encuentran cómodas utilizándolo. Por esta razón, pese a que usare ambas terminologías, he preferido emplear en mayor medida el de ≪en primera persona≫.
[2] Es necesario distinguir las expresiones ≪activismo en primera persona≫, activismo profesional≫ y ≪activismo en salud mental≫. El primero hace referencia a discursos y propuestas elaborados por personas que se basan en su propia experiencia con el sufrimiento psíquico. El activismo profesional es el que realizan los propios profesionales, como hemos visto en los ejemplos de la antipsiquiatría y la contrapsicología, aunque en la actualidad está tomando otras formas. En cuanto al activismo en salud mental, englobaría los dos anteriores e incluiría a colectivos mixtos, en los que activistas en primera persona comparten espacio con profesionales, familiares u otros individuos interesados. Son los más comunes, y en ellos las ratios de profesionales y activistas en primera persona varían. En todos los colectivos mixtos que he podido conocer, se ha tenido en cuenta el riesgo de que los profesionales lleven la voz cantante y reproduzcan la invisibilización de las personas con sufrimiento psíquico. La razón de que le dedique un apartado al activismo en primera persona es que los sujetos son las personas directamente afectadas, lo que les da mayor legitimidad. Además, los activistas en primera persona, en colectivos mixtos o no, son los que están impulsando las iniciativas más interesantes.
[3] Algunas de estas ideas son que la persona loca es violenta, que es incapaz de trabajar, que vive completamente ajena a la realidad, que no tiene etica o moral, que no puede llevar las riendas de su propia vida, etc. No es tanto que estas ideas nunca sean ciertas, sino que se considera que siempre lo son.
[4] Debo advertir que, al ser profesional, he escrito este apartado con especial inseguridad. Hay que tener en cuenta que el debate acerca de los profesionales en círculos activistas cambia frecuentemente las tendencias. En consecuencia, he intentado trazar simplemente algunas ideas generales.
[5] El termino ≪psicoeducación≫ hace referencia a una parte habitual en los protocolos de los dispositivos de salud mental especialmente utilizado para las patologías calificadas como ≪graves≫. En principio, consiste en dar información a la persona con sufrimiento psíquico acerca de lo que le está sucediendo. Sin embargo, suele criticarse que, en la práctica, la información que se ofrece es exclusivamente biologicista, que excluye otros enfoques, que impide a la persona generar un relato propio y cuyo objetivo prioritario es conseguir la adherencia al tratamiento, es decir, que la persona no deje de tomarse la medicación.
[6] En este sentido, una perspectiva interesante es el marco Poder-Amenaza-Significado, que analiza precisamente estas cuestiones y proporciona una gran Cantidad de investigaciones al respecto. Puede ahondarse en el, en el siguiente enlace: https://primeravocal.org/el-marco-de-poder-amenaza-y-significado/
Peter Lehmann (izquierda) con Robert Whitaker (derecha)
Nota Editorial: esta entrevista fue publicada originalmente en portugués en el sitio Mad in Portugal el 03 de enero del 2025, la traducción al español se realizó por parte del equipo de Mad in México, la entrevista de origen se publica en una sola parte, sin embargo, decidimos hacer la publicación en dos partes debido a la extensión de la misma, puede leerse la primera parte en este enlace.
Redes internacionales de usuarios y supervivientes de psiquiatría
Tiago Pires Marques:Peter, ahora me gustaría sacar otro tema, una vertiente muy importante de tu trabajo, la red internacional que empezó en los años 90, ENUSP [Red Europea de Usuarios y Supervivientes de Psiquiatría] ¿Cómo empezó? ¿Y quiénes fueron sus aliados?
Peter Lehmann: Cuando empezamos a organizarnos en Alemania a finales de los setenta y principios de los ochenta, no sabíamos nada de lo que pasaba en el extranjero. Cuando empecé mi lucha por acceder a mi historial de tratamiento psiquiátrico, escribí un artículo para una pequeña revista de izquierdas llamada “Arbeiterkampf”, que significa “Lucha de los trabajadores”. Allí mencioné la Ofensiva Irren- , que fundé en 1970 en Berlín junto con otros supervivientes de la psiquiatría. Había una mujer en Holanda, Dunya Breur, que vino a Berlín en 1981 porque estaba escribiendo un libro sobre la historia de su madre, superviviente del campo de concentración de Ravensbrück.
Lehmann con Dunya Breur (1942-2009) en Ámsterdam, Holanda, hacia 2005
Quería entrevistar a otra superviviente de Ravensbrück. Dunya había venido a Berlín -entendía el alemán-, había leído mi artículo en el Arbeiterkampf y había visitado el centro de prensa donde Irren-Offensive también celebraba sus reuniones. Allí me puse en contacto con ella por casualidad. Dunya estaba conectada con el movimiento estadounidense, con Judi Chamberlin y otras activistas.
Lehmann con Kerstin Kempker, Judi Chamberlin (1944-2010) y Gábor Gombos (1954-2022) 2000 en Nashville, Tennessee
El resultado de esta reunión fue que se estableció un vínculo internacional con EE.UU. y los Países Bajos. En ese país tenían el Clientenbond, que entonces era una organización fuerte. Ellos -u otra organización, quizás la gente de la Casa de Huida/ Ámsterdam y sus seguidores- me invitaron a esta conferencia sobre alternativas, en noviembre de 1982 en su casa. Algunos miembros de nuestro grupo -teníamos una pequeña furgoneta, una donación de la administración sanitaria local de Berlín-Schöneberg que dirigía un médico del Partido Verde- nos dirigimos a Ámsterdam para asistir a esta conferencia. Allí conocimos a gente de Dinamarca, de Inglaterra. Mantuvimos esta conexión, antes del fax, antes de Internet y de todo, y nos reuníamos al margen de las conferencias, que eran organizadas por Mental Health Europe[1]. Mental Health Europe era entonces la sección europea de la Federación Mundial de Salud Mental y es una asociación europea de organizaciones no gubernamentales nacionales que trabajan en el campo de la salud mental. Necesitan la presencia de usuarios y supervivientes de la psiquiatría para obtener financiación de la Comisión Europea, y aprovechamos estas posibilidades para reunirnos al margen de sus reuniones. Nos reunimos en Brighton, Inglaterra, nos reunimos en Prato, Italia, y decidimos celebrar una reunión de la fundación en Zandvoort, Holanda. El gobierno holandés aportó el dinero para la conferencia. Hubo intérpretes en distintos idiomas y utilizamos nuestros contactos privados para invitar a gente de muchos países. Finalmente, 39 representantes de 16 países europeos asistieron y fundaron la Red Europea de Usuarios y Ex-Usuarios de Salud Mental, como se llamó al principio.
Reunión fundacional de la ENUSP en Zandvoort (Países Bajos) en 1991
Tiago Pires Marques: ¿Y en qué año fue eso?
Peter Lehmann: En 1991. Puedes leer un capítulo sobre esa reunión, que escribí junto con Maths Jesperson de Suecia. Este capítulo contiene la “Declaración de Zandvoort sobre intereses comunes” en el libro “Alternativas a la psiquiatría” (10).
Tiago Pires Marques: ¿Y desde entonces ha crecido la organización?
Peter Lehmann: Desde entonces, la organización ha crecido, crecido y crecido. La Junta debe organizar una asamblea de miembros cada dos años, pero es difícil porque se necesita financiación. En los primeros años, el gobierno holandés daba dinero para estas reuniones y también para la secretaría de la Junta. Esto era un poco extraño porque era la Unión de Usuarios holandesa la que decidía quién era el secretario del Consejo de la Red Europea y no los miembros de nuestro Consejo. Nosotros, es decir, el Consejo de la Red Europea – no teníamos ninguna influencia. Había tensiones, pero funcionaba más o menos bien. Podíamos actuar a escala internacional y celebramos algunas conferencias. Puedes leerlo todo en este capítulo…
Tiago Pires Marques: ¿Fue financiada la fundación de la Red por el gobierno holandés?
Peter Lehmann: La reunión fundacional de la Red Europea fue financiada por el gobierno holandés, y también su secretaria. Más tarde dijeron: “¿Por qué siempre nosotros, por qué no otro gobierno nacional?”. Y en los años siguientes, a veces cuando un gobierno nacional de un Estado miembro de la UE llevaba la iniciativa -ya sabes, cambia cada medio año-, entonces había un poco de dinero. A veces el gobierno danés daba dinero, el movimiento danés es fuerte y está bien conectado. Conseguían el dinero para las reuniones de los miembros.
Tiago Pires Marques: He visto que ENUSP tiene su sede en Copenhague.
Peter Lehmann: Ahora tienen su sede allí. Hablo de “ellos” ahora, porque mientras tanto yo sólo me he convertido en miembro individual. Una vez la reunión de miembros fue en Tesalónica (Grecia), otra en Luxemburgo, otra en Reading (Inglaterra) y otra en Vejle (Dinamarca). Siempre fue un problema conseguir financiación de la Comisión Europea. Por un lado, deberían pagar la organización de personas con enfermedades mentales o diagnósticos psiquiátricos, pero siempre dan el dinero a Mental Health Europe, que es una asociación de grupos profesionales. Nosotros no somos más que un apéndice de Mental Health Europe. Se llevan todo el dinero y nos dan un poco, pero todo el dinero debería ser nuestro. Se llevan nuestro dinero. Pero tenemos que ser amables, mantener una conexión amistosa, de lo contrario no obtendríamos nada de ellos.
Tiago Pires Marques: ¿Está dirigido por psiquiatras?
Peter Lehmann: No, no por psiquiatras, sino para psiquiatras, o por profesionales… No conozco la situación actual. En 1997, me adoptaron como miembro del consejo durante tres años. Yo era entonces Presidente de la Red Europea. Mental Health Europe recibe mucho dinero de la Comisión Europea. Su Junta tiene reuniones en sitios bonitos [risas], comidas y vuelos, son los médicos voladores… A veces también hacen cosas buenas. Una vez hicimos juntos una investigación sobre la discriminación de los pacientes psiquiátricos en el ámbito médico y propusimos medidas para combatirla (11). Por supuesto, son más fuertes que las organizaciones de usuarios y supervivientes de la psiquiatría; tienen más dinero para cofinanciar programas. Pero se quedan con el dinero. Tienen su oficina en Bruselas, donde tiene su sede la Comisión Europea. Una vez estaba hablando con una mujer de la Comisión y le dije: “Sí, es fácil para ustedes, tienen estrechos vínculos con ellos”, pero ella indignada me contestó: “No, somos muy neutrales”. Para mí está claro que Mental Health Europe se lleva el dinero incluso cuando hay programas claramente dirigidos a organizaciones de pacientes psiquiátricos. No es diferente de cualquier otro sitio, sí, el dinero no llega a la gente a la que realmente va destinado.
Tiago Pires Marques: ¿Existen otras organizaciones internacionales de usuarios y supervivientes de la psiquiatría?
Peter Lehmann: Sí, la Red Mundial de Usuarios y Supervivientes de Psiquiatría. Otra es GAMIAN. Son las siglas de Global Advocacy Network for the Mentally Ill (Red Mundial de Defensa de los Enfermos Mentales). Está financiada por Bristol-Myers, una empresa farmacéutica de Londres. GAMIAN recibe mucho dinero de empresas farmacéuticas, como GlaxoSmithKline, Eli Lilly Benelux, Organon, Pfizer Janssen, Lundbeck, Otsuka y Shire (12). Cuando los miembros de sus consejos de administración se reúnen, por lo que he oído, lo hacen en los hoteles más caros. Están dominadas por profesionales, pueden tener a un paciente psiquiátrico como testaferro en su junta, pretenden representar los intereses de pacientes psiquiátricos actuales y antiguos de todo el mundo, y a menudo son invitadas a conferencias internacionales. Molesta.
Tiago Pires Marques: ¿Qué pasa con Intervoice?
Peter Lehmann: Intervoice es para personas que oyen voces, fue fundada por Marius Romme. También hay usuarios y supervivientes de la psiquiatría, Ron Coleman de Inglaterra es el más conocido. Marius Romme también tiene un capítulo en el libro “Alternativas a la psiquiatría” junto con su colega Sandra Escher (13). Sí, pero se comportan de forma bastante apolítica, al menos la organización Voice Hearers de Alemania, no se ocupan de las llamadas enfermedades mentales, escuchan voces, no hay mucha solidaridad con otros supervivientes de la psiquiatría, por ejemplo con personas que ven imágenes y visiones o experimentan persecución. Se ocupan de oír voces, de lidiar con las voces, de la psicoterapia. Los derechos humanos no son su tema. Si me equivoco y cambian, me alegraría.
Tiago Pires Marques: Y encontré otra, llamada Hamlet Trust. ¿La conoces?
Peter Lehmann: The Hamlet Trust no es una organización de usuarios y supervivientes de la psiquiatría. Apoyan el desarrollo de iniciativas de salud mental basadas en la comunidad y dirigidas por los usuarios en los países en desarrollo.
Tiago Pires Marques: ¿Sigue funcionando?
Peter Lehmann: Dejé el Consejo de la Red Europea en 2010. Por lo que sé, Hamlet Trust apoya bien a la Red Europea, pero no estoy al día.
Tiago Pires Marques: ¿Tiene la Red Europea alguna conexión con los estadounidenses, como MindFreedom International?
Peter Lehmann: Sí, David Oaks era secretario general de MindFreedom, estuvo en Berlín, se reunió con el Consejo de la Red Europea y preguntó si la Red quería ser miembro de MindFreedom. Le preguntamos cómo podíamos participar en los procesos de toma de decisiones. No pudo responder a esta pregunta. David es un hombre brillante, pero no pudo explicar sus procesos de toma de decisiones. Así que, debido a la falta de transparencia para nosotros, no había ninguna base para que nos uniéramos a ellos.
Lehmann con David Oaks 2000 en Nashville, Tennessee
Psiquiatría y derechos humanos
Tiago Pires Marques: Estamos en Berlín, y me he dado cuenta de que la Casa de Huida se fundó en la época de la caída del Muro de Berlín…
Peter Lehmann: Eso fue en 1989.
Tiago Pires Marques: ¿Tiene algún recuerdo de aquella época? ¿Venía gente de ambos lados de Berlín?
Peter Lehmann: Cuando aún existía el muro, la gente de Alemania Oriental podía cruzar la frontera hacia Berlín Occidental, usuarios y supervivientes de psiquiátricos, para visitarnos cuando estaban jubilados o se jubilaban anticipadamente. Podían abandonar la República Democrática Alemana (RDA[2]) porque su gobierno quería deshacerse de ellos. También llevábamos material antipsiquiátrico a Berlín del Este. Esto era ilegal, al igual que sus reuniones en Alemania Oriental, porque estas reuniones no se anunciaban al gobierno de la RDA. Siempre temían ser detenidos cuando se reunían.
Tiago Pires Marques: ¿Existía una gran diferencia entre la psiquiatría practicada en Occidente y en Oriente?
Peter Lehmann: Sí, en el Este no tenían que lidiar tanto con el internamiento forzoso porque todos eran prisioneros de su gobierno [risas]. La gente no podía huir muy lejos. Y las clínicas psiquiátricas no tenían tantas salas cerradas porque su estado era un estado cerrado [risas]. Pero eso no tiene gracia. ¿Adónde iban a huir? Recuerdo declaraciones de activistas de Alemania del Este en plan “Sí, ustedes tienen el Haldol bueno del Oeste, nosotros sólo tenemos el Haldol malo del Este”. ¡El Haldol bueno! Supongo que cuando probaron el tratamiento con Haldol occidental, aprendieron rápidamente lo contrario. No hay mucho de lo que reírse.
Tiago Pires Marques: ¿Ha cambiado mucho la psiquiatría desde que entraste en contacto con ella?
Peter Lehmann: Sí, hay un gran retroceso, electroshock por todas partes, los fármacos son más tóxicos, la mortalidad aumenta cada vez más debido a los nuevos llamados atípicos, que son mucho más venenosos. Y las tasas de hospitalización forzosa están subiendo, tiene que ver con el sistema psiquiátrico comunitario; el control es mayor; descubren antes que la gente se está volviendo loca, así que mucha gente es hospitalizada a la fuerza. La fuerza informal no ha cambiado, la gente tiene que tomar medicación psicotrópica sin información adecuada sobre riesgos y alternativas, y se les sigue engañando sobre el peligro de la drogadicción. Difiere de una región a otra, tiene que ver con el enfoque de cada dirigente de cada junta de asilo. Hay algunas instituciones mentales sin tratamiento formalizado, y hay instituciones mentales con índices enormes. Varía.
Tiago Pires Marques: ¿Y los derechos humanos?
Peter Lehmann: En general, los derechos humanos se violan en la mayoría de las clínicas psiquiátricas, pabellones y consultas. No en todas partes, hay algunas excepciones. Alemania no es diferente del resto del mundo. Y, por supuesto, la Organización Alemana de Psiquiatras ignora la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. No aceptan ninguna violación de los derechos humanos. Siempre es en el extranjero, en Rusia, en China, pero no aquí en Alemania.
Tiago Pires Marques: Es triste oír esto después de tantos años de lucha.
Peter Lehmann: El mayor éxito que hemos tenido en Alemania, en mi opinión, es una ley sobre voluntades anticipadas. Esto significa que las personas, independientemente de su diagnóstico, pueden hacer una directiva anticipada y decidir que no quieren ser tratadas con esto o aquello. Tienen que hacer sus declaraciones, por supuesto, por adelantado, por escrito, en estado lúcido. Alemania es el primer país del mundo donde existe este derecho sin discriminar a las personas con diagnósticos psiquiátricos (14). Para ello no se necesita el dictamen de un psiquiatra. Habíamos empezado en 1981, después de que nuestro grupo recibiera un artículo de Thomas Szasz. Había adoptado la idea del economista libertario Walter Block, y este hombre tuvo la idea “¿Por qué las personas que creen que pueden volverse locas no escriben una especie de testamento vital en el que explican cómo quieren ser tratadas o no?”. Szasz escribió un artículo, “El testamento psiquiátrico“. Tuve contacto con él y nos lo envió para que lo tradujéramos. Nuestro grupo lo tradujo, y luego también se publicó en mi editorial como folleto. Distribuimos miles de folletos, y en 2009, de repente, el gobierno alemán, un gobierno conservador, decidió esta ley sobre la protección de las voluntades anticipadas. Afortunadamente, la Organización Alemana de Psiquiatras estaba desorganizada en ese momento, así que no se dieron cuenta. Finalmente, se sorprendieron cuando se dieron cuenta de esta ley, pero funciona.
Tiago Pires Marques: He visto que en el libro que mencionas, “Alternativas a la psiquiatría”[3], haces hincapié en la importancia de Internet para la comunicación y para el tema de la autoayuda. El libro se publicó en 2007. ¿Cómo valoras el uso de Internet? ¿Ha cumplido sus promesas?
Peter Lehmann: Nuestro grupo llamado Psychexit – fuera del sistema psiquiátrico – está planeando desarrollar un nuevo sitio web sobre el apoyo para salir de las drogas psiquiátricas. Hay buenos sitios web en diferentes idiomas. Iniciamos una ronda de expertos con psiquiatras, terapeutas, abogados, familiares, usuarios y supervivientes de psiquiátricos, cuidadores y otros. En primer lugar, queríamos desarrollar un plan de estudios interactivo para un apoyo competente a la abstinencia. Luego decidimos convertir este plan de estudios en un sitio web, donde queríamos desarrollar y ofrecer información sobre cómo diferentes medicamentos pueden ser retirados con bajo riesgo, y también con otros temas sobre el abandono de los medicamentos psiquiátricos. Debería decir mejor -medicamentos psicotrópicos- porque los médicos de cabecera prescriben la mayoría de ellos. Y tenemos una reunión anual, financiada por una organización de asistencia social en Berlín. La próxima reunión se celebrará en la Charité de Berlín, una gran clínica universitaria. Hemos invitado al director de su clínica psiquiátrica, Andreas Heinz. Ha ofrecido sus instalaciones, incluido el catering, y participará de nuevo. Andreas Heinz será el Presidente de la Organización Alemana de Psiquiatras en octubre. También ha ofrecido un simposio internacional sobre el abandono de las drogas psiquiátricas en la conferencia mundial de 2017 de la Asociación Mundial de Psiquiatría en Berlín. Dirigiré el simposio junto con él. También participará Peter Gøtzsche, del Instituto Internacional de Abstinencia de Drogas Psiquiátricas. He podido decidir los participantes de mi simposio. Un grupo radical y, en mi opinión, dogmático de activistas antipsiquiátricos ha llamado a boicotear esta conferencia.
Tiago Pires Marques: ¿Es una conferencia pública?
Peter Lehmann: Es la Asociación Mundial de Psiquiatría [WPS]. Estas personas también habían llamado a un boicot de su Conferencia de 2007 en Dresden, Alemania, donde Judi Chamberlin y también Dorothea Buck dieron discursos de apertura. Dorothea es la fundadora y antigua presidenta de la Asociación Alemana de Usuarios y Supervivientes de Psiquiatría. Ahora es la Presidenta Honoraria. Sobrevivió a la esterilización forzosa durante el sistema de terror psiquiátrico de la época nazi, y después al electroshock. Puedes leer la historia de su vida en su capítulo “Setenta años de coerción en instituciones psiquiátricas, vividos y presenciados” en “Alternativas a la psiquiatría” (15). Dorothea tiene 100 años…
Dorothea Buck
Tiago Pires Marques: ¿De verdad sigue viva? He leído su testimonio en el libro.
Peter Lehmann: Sigue viva, e hizo un llamamiento público para que la gente fuera a esa conferencia de la WPA. Y la junta de la organización alemana de usuarios y supervivientes de la psiquiatría llamó a boicotear la conferencia. En Dresde, organicé un simposio sobre alternativas a la psiquiatría con los ponentes Mary Nettle, Robert Whitaker y Peter Stastny.
Lehmann con Robert Whitaker 2016 en Phoenix, Arizona
En Berlín organizaré dos simposios con usuarios y supervivientes de la psiquiatría, como Laura Delano, Salam Gómez y Darby Penney. Daré una conferencia magistral sobre cómo responder a la catastrófica reducción de la esperanza de vida entre los pacientes psiquiátricos. Van a boicotear.
Lehmann con Darby Penney (1952-2021), 2017, en Berlín, Alemania.
Tiago Pires Marques: ¿Por qué te acusan de comprometer el sistema?
Peter Lehmann: Sí, por supuesto. Sólo hablan de la fuerza psiquiátrica formal, no de la informal. El webmaster de la Casa de Huida de Berlín me calificó de “especialista en tratamientos coercitivos” que buscaba “formas de tortura humanitaria y controlada por el usuario en psiquiatría”. (16, 17) La dirección de la Casa de Huida no se distanció de esta calumnia, ni siquiera después de que yo se lo pidiera. Permanecieron en silencio. Luego lo hicieron. Me pregunto si estas personas también se presentarán en el próximo simposio con motivo del centenario de Dorothea Buck en Hamburgo y protestarán.
Tiago Pires Marques: Me gustaría participar en esta conferencia…
Peter Lehmann: Sí, es el 6 de abril de 2017 en Hamburgo como una gran reunión pública. Soy uno de los muchos oradores. Dorothea quería que estuviera allí, voy a hablar de psiquiatría sin violencia. Tengo un vínculo de confianza con Dorothea.
Producir otros conocimientos sobre formas de afrontar las enfermedades mentales.
Tiago Pires Marques: He leído en su correo electrónico que le gusta recibir ideas de países del Sur, de África, sobre cómo tratar las llamadas enfermedades mentales. Han presentado modelos que podrían ser interesantes.
Peter Lehmann: Sí, por supuesto. He escrito un capítulo sobre alternativas de tratamiento a los fármacos psiquiátricos, con especial referencia a los países de ingresos bajos y medios, para el “Routledge Handbook of International Development, Mental Health and Well-being”, que publicará Routledge (18). Se trata de cómo alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible 3 de las Naciones Unidas, llamado “ODS3”, de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. En él se exige a los Estados que mejoren el bienestar de los ciudadanos y combatan las enfermedades más importantes que provocan la muerte de las personas. Por supuesto, se preguntarán, ¿quiénes son los alemanes para decir a los africanos lo que tienen que hacer? Pero tienen buenas ideas. Lo mismo en Asia, por ejemplo en Pune, India. Ellos también tienen buenas ideas, podemos aprender unos de otros. Cuando escribí este capítulo – y también fue la base de mi discurso de apertura en la conferencia de la WPA – pregunté en todo el mundo sobre métodos de trabajo para combatir la reducida esperanza de vida de los pacientes psiquiátricos. Así acabé con información de Bhargavi Davar sobre su organización Seher – “Aurora” en portugués- en Pune, que ofrece apoyo holístico a personas con problemas emocionales. También hay un enfoque prometedor de MindFreedom Ghana, con apoyo social y económico, que ayuda a la gente simplemente a sobrevivir. Así que tengo algunos buenos ejemplos de lo que pueden hacer los psiquiatras fuera del mundo occidental.
Tiago Pires Marques: ¿Viajó para ver?
Peter Lehmann: ¡No! Por ejemplo, me invitaron a Pune para participar en la conferencia de la Red Internacional de Alternativas y Recuperación en noviembre de 2016. Querían pagar los gastos de vuelo, pero los demás gastos eran enormes, 200 dólares la noche de hotel. 200 dólares la noche. Les pregunté si podían organizarme un hotel barato, porque no necesito un hotel de lujo, pero no pudieron. Me dijeron que no podían reducir los costes. Por eso no fui a la India. No tengo que ir a todas partes.
Tiago Pires Marques: Peter, una última pregunta sobre los saberes. ¿Qué nuevo tipo de conocimiento ha producido el movimiento? ¿Conocimiento basado en la experiencia?
Peter Lehmann: El movimiento, el intercambio, ha producido el conocimiento de que hay mucha gente con experiencias importantes y se puede aprender mucho de los demás, que también tienen vidas diferentes, experiencias diferentes. Y pensar que tú – con tus propias experiencias, pequeñas, limitadas y sobre todo con pocos recursos – tienes el conocimiento para resolver y entender todos los problemas, es una situación delicada. Y el mayor progreso que he hecho, en mi opinión, proviene de los muchos encuentros con usuarios y supervivientes de todo el mundo. Podemos tener experiencias similares, podemos haber estado en instituciones mentales o haber sido tratados por la fuerza, formal o informalmente, pero somos tan diferentes, en nuestras culturas, en nuestras elecciones, en la forma en que procesamos nuestras experiencias y las consecuencias que sacamos… Tener el mismo diagnóstico no significa nada.
Tiago Pires Marques: Me parece que este conocimiento es valioso más allá del ámbito de la enfermedad mental. La sociedad, la sociedad en general, puede aprender de estos movimientos e intento pensar en formas de llevar este tipo de conocimiento a otros ámbitos de la vida.
Peter Lehmann: Sí, luchar por una vida libre, mejores condiciones de vida, combatir las violaciones de los derechos humanos, expresar y satisfacer tus necesidades si no suprimes otras… Sí, la gente puede aprender de nosotros, pero esto no es nuevo.
Tiago Pires Marques: Has utilizado la palabra “loco”, como estar… alguien estuvo loco por un momento, gente loca en la Casa de Huida… ¿Qué es la locura, en tu opinión, o estar loco?
Peter Lehmann: Con estos temas tan sutiles, siento que mis habilidades lingüísticas no son suficientes para explicarlos. La locura significa cruzar los límites de la vida normal y limitada, e incluye romper cadenas, pero también incluye riesgos y peligros, por supuesto. Pero sin saltos incivilizados para desarrollarse, para muchas personas no hay desarrollo de la personalidad. En nuestros estilos de vida y formas de percibir relacionados con la socialización cimentada apenas hay posibilidades de liberarse de las restricciones adquiridas. Algunos hablan de encontrar y liberar el “yo verdadero”, pero en mi opinión, el “yo normalizado” no es menos verdadero. En cualquier caso, me alegro de haber dejado atrás mi “yo normal”; pero con gusto habría prescindido del maltrato psiquiátrico.
O la depresión. La gente puede estar en un círculo de exigencias sobre lo que tiene que hacer y funcionar y, al final, si las exigencias son demasiado grandes, el alma reacciona y dice “basta, no puedo más”. Las personas locas o deprimidas pueden ser una señal para la sociedad y decirle lo que va mal. Karl Bach Jensen, de Dinamarca, escribió un extraordinario artículo sobre este tema para mi libro “Dejar las drogas psiquiátricas” (19).
Lehmann con Karl Bach Jensen en Kolding, Dinamarca, hacia 1994
Tiago Pires Marques: Muchas gracias, Peter. No te robaré más tiempo.
Posdata del 3 de noviembre de 2024.
Han pasado siete años desde la entrevista. He aquí algunas actualizaciones:
1) Debido a la falta de financiación, Psychexit no pudo desarrollar un sitio web interactivo de apoyo competente para la retirada de la medicación psicotrópica prescrita. En 2022, Psychexit puso fin a sus conferencias anuales de expertos. Toda la información está disponible en www.absetzen.info ywww.peter-lehmann.de/psychexit , pero sólo en alemán.
3) La celebración del centenario de Dorothea Buck tuvo lugar el 6 de abril de 2017 en la Universidad de Hamburgo sin ningún problema. La cumpleañera participó a través de conexión online. Dorothea Buck falleció el 9 de octubre de 2019, a los 102 años.
Referencias:
(10) Lehmann, Peter / Jesperson, Maths (2007): “Autoayuda, diferencia de opinión y control del usuario en la era de Internet” (pp. 366-380). En: Peter Stastny / Peter Lehmann (eds.): “Alternativas más allá de la psiquiatría”. Berlín, Eugene y Shrewsbury: Peter Lehmann Publishing. Edición actualizada del libro electrónico: “Alternativas más allá de la psiquiatría. El gran libro de las alternativas a la psiquiatría en el mundo”. Berlín & Lancaster: Peter Lehmann Publishing 2022. Información en línea en http://www.peter-lehmann-publishing.com/alternatives-beyond-psychiatry.htm / Información sobre las ediciones en alemán, griego y marathi en http://www.peter-lehmann-publishing.com/alternatives.htm
(11) Proyecto de acción contra el “Acoso y la discriminación que sufren las personas con problemas de salud mental en el ámbito de los servicios sanitarios”, organizado en el marco del “‘Programa de acción comunitario para luchar contra la discriminación en 2001-2006’ con el apoyo de la Unión Europea” (2005): “Recomendaciones para combatir el acoso y la discriminación en los servicios sanitarios y de salud mental” por Mental Health Europe, LUCAS (Bélgica), Pro Mente Salzburg (Austria), MIND (Inglaterra y Gales), Clientenbond (Países Bajos), FEAFES (Confederación Española de Agrupaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental – España), BPE (Bundesverband Psychiatrie-Erfahrener e.V. – Alemania) y ENUSP (European Network of [former] Users and Survivors of Psychiatry). Recurso en línea http://www.peter-lehmann-publishing.com/articles/enusp/recommendations.htm
(13) Romme, Marius / Escher, Sandra (2007): “Intervoice – Accepting and making sense of hearing voices” (pp. 131-137). En: Peter Stastny / Peter Lehmann (eds.): “Alternativas más allá de la psiquiatría”. Berlín, Eugene y Shrewsbury: Peter Lehmann Publishing. Edición actualizada del libro electrónico: “Alternativas más allá de la psiquiatría. El gran libro de las alternativas a la psiquiatría en el mundo”. Berlín & Lancaster: Peter Lehmann Publishing 2022. Información en línea en http://www.peter-lehmann-publishing.com/alternatives-beyond-psychiatry.htm / Información sobre las ediciones en alemán, griego y marathi en http://www.peter-lehmann-publishing.com/alternatives.htm
(15) Buck-Zerchin, Dorothea S. (2007): “Setenta años de coerción en instituciones psiquiátricas, experimentada y presenciada” (pp. 19-28). En: Peter Stastny / Peter Lehmann (eds.): “Alternativas más allá de la psiquiatría”. Berlín, Eugene y Shrewsbury: Peter Lehmann Publishing. Edición actualizada del libro electrónico: “Alternativas más allá de la psiquiatría. El gran libro de alternativas a la psiquiatría en el mundo”. Berlín & Lancaster: Peter Lehmann Publishing 2022. Información en línea en http://www.peter-lehmann-publishing.com/alternatives-beyond-psychiatry.htm / Información sobre las ediciones en Alemán, griego y marathi véase http://www.peter-lehmann-publishing.com/alternatives.htm
(18) Lehmann, Peter (2019): “Cambio de paradigma: alternativas de tratamiento a los fármacos psiquiátricos, con especial referencia a los países de ingresos bajos y medios” (pp. 251-269). En: Laura Davidson (ed.): “The Routledge Handbook of International Development, Mental Health and Wellbeing”. Londres y Nueva York: Routledge. Recurso en línea http://www.peter-lehmann-publishing.com/articles/lehmann/pdf/sdg3-psychiatry-treatment-alternatives.pdf
(19) Bach Jensen, Karl (2004): “Detoxification – in the large and in the small: Towards a culture of respect” (pp. 303-309). En: Peter Lehmann (ed.): “Coming off psychiatric drugs: Successful withdrawal from neuroleptics, antidepressants, lithium, carbamazepine and tranquilisers”. Berlín, Eugene y Shrewsbury: Peter Lehmann Publishing. Última edición actualizada del libro electrónico: Berlín & Lancaster: Peter Lehmann Publishing 2024. Información en línea en http://www.peter-lehmann-publishing.com/withdraw.htm . Ediciones en francés, alemán, griego y español: http://www.peter-lehmann-publishing.com/coming-off.htm
Tomada de: https://www.laizquierdadiario.com/Franco-Basaglia-y-el-rol-de-la-locura-en-la-sociedad-actual
“Nadie trata de conservar para sí mismo, todos esperan el fructificar del don de todos, del compartir entre todos. Y efectivamente nada es todavía más fructífero. Cuando hoy veo espíritus, en otros aspectos notables, que se muestran tan celosos de su propia autonomía y tan manifiestamente decididos a llevarse a la tumba sus pequeños secretos, me digo que se ha retrocedido y que, en lo que les toca, piensen lo que piensen, no están en el buen camino.”
Andrè Breton
En 1948, Jean Paul Sartre en su ensayo “¿Qué es la literatura?” (Situations II, Gallimard, París) escribe, entre otras cosas, que “las ideologías son libertad mientras se hacen, opresión cuando está hechas”. Esta precisión sobre el hecho de quedar fijado en esquemas preestablecidos de lo que ha nacido como negación de una realidad dada, debe encontrar el sentido de su continua renovación justamente en la realidad, para no transformarse en opresión de sí misma; es la premisa en que se basan las discusiones y los ensayos que formulan todos una sola pregunta: ¿qué es la psiquiatría?
Esta pregunta, -de por sí provocativa- quiere ser sólo una invitación al debate. Ella nace del estado de malestar real en que nos encontramos, oprimidos por una ideología psiquiátrica cerrada y definida en su papel de ciencia dogmática que, en cuanto al objeto de su búsqueda, sólo ha sabido definir su diversidad e incomprensibilidad, traduciéndolas concretamente en una estigmatización social.
Los diagnósticos psiquiátricos han asumido un valor ya categorial, en el sentido de su correspondencia con un etiquetamiento, una estigmatización del enfermo, más allá de las cuales no hay ya posibilidad alguna de acción o de resolución. En el momento en que el psiquiatra se encuentra cara a cara con su interlocutor (el “enfermo mental”), sabe que cuenta con un bagaje de conocimientos técnicos con los cuales -partiendo de los síntomas-, estará en condiciones de reconstruir el fantasma de una enfermedad; teniendo, sin embargo, la clara percepción de que, apenas haya formulado el diagnóstico, el hombre escapará de su visión, en cuanto definitivamente codificado en un rol que, ante todo, sanciona su nuevo status social. Se ingresa a una suerte de pasividad que el “científico” llega a asumir ante el fenómeno y que lo lleva a resolverlo a través de una rutina técnica -claramente elegida por él-, cuya finalidad parece ser la separación entre lo que es normal y lo que no lo es. Su participación en esta operación es nula, porque los parámetros en que la psiquiatría ha construido su sistema, lo ponen al resguardo del carácter problemático de la situación. De modo que en esta relación de dos, no existe ni el entrevistador (que no está “situado”), ni el entrevistado (que es borrado en el momento en que se lo codifica).
La necesidad de la participación directa en la situación de parte del investigador es analizada por Sartre en la Crítique de la raison dialectique (Gallimard, París 1960), cuando afirma que:
… “la posición del experimentador de-situado tiende a mantener la Razón analítica como tipo de inteligibilidad; su pasividad de científico respecto del sistema le revelaría una pasividad del sistema respecto de sí mismo. La dialéctica se revela solamente a un observador situado en el interior, es decir a un investigador que vive la propia investigación como una contribución posible a la ideología de la época en su integridad, o como praxis particular de un individuo, definido por su suerte histórica y personal en el seno de una historia más vasta capaz de condicionarla”.
Esta distancia del investigador respecto del terreno de su propia búsqueda es particularmente significativa en el caso de la psiquiatría, si se coteja la fractura en acto entre el riguroso nivel técnico de las disertaciones científicas (con el enorme complejo de clasificaciones, subclasificaciones, precisiones y bizantinismos noseográficos) y la realidad a la que esas disertaciones se refieren: el enfermo mental, así como se presenta – después de años de hospitalización – en nuestros asilos psiquiátricos. Por un lado, entonces, una ciencia empeñada en la búsqueda de la génesis de una enfermedad a la que reconoce como “incomprensible”; por el otro, un enfermo que, por su presunta “incomprensibilidad”, ha sido oprimido, humillado, destruido por una organización asilar que, en lugar de actuar sobre él con el papel protector de una estructura terapéutica, ha contribuido a la gradual, y a menudo irreversible desintegración de su identidad.
Ante una tal verificación de la realidad, no es posible entonces eximirse de preguntar qué es la psiquiatría y cuál es su campo de investigación. Es decir, si se ocupa del enfermo mental o, limitando su contribución a una elaboración puramente ideológica, solamente se interesa por los síndromes en los cuales lo encierran; y, en este caso, si reconoce en el enfermo mental el objeto de su investigación, cuál es su justificación en el momento en que se examinan sus resultados: lo institucionalizado de nuestros asilos. Nos preguntamos, en definitiva, si los hechos insignificantes que a menudo hacen caer íntegros sistemas teóricos (en nuestro caso, los enfermos que vegetan en los asilos) no han entrado, desde hace mucho tiempo, en conflicto con la teoría a la que la psiquiatría recurre, y si no se trata de que la teoría se haga a un costado, para dejar hablar a los hechos. Es esto lo que se pregunta un grupo de enfermos mentales, médicos, enfermeros, psicólogos y administradores, todos comprometidos en el campo de la institución psiquiátrica. Pregunta que nace del malestar real, vivido en todos los niveles, cuando se pone en discusión la validez, y al mismo tiempo, la arbitrariedad de la relación autoritario-jerárquica en que toda la vida de los asilos está tradicionalmente fundada.
En el momento en que se examina el significado global de este tipo de organización, y las finalidades de los distintos roles que en ella actúan, a la luz de las actuales posibilidades terapéuticas en relación al enfermo, es imposible no llegar a la conclusión de que nos encontramos ante un conjunto de fenómenos que tiene en sí algo de paradójico. El complejo hospitalario parece tener en sí mismo sus propias finalidades, en el sentido de que el trabajo que lo une parece servir solamente para mantenerlo con vida, sin orientarse por otro lado hacia algo que justifique su función. Si después nos acercamos a él, como para individualizar los distintos niveles que interactúan en el interior del sistema, la primera impresión global quedará confirmada por la ausencia de roles reales evidentes. Lo que se comprueba rápidamente es que el enfermo no existe (aunque él sería el sujeto de la finalidad de la institución íntegra), fijado como está en un rol pasivo que lo define y a la vez lo suprime. Pero lo que además no se logra individualizar, es el rol del psiquiatra y del enfermero. Si se deja de lado el rol de la autoridad y el poder, de los cuales por lo general ellos son investidos, y que forma parte de una cadena de imposiciones que se han perpetuado de un nivel al otro, hasta cerrarse con la agresividad enferma que exige ser contenida, no se logra justificar su presencia.
Así se llega a comprender cómo, más allá del nivel de la vigilancia, su acción requiere quedar continuamente superada en la autoridad que los distancia y que, a la vez, enmascara a sus propios ojos la nulidad que les resulta imposible reconocer.
Si en los hechos la finalidad de la institución no es explícitamente la figura del “enfermo”, la organización íntegra es vaciada de todo significado: significado que, en el momento en que al enfermo se le reconozca un rol, es inmediatamente reasumido. En esta perspectiva, el primer paso indispensable consiste en el achicamiento de la distancia que lo separa de los otros roles, achicamiento que actuará sobre él como el símbolo del reconocimiento de su propio valor. Sobre esta base, es posible instaurar con el enfermo una relación real a partir de una reciprocidad que hasta ahora le ha sido negada.
Entonces, será esta reciprocidad la que pondrá en discusión el papel autoritario del enfermero y del médico que, contestada por un enfermo que los hace salir de sus roles privilegiados, deberán ir a la búsqueda de una función real capaz de sustituir aquella, ficticia y a menudo de mala fe, conferida solamente por la autoridad y el prestigio de una posición jerárquica. Si la reciprocidad de los roles tiende a negar toda jerarquía, entonces, abrir tal tipo de relación con el enfermo significa minar el principio autoritario- jerárquico sobre el cual se basa toda la organización hospitalaria, para orientarse hacia un organismo en el que cada polo de la realidad busque, a través del otro, su propio significado. En este sentido, si la liberación del enfermo se realiza a través de la acción del psiquiatra y del staff hospitalario, el psiquiatra y el staff encuentran su liberación a través del enfermo, el único capaz de proporcionarles el rol que todavía no han tenido.
Nuestra realidad es, entonces, el internado de los hospitales psiquiátricos, para quien la psiquiatría todavía no ha encontrado sino soluciones negativas, viviendo su incomprensible psicopatológico como una monstruosidad socio-biológica que debe ser expulsada y excluida. Pero si el estudioso de psicopatología puede encontrar legítimo el hecho de seguir buscando la solución teórica para una tal monstruosidad, manteniéndose alejado de la realidad que no está ante sus ojos, el psiquiatra que forma parte de una organización hospitalaria, inevitablemente se encuentra obligado a una decisión inmediata. Ó, en un primer caso, acepta los parámetros de la psiquiatría tradicional y, entonces, hará adherir por ellos al enfermo y los síntomas con que ha sido etiquetado, superando el conflicto entre teoría y práctica solamente en favor de la teoría (y así instaura con él la obvia relación jerárquico-autoritaria que su rol le exige). Ó, por otro lado, se acerca al enfermo tal como es, tratando de comprender en qué se ha convertido a causa de esos parámetros que han sancionado su diversidad -como con una marca- dando precedencia esta vez a la realidad, como única forma de verificación. La alternativa oscila, entonces, entre una interpretación ideológica de la enfermedad que consiste en la formulación de un diagnóstico exacto, obtenido a través del encasillamiento de los distintos síntomas en un esquema sindrómico preconstituido; o, en caso contrario, en el abordaje del “enfermo mental” sobre una dimensión real donde la clasificación de la enfermedad tiene y no tiene peso, dado que el nivel de regresión que lo une a los otros internados, está ligado a una serie de comunes circunstancias institucionales -las que Goffman llama “contingencias de carrera”- más que al síndrome en sí: no se trata entonces solamente de regresión enferma, sino también de regresión institucional.
L. Binswanger (1) ya había puntualizado el peligro con que se topa un método de abordaje científico que “alejándose de nosotros mismos, lleva a una concepción teórica, a la observación, al examen, al desmembramiento del hombre real, con la finalidad de construir científicamente una imagen suya”. Realmente, sólo es provisto de una serie de imágenes y de categorías preconstituidas de esa naturaleza, que el psiquiatra se encuentra frente al enfermo mental; obligado a poner entre paréntesis la enfermedad, el diagnóstico, el síndrome en que ha sido etiquetado, si quiere llegar a comprenderlo y ante todo a actuar sobre él, dado que queda destruido, más que por la enfermedad, por lo que la enfermedad ha sido considerada y por las medidas de seguridad que esa interpretación ha impuesto.
Sin embargo, en el momento en que se pone en discusión, la psiquiatría tradicional – y al haber asumido como valor metafísico los parámetros en que se funda su sistema – se revela como inadecuada a su objetivo, se corre el riesgo de caer en un impasse análogo, cuando llega a sumergirnos en la práctica, sin mantener un nivel crítico al interior de la misma práctica, lo que podría hacer de- situarse al mismo psiquiatra.
Ello significa que, si se desea partir del “enfermo mental”, del internado de nuestros institutos como única realidad, existe el peligro de acercarse al problema de modo puramente emotivo. Invirtiendo, en una imagen positiva, lo negativo del sistema coercitivo – autoritario del viejo manicomio, nos arriesgamos a exceder nuestro sentido de culpa en relación a los enfermos en un impulso humanitario, solamente capaz de confundir nuevamente los términos del problema. Liberado de su promiscuidad con el delincuente; encerrado en una cárcel no menos dura que la precedente; etiquetado en un rol no muy diverso de aquel del culpable castigado; alejado y aislado en cuanto reconocido por la ciencia como psicológica y biológicamente incomprensible; el enfermo corre el riesgo de convertirse ahora en el “pobre enfermo” que ha pagado por todos, para el cual se necesita proyectar nuevas estructuras de carácter fundamentalmente reparador. El enfermo “malo”, cuya tutela debía ser confiada a un sistema carcelario, también corre así el riesgo de convertirse en el enfermo “bueno”, al que se trata de reintegrar a la sociedad a través de nuevas estructuras terapéuticas, pero conservando el sistema de privilegios, abusos, miedos y prejuicios que la caracterizan. Es decir, mediante un complejo de instituciones que siga preservándola y salvaguardándola de la diversidad que la enfermedad mental representa todavía. Además, en un mundo maniqueísta, la figura del “enfermo mental” no puede ser vivida como un problema que lo pone en crisis: a lo sumo, podrá cambiar el rol del sistema mismo, cuya tranquilidad, ante todo, debe ser salvaguardada.
En una muy reciente entrevista, (2) J. P. Sartre, retomando el tema que abordara en el ensayo del 47’ ya citado, dice algo perfectamente apropiado al discurso hasta ahora planteado, tanto como para considerar oportuno transcribir aquí un fragmento. Al entrevistador que le replica una afirmación suya de acuerdo a la cual “ningún libro resiste ante un niño que muere de hambre”, J. P. Sartre contesta:
… “entre el hambre del niño y el libro la distancia es inconmensurable. Pero si es la emoción que yo siento ante el hambre lo que me empuja a escribir no es posible llenar el vacío. Para luchar contra el hambre es necesario cambiar el sistema político y económico, y la literatura no puede jugar en esta lucha sino un papel secundario. Pero un papel secundario que no es nulo. Hay una ambigüedad en las palabras: por un lado no son más que palabras, “literatura”; por el otro designan algo y a su vez actúan sobre lo que designan: modifican. La literatura debe jugar sobre esta ambigüedad. Si se pone el acento más sobre uno o sobre otro aspecto, se hace literatura de propaganda o se la reduce a esa nada que no quiere ser… Pero si se mantiene firmemente la ambigüedad, si no se sacrifica ninguno de los dos aspectos de las palabras, ya se estará en el momento justo para hacer verdadera literatura: una contestación que se contesta a sí misma”.
El discurso de Sartre es, una vez más, transferible al nuestro. El “enfermo mental” que encontramos en los asilos psiquiátricos es, efectivamente, la realidad que contesta al psiquiatra, así como el niño que muere de hambre contesta a la literatura. Pero si lo que me empuja a actuar ante el enfermo es sólo la emoción que siento ante él, no resulta posible llenar el vacío que lo separa de la ciencia que debería ocuparse de él. Entonces, ó la palabra conserva su ambigüedad de ser “palabra” que a la vez modifica lo que designa (y entonces la psiquiatría debe ser una ciencia que actúa directamente sobre el enfermo como lo que el discurso psiquiátrico debe designar para modificar) ó, se toma un solo polo de esa ambigüedad y por un lado se hace “literatura” (discutiendo sobre las clasificaciones y subclasificaciones de los síntomas) y, por otro, se hace un análisis emotivo del “enfermo” y de la deplorable situación en que se encuentra. En cambio, si se rechaza la estéril “literatura” psiquiátrica y la estéril relación puramente humanitaria, se siente la exigencia de una psiquiatría que quiere encontrar constantemente su verificación en la realidad y que en la realidad encuentra los elementos de contestación para contestarse a sí misma.
La psiquiatría asilar debe reconocer, entonces, que ha fallado en su encuentro con la realidad, escapando a la verificación que hubiera podido concretar justamente a través de ella. Una vez que la realidad se le escapó, no ha hecho otra cosa que hacer “literatura”, elaborando sus teorías, mientras el “enfermo” se encontraba pagando las consecuencias de esta fractura, encerrado en la única dimensión considerada como apropiada a él: la segregación.
Pero, así como para Sartre el papel de la literatura en la lucha contra el hambre es secundario, porque “para luchar contra el hambre es necesario cambiar el sistema político y económico”, en nuestro campo, para luchar contra los resultados de una ciencia ideológica, también es necesario luchar para cambiar el sistema que la sostiene. Si la psiquiatría, de hecho, ha jugado su parte en el proceso de exclusión del “enfermo mental”, a través de la confirmación científica de la incomprensibilidad de los síntomas, ella debe ser considerada como la expresión de un sistema que hasta ahora ha creído negar y anular las propias contradicciones alejándolas de sí misma, rechazando su dialéctica en el intento de reconocerse como una sociedad sin contradicciones, así como tratará ahora de atenuar sus asperezas, tratando de reabsorberlas en su mismo seno a través de una psiquiatría de propaganda (justamente la literatura de propaganda de que hablaba Sartre en su entrevista), propuesta como nueva alternativa.
Por ese motivo, el grupo de enfermos, médicos, psicólogos, enfermeros y administradores, aquí presentes con sus discusiones y ensayos sobre la realidad asilar, partiendo de una verificación de la realidad, han emprendido una lucha que debe moverse a la vez en un nivel científico y político. Si el enfermo es la única realidad a que uno debe referirse, es necesario enfrentar las dos caras que constituyen esa realidad: la de su condición de enfermo, con una problemática psicopatológica (dialéctica y no ideológica) y la de su condición de excluido, de estigmatizado social. Una comunidad que quiere ser terapéutica debe tener en cuenta esta doble realidad -la enfermedad y la estigmatización – para poder reconstruir gradualmente el rostro del enfermo tal como debía ser antes de que la sociedad, con sus actos de exclusión, y la institución por ella inventada, actuaran sobre él con su fuerza negativa.
Sin embargo, solamente teniendo presente la extrema ambigüedad de la situación que estamos viviendo, se podrá evitar la edificación de una nueva ideología: la del hospital abierto, de las comunidades terapéuticas, propuesta como solución al problema del enfermo mental. Nuestra realidad está hundida en un terreno profundamente contradictorio y la conquista de la libertad del enfermo debe coincidir con la conquista de la libertad de la comunidad íntegra. En efecto, se tiende hacia una nueva psiquiatría basada en el abordaje psicoterapéutico con el enfermo y, en cambio, todavía se permanece atrapados en una realidad psiquiátrica ligada a los viejos esquemas positivistas; nos orientamos hacia la construcción de núcleos hospitalarios que tengan en cuenta el juego de las dinámicas interiores a los grupos y el aporte de las relaciones interpersonales, sin tener otros modelos a qué referirse sino los de un sistema autoritario y jerárquico; nos esforzamos por transformar el hospital psiquiátrico en un centro regido dentro de lo posible comunitariamente y, en cambio, a pesar nuestro, estamos insertos en una realidad social de alto nivel represivo y competitivo; se tiende a enfrentar comunitariamente al enfermo mental para hacerlo salir del estado de regresión a que ha sido inducido, y se corre el riesgo de provocar en él un nuevo tipo de inadaptación al clima institucionalizado de la sociedad.
Por el momento, lo que resulta importante es lograr que se mantengan, se enfrenten y se acepten nuestras contradicciones, sin sentir la tentación de alejarlas para negarlas.
Por eso, el objetivo de la psiquiatría actual podría ser el de negarse a buscar una solución de la enfermedad mental como enfermedad, sino el de acercarse a este tipo particular de enfermo como un problema que, solamente en cuanto presente en nuestra realidad, podrá representar uno de sus aspectos contradictorios, para cuya solución se deberán plantear e inventar nuevos tipos de investigación y nuevas estructuras terapéuticas.
Ello se ha evidenciado con claridad en las organizaciones hospitalarias abiertas: el internado, ya no aislado y alejado de la vista del médico, se impone como problema siempre presente, es decir como uno de los polos de la realidad que no se puede negar. Pero, ¿es posible que solamente el psiquiatra lo viva como problema, mientras la sociedad sigue queriendo encerrarlo en el papel de enfermo, para no tener que comprometerse a enfrentarlo en su presencia cotidiana? El psiquiatra no puede enfrentar una experiencia tal si la sociedad no se alinea en la misma dirección y la única posibilidad -que no es y no quiere ser una solución- es la de aceptar como parte de nuestra realidad la problemática del enfermo mental. Solamente en el momento en que el problema sea vivido por todos nosotros, la sociedad deberá imponerse soluciones reales a través de la organización de estructuras terapéuticas, como el único modo de hacer frente a su fastidiosa presencia en nuestra realidad. Hasta que -en otros lugares- otros se ocuparán de él, seguiremos negando el problema, delegándoselo a otros.
Lo que se va evidenciando en las nuevas estructuras psiquiátricas, todavía restringidas dentro de los límites de la inversión del sistema tradicional, es que el hospital psiquiátrico no es una institución que cura, sino una comunidad que se cura enfrentando las propias contradicciones, dado que se trata de comunidades reales, ricas de todas las contradicciones que caracterizan justamente a la realidad. Por eso, desde el momento en que el mundo institucional no quede ya encerrado dentro de los confines de una realidad artificiosa, llegará a encontrarse cara a cara con el mundo exterior que, a su vez, deberá aprender y aceptar sus propias contradicciones, al no tener ya un lugar dónde relegarlas. En este sentido, se puede hablar de un encuentro de las dos comunidades (la exterior y la interior), que se ha concretado físicamente ya en la expansión de la ciudad hasta la periferia donde, en un tiempo, estaba confinada la casa de la locura, y en el desenvolverse de la comunidad clausurada que -en su manifestarse una comunidad viva, real y contradictoria- deberá encontrarse dialécticamente con la realidad que la ha parido. Así se podrá minar al mismo tiempo la ideología del hospital como aparato que cura, como fantasma terapéutico, como lugar sin contradicciones, y la ideología de una sociedad que, negando sus propias contradicciones, quiere reconocerse como una sociedad sana.
Notas
L. Binswanger, La conception de l’homme chez Freud à la lumière de l’anthropologie philosophique, en “Evol. Psych.”, I, 3, 1938.
Nota editorial: la traducción y publicación de este texto fue realizad por Mad in (S)pain el 14 de julio de 2019, actualmente ya no es posible consultar el texto original en inglés publicado por Mad in America, sin embargo, el proyecto de Weglaufhaus “Villa Stöckle” continúa activo, nos parece necesario el continuar abordando y difundiendo este tipo de alternativas frente a aquellas tradicionales de los modelos de salud mental, siendo este nuestro motivo para compartir este texto a pesar de los años de su publicación.
Este texto se publicó originalmente en Mad in America en abril de 2013. Aunque ha pasado ya tiempo de su publicación original, decidimos traducirlo para publicarlo aquí como manera de poder tener en mente otro referente más ahora que están apareciendo en medios de comunicación varias referencias a proyectos alternativos a la hospitalización psiquiátrica, como son el proyecto de Casa de Cuidados para mujeres en crisis en el que se está trabajando en Madrid o La Casa Polar gestándose en Catalunya, entre otros. No hay aún demasiada información sobre la Runaway House de Berlin en castellano, aunque en inglés sí podemos encontrar más textos (aquí, aquí o aquí).
En la parte más al norte de Berlín uno encuentra la llamada ciudad jardín de Frohnau. Aquí se encuentran los ricos y prósperos de la capital germana; es una comunidad que personificaría la perfección si fuera solo por sus residentes. 1996: Un patito feo ve la luz del día justo en medio de las villas; la Weglaufhaus (Casa Fugitiva) es erigida para luchar contra las convenciones psiquiátricas en salud mental y ayudar aquellos etiquetados como “enfermos mentales”. No solo este barrio, también la ciudad de Berlín y el gobierno alemán tuvieron que llevar sus mentes más allá de sus límites para comprender y aprobar el concepto, algo que solo ha sucedido parcialmente a partir de su inicio. La cuestión en la mente de muchos era: ¿Funciona realmente este concepto y supone una buena, o incluso mejor, alternativa? Una mirada más de cerca a las instalaciones y sus raíces en la anti-psiquiatría atraviesan una consideración del impacto que tuvo en el individuo.
La Weglaufhaus ‘Villa Stöckle’ (‘Casa Fugitiva’) es una instalación antipsiquiátrica y psicosocial para la intervención en crisis. Se mantuvo y aún se mantiene, junto con su asociación fundadora, en las fronteras de la lucha para humanizar la ayuda en el campo de la salud mental.
La Verein zum Schutz vor psychiatrischer Gewalt e.V. (Asociación para la Protección contra la Violencia Psiquiátrica) fue creada a finales de los 80 y se materializó a partir de un deseo de crear un recurso para las crisis que trabajase usando un acercamiento antipsiquiátrico, inspirada pero no del todo igual a sus contrapartes holandesas (Wegloophuizen). Hoy en día la asociación puede que sea el colectivo antipsiquiátrico más visible de Alemania, siendo la Weglaufhaus única dentro de las fronteras del país y más allá.
La asociación que fundó y es responsable de la casa es parte de la Red Internacional de Usuarios y Sobrevivientes a la Psiquiatría y desarrolló la Weglaufhaus, junto con otras iniciativas, para concienciar y cambiar la situación actual de la atención profesional en salud mental, una situación que desean cuestionar. Aparte de esto, la función principal de la Weglaufhaus es brindar apoyo, seguridad y refugio a las personas «heridas por la sociedad y la psiquiatría». Aquí una persona puede recoger y reunir las piezas de su vida, a menudo desperdigadas, y construir sobre una nueva base sólida el futuro que elija por sí mismo; esto es, cuando todos los terceros que estén necesariamente involucrados se unan para ello.
La Weglaufhaus puede sonar como una utopía para los llamados locos, viendo lo lejos que está de alinearse con las convenciones para el cuidado de la salud mental.
Celebración del 15º aniversario de la Casa
¿Es esta sobresaliente organización un éxito? Después de todo, tiene una historia relativamente larga y ha acogido a cientos de personas. ¿O es un fracaso? Hasta el día de hoy, todavía lucha por su existencia y solo se acepta parcialmente como un recurso que hace las cosas bien. Una pregunta imposible de formular por separado es por qué el enfoque estándar de la psiquiatría prevalece en la mirada de muchos y qué función tiene realmente en la sociedad. O tal vez las mejores preguntas serían: ¿Está la psiquiatría a la altura de sus afirmaciones? y; ¿Hay sentido en y para la antipsiquiatría?
Opuesto a las Convenciones
El prefijo «anti» indica un punto de vista opuesto a una estructura mayormente aceptada por la sociedad, en el caso de la antipsiquiatría, el cuidado de la salud mental en general y la psiquiatría (civil)1 en particular. La atención a la salud mental difiere de un país a otro y, por lo tanto, es difícil adoptar una postura desde una perspectiva global. Además, de un individuo a otro que trabajen en el mismo campo, el enfoque puede estar a años luz de distancia. No obstante, el terreno común parece ser la afirmación de que la atención a la salud mental proporciona estructuras de apoyo a las personas para obtener o recuperar una vida autónoma satisfactoria, o que exige y facilita estructuras para las personas que no pueden vivir de manera autónoma.
El movimiento antipsiquiátrico sostiene que la psiquiatría (la mayoría de las veces) no cumple con este objetivo y, posiblemente, incluso les quita esta oportunidad a los individuos, eventualmente causándoles más daño.
Un argumento que se utiliza de manera frecuente en favor de la psiquiatría es que los pacientes psiquiátricos no pueden decidir por sí mismos qué es lo mejor en su situación. Una diferencia fundamental en los puntos de vista se puede encontrar aquí. El movimiento antipsiquiátrico generalmente reconoce la angustia mental y lo positivo de aprender a resolver o encargarse de las situaciones. Aunque reconozca que hay ciertos comportamientos “inaceptables socialmente” como de hecho inaceptables, reclaman que cuando las propias personas no están encontrando problema alguno, no hay razón para el tratamiento. Sin embargo, lo más importante es que el movimiento considera a los seres humanos, sin importar en qué estado se encuentren, como seres autónomos que solo por sí mismos podrán decidir lo que es mejor para su situación particular, siempre dado que no estén siendo un peligro real para los demás.
Otra diferencia fundamental es la visión sobre las emociones y el comportamiento. La psiquiatría a menudo atribuye ambas al individuo como una reacción a su mundo interior, mientras que la antipsiquiatría las considera principalmente una reacción al entorno de ese individuo. Algunas partes del movimiento sostienen la afirmación de que lo que llamamos civilización está tan distorsionado y sin respeto por las necesidades individuales que «la locura es la única reacción sensata a una sociedad demente»2.
En la sociedad occidental moderna enfrentamos muchas expectativas. Tan pronto como preescolar ya somos juzgados por las calificaciones, el rendimiento y el comportamiento. Las calificaciones, resultantes de la llamada «educación formal», determinan en gran medida las posibilidades que otros nos darán. A través de los medios de comunicación, la publicidad y la presión de los compañeros, otro enfoque reside en la apariencia, la riqueza, el bienestar y la propiedad. El estatus que uno gana parece ser lo que importa, pero las apuestas son muy altas, por no decir imposibles de alcanzar. Constantemente tenemos que ser más que lo mejor que somos. Nos enfrentamos al deseo de ser un Übermensch que aparentemente está enamorado del capitalismo. Es necesario hacerse la pregunta de si esto es realista, pero parece que se ignora perpetuamente por aquellos capaces de influir verdaderamente en este proceso.
Para sus críticos, la psiquiatría está ahí para hacer que las personas funcionen dentro de una sociedad o, cuando se considera imposible, elimina a las personas expulsándolas de la sociedad ubicándolas a largo plazo o de forma permanente en plantas psiquiátricas e instalaciones similares. La antipsiquiatría pretende trabajar para el individuo y apoyarlos en la creación o recreación de una vida adecuada para ellos; donde el individuo tiene que decidir por sí mismo cuál será esa vida.
Mensch y su aventura
No me considero un Übermensch, pero tampoco alguien menos que cualquier otro. He conocido la riqueza y la pobreza. He tenido excelentes lugares para vivir, para después quedarme sin hogar. Recibí respeto por mi persona poco convencional y me han atacado por ello. Me he sentido bien y he funcionado en la sociedad, y he tenido graves crisis mentales que me han pateado hacia abajo y fuera de las estructuras sociales. Poco después de mi crisis anterior, con un serio intento de suicidio, había perdido todo y decidí seguir finalmente mi corazón, ya que realmente no había nada más que perder. Mi corazón me llevó por la frontera y unos 600 kilómetros hacia el este; aterricé en Berlín, la ciudad que ya me había devorado por unos cuantos años.
El comienzo no fue fácil, pero en tres meses encontré un nuevo empleo, amigos locales y un lugar donde quedarme. No todo estaba perfecto aún, pero lentamente estaba en camino y había creado una situación estable. Honestamente pensé que esa situación me estaba haciendo feliz. Sin embargo, en un tiempo bastante corto, alrededor de tres meses más tarde, la vida cambió. Tanto la angustia mental como la física me llevaron a una crisis que no había visto venir y me hizo perder mi empleo. Los problemas con mis nuevos amigos no me facilitaron las cosas y sin saber dónde ir en un país extranjero, rápidamente me encontré solo en las calles sin nada más que mi maleta. Fue similar a cuando llegué, solo que esta vez no tenía dinero para sobrevivir por un tiempo y, posiblemente lo más importante, no me quedaban sueños ni aspiraciones para seguir adelante.
Listo para zambullirme en los acantilados de lo que me había parecido Berlín, me miré a los ojos de verdad. Me hizo darme cuenta de que si todo tenía que terminar ahora, esta no podía ser la forma. Tenía que haber algo que se pudiera hacer. Una hora más tarde, entré en el hospital donde me llevaron después de un desmayo dramático en público, solo dos meses antes, ―de hecho, el comienzo real de mi crisis―. Como mi cuerpo estaba muy débil, por casualidad me había vuelto a desmayar más temprano ese día, me llevaron a hacer varias pruebas. No hubo resultados claros, pero mi condición física mejoró a lo largo de los siguientes cuatro días. Sin embargo, mi estado mental no era algo que pudieran abordar, ya que carecían de la clínica adecuada, por lo que me llevaron al ala psiquiátrica de otro hospital el viernes.
Fue aquí donde me familiaricé con la psiquiatría alemana. Llegué un viernes por la tarde y no me dieron introducciones ni explicaciones. Me tomaría hasta después del fin de semana para obtener alguna información o siquiera una charla. Al ser una instalación cerrada, lo que nunca había aceptado pero simplemente me encontré arrojado allí; tuve que llenar los días deambulando por el único pasillo de un lugar tan hostil que si no estabas loco antes de llegar, seguro que lo estarías después.
Estaba en muy mal estado y sabía que para sobrevivir esto, necesitaría ayuda. Los médicos aquí se negaron a dármela, a sabiendas de la chispa suicida que había en mí, una de las razones por las que aterricé allí en primer lugar. Estaban ignorando deliberadamente su código ético, algo que tuve que decirles solo para escuchar que lo negaban. Fui informado de que no podían ayudarme y de que nada práctico se podía hacer, incluso cuando había sido aceptado como paciente por las mismas personas solo unos días antes. En una fría noche de invierno fui expulsado, quedándome con nada más que la maleta y un folleto informativo con el número de una línea telefónica para intervenciones en crisis (Berliner Krisendienst).
Varias horas frías después, la suerte y algo de ayuda de la línea telefónica, me llevaron a Weglaufhaus y la antipsiquiatría, hasta entonces un concepto extraño para mí, se introduciría en mi vida.
Opuesto al ala del hospital con el infame verde Kirkbride3 que acababa de dejar, me encontré entrando en una villa centenaria. Originalmente diseñada por Max Scheiding para una familia privada, su función original le da al edificio un ambiente genuino e íntimo, a pesar de su tamaño.
El rebaño y la Alternativa
Folleto de la Weglaufhaus
Tanto como había dudado al tocar el timbre de la puerta, sin estar dispuesto a creer que un edificio como ese pudiera ser lo que realmente era (y de hecho todavía es), tanta fue la bienvenida que recibí en la casa. A los dos miembros del personal que trabajaban esa noche solo pude identificarlos como empleados después de que me lo dijeran; no se veían batas blancas ni etiquetas de identificación. Cuando se trata de la vestimenta y la apariencia general de todo el equipo, uno puede confundirse fácilmente entre quién está trabajando y quién reside en la casa. Para mí eso le dio un encanto inmediato al lugar. Sentías que estabas al mismo nivel que el personal, lo que se acentuó aún más por el hecho de que todos usan su nombre propio, algo poco común en ambientes no familiares en Alemania. Al menos el 50% del personal son ellos mismos ex usuarios de la psiquiatría, dando espacio para la comprensión mutua.
Esa noche, acostado en mi nueva habitación, complementada por ventanas sin rejas, volví sobre la reunión de introducción por la que acababa de pasar. Además de empezar a conocernos y del papeleo obligatorio, hablamos sobre mis expectativas con respecto a mi estancia y mi futuro. Les dije que realmente quería saber qué estaba pasando conmigo, recibir una etiqueta, ya que me permitiría atacar la «enfermedad» y vivir feliz para siempre.
En respuesta, dijeron que no creían en los diagnósticos: me dieron la sugerencia, novedosa y confusa para una de mis historias, de que el deseo de una «etiqueta» podría ser contraproducente, ya que podría verse como una manera fácil de esquivar mi responsabilidad en todo el asunto. Abundante confusión.
Estaba demasiado cansado para pedir una aclaración en ese momento y no me importaba mucho porque solo quería dormir, agotado como me encontraba. Tal vez solo lo había entendido mal.
No había sido así, me enteraría a la mañana siguiente. Uno de los dos argumentos principales de la antipsiquiatría es que «las definiciones específicas de, o los criterios, de cientos de diagnósticos o trastornos psiquiátricos actuales son vagos y arbitrarios, dejando demasiado espacio a las opiniones e interpretaciones como para cumplir con los estándares científicos básicos»4. El otro argumento se refiere a que «los tratamientos psiquiátricos predominantes son, en última instancia, mucho más perjudiciales que útiles para los pacientes»5.
Nunca había considerado la psiquiatría como algo malo. Siempre había pensado que ser diagnosticado, y por lo tanto entender qué de erróneo tenía, ayudaría a poner las cosas en orden nuevamente. Había pensado que el sistema de salud mental estaba allí para focalizarse en sus usuarios y sus deseos. Las dos veces que estuve en un centro psiquiátrico fueron, más o menos, por voluntad propia, al igual que la mayor parte de la ayuda que había recibido en mi vida. Ahora me encontraba en un lugar donde esto no solo era descartado sino también muy cuestionado. Curioso como soy tenía que explorar. Además, tuve que admitir que la ayuda anterior no había producido un cambio positivo a largo plazo. Aún no me había cuestionado si esto, en parte, podría haber tenido que ver con el tipo de ayuda que había estado recibiendo hasta que me presentaron una alternativa.
¿Realmente fui una parte ingenua de ese rebaño que es la humanidad, habiendo optado siempre por las opciones de apoyo comúnmente aceptadas y respetadas sin considerar si eso era realmente lo que necesitaba? ¿Había otras opciones?
Ahora creo que sí, fui tan ingenuo, incluso considerándome una persona crítica con la sociedad y sus estructuras. Las pocas alternativas con las que me había topado, al ser consideradas demasiado controvertidas o posiblemente contraproducentes, fueron rechazadas automática o eventualmente por mí.
Antes me había quedado en el campo de lo generalmente aceptado y reconocido en salud mental. Y de alguna manera me considero una persona afortunada. Nunca he estado expuesto a medicamentos ni a ninguna otra forma de tratamiento forzoso. Nunca fui contenido (lo cual es bastante común en Alemania) o encadenado a un árbol (lo que sucede, por ejemplo, en Ghana).
Sin embargo, mi privacidad había sido arrebatada, mis necesidades y deseos habían sido ignorados, una puerta había sido cerrada con llave. Si considero lo mucho que me dañó la experiencia de esos pocos días, apenas logro imaginar lo que un tratamiento más prolongado y forzoso puede hacerle a los demás.
Las experiencias que otros (ex) usuarios me han contado son, para ellos y para cualquier otra persona con un corazón en el pecho, nada más que puro horror. En lugar de aprender a lidiar con su trauma, obtuvieron una gran cantidad de trauma extra a sumar al previo.
Aunque me doy cuenta de que una opinión se tiñe con las historias que uno escucha, parece ser la norma en vez de la excepción. No negaré que el tratamiento psiquiátrico pueda ser beneficioso para algunos, pero puedo decir que muchas personas son gravemente dañadas y terminan en peor estado que cuando llegaron. Sin importar la razón por la que esto ocurra, implica que de una manera u otra el campo de la salud mental no funciona bien para todos, a pesar de las afirmaciones que apoyan lo contrario.
Estigma a un lado
Puedes tratar de darle vueltas e intentar hacerlo parecer más bonito, pero la mayoría de las formas de psiquiatría (institucional) tienen un elemento de presión dentro de ellas y funcionan a través de diagnósticos, protocolos y métodos prescritos. La medicación que, al menos temporalmente, altera el funcionamiento del cerebro, es más común que forme parte del proceso a que no lo haga. La individualidad de una persona dentro de este constructo solo puede respetarse parcialmente, incluso cuando existen deseos profesionales de hacer diferente.
La presión del tiempo, la necesidad de eficiencia y, a menudo, la simple falta de interés sincero degrada a las personas hacia sus llamadas enfermedades. A menudo uno no puede decidir completamente su propio destino y se somete a un tratamiento genérico que no se ha ajustado a los deseos y necesidades individuales. Los sistemas con puntos por comportamiento, que pueden agregarse y quitarse, no son infrecuentes y se utilizan como castigo; incluso los puntos positivos solo dan acceso a cosas que deberían ser normales para cualquier persona, como salir a caminar o ver una película. «Nadie debe ser sometido a torturas ni a tratos o penas crueles e inhumanos»6, es una frase que ya no tiene valor una vez que estás detrás de las puertas cerradas de muchas instalaciones.
Al final, ser expulsado de la psiquiatría, el lugar donde pensé que podía recibir ayuda, fue lo mejor que me pudo haber pasado. Me forzó a morir o a buscar una alternativa. Todavía vivo, encontré la alternativa en Weglaufhaus. No puedo afirmar que su visión y sus métodos funcionen para todos, pero aquellos que estén dispuestos a asumir la responsabilidad de su propia vida y trabajar activamente en ella pueden lograr mucho. Muchas historias que se consideraron como un callejón sin salida cambiaron con la ayuda de Weglaufhaus y pudo tomarse otra salida a la encrucijada; la base simplemente es el respeto por el individuo y un enfoque en sus posibilidades. El concepto de enfermedad mental se descarta, mientras se reconoce la importancia de recibir la ayuda adecuada para que la vida vuelva a avanzar.
Este es el sueño que debería ser. Todo el mundo puede caer en una crisis, es casi sorprendentemente fácil. Una crisis puede durar unas horas o unos años. Una crisis puede durar toda la vida. Pero las personas merecen recibir la ayuda adecuada de esa sociedad que a menudo es en parte responsable de crear situaciones de crisis. La ayuda adecuada no es la que es estigmatizante, sino la que no tiene etiquetas y se ocupa de las necesidades del individuo basándose en la petición que hace quien busca ayuda. Es seguro que no se basa en protocolos y métodos estandarizados, en etiquetar y drogar. Los seres humanos no pueden ser clasificados, incluso siendo parecidos en tanto: nuestro ADN y nuestros entornos y experiencias específicas nos hacen una criatura demasiado única para ello.
Imagen usada por Berlin Runaway House en redes sociales
La Weglaufhaus le permite a uno estar loco dentro de la razón, es decir, sin lastimar a los demás. Reconocen que este tipo de comportamiento es una salida emocional, un grito de ayuda o que las personas simplemente no se dan cuenta de lo que están haciendo en ese momento. Con capacidad para 13 personas, intentan guiar las crisis de tal manera que no afecten demasiado al resto de residentes, y cualquier tipo de violencia hacia los demás está firmemente dispuesta detrás de una línea claramente dibujada.
Dicho esto, debo admitir que incluso Weglaufhaus aún tiene mucho que aprender. Si bien descansa sobre una base estable, aún sigue buscando un equilibrio para satisfacer las necesidades de todos sus residentes al mismo tiempo que cumple los requisitos del Estado alemán y se asegura de que sigan llegando recursos a través de la municipalidad de Berlín.
Como su organización es única, casi no hay otros con los que se pueda comparar o con los que se puedan comparar a sí mismos. La organización no tiene una jerarquía estricta, lo que a veces hace que los errores no se detecten o no se resuelvan de manera eficaz.
Sin embargo, una organización que emplea gente apasionada por su trabajo, que involucra a los residentes en su proceso personal y en la forma en que funciona la casa, ya podría considerarse como un regalo demasiado grande.
No es infrecuente que ayuden a personas que muchos otros lugares rechazaron. Soy un ejemplo de ello. Mi situación se consideró imposible y otras organizaciones me hubieran rechazado. Sin embargo, la Weglaufhaus me aceptó y me proporcionó una base para superar mi crisis y poco a poco reconstruir todo de nuevo, incluso teniendo en cuenta que durante todo el proceso se sucedieron los problemas que hacían que eso pareciera imposible, una y otra vez ―en algún punto incluso hubo abogados involucrados en el proceso.
Por esto me alegro de que exista la Weglaufhaus. Aun cuando sigue siendo una lucha, continúan participando en la batalla, no solo ayudando a las personas dentro de sus instalaciones, sino también apoyando y defendiendo a los que están fuera a través de su asociación.
El autor ha optado por permanecer en el anonimato, sabiendo que las posibles reacciones pueden afectar su vida privada y profesional. Lamenta esta decisión pero siente que es la opción más sabia. En 2011 su crisis personal lo llevó a pasar cinco meses en Weglaufhaus. Se siente agradecido por la ayuda que ha recibido allí. Aquellos que deseen contactar con el autor, pueden contactar con Weglaufhaus, que podrá hacerle llegar cualquier solicitud.
Notas
1 El enfoque de este artículo se basa en la psiquiatría civil. La psiquiatría militar y forense aún no se olvida en este artículo, respetuosamente ignorada, como no dentro de mi experiencia. 2 Tomado de Thomas Szasz, psiquiatra y profesor emérito de psiquiatría en el Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad Estatal de Nueva York. 3 El Plan Kirkbride es un sistema de asilo mental, diseño defendido por el psiquiatra Thomas Story Kirkbride. 4 Tomado de Wikipedia. 5 Tomado de Wikipedia. 6 Tomado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Nota Editorial: esta entrevista fue publicada originalmente en portugués en el sitio Mad in Portugal el 03 de enero del 2025, la traducción al español se realizó por parte del equipo de Mad in México, la entrevista de origen se publica en una sola parte, sin embargo, decidimos hacer la publicación en dos partes debido a la extensión de la misma.
Peter Lehmann en Tesalónica (Grecia) en 2018
Entrevista con Tiago Pires Marques.
La siguiente entrevista cuenta al público de habla portuguesa la historia de Peter Lehmann, figura central en la lucha por la emancipación y la dignidad de las personas con experiencia de sufrimiento mental grave y contacto con la psiquiatría. Lehmann transformó su experiencia personal de crisis y sufrimiento en una vida dedicada a la búsqueda de alternativas al tratamiento psiquiátrico convencional. Su historia se entrelaza con la del activismo por los derechos humanos de los supervivientes de la psiquiatría en Europa. Lehmann no sólo contribuyó a cambios concretos en el tratamiento psiquiátrico, sino que también ayudó a construir un movimiento internacional que sigue luchando por los derechos humanos en la salud mental y la psiquiatría. Su vida es un poderoso testimonio de cómo la adversidad personal puede transformarse en un movimiento colectivo transformador.
Esta entrevista fue realizada en inglés en Berlín el 27 de febrero de 2017 por Tiago Pires Marques. La transcripción fue corregida y editada por Peter Lehmann y traducida al portugués por Tiago Pires Marques. Todas las imágenes han sido facilitadas por Peter Lehmann.
Primeros años: trauma colectivo, trauma personal
Tiago Pires Marques:Gracias, Peter Lehmann, por la entrevista. Me gustaría empezar pidiéndote que me hables sobre ti, que cuentes la historia de tu vida desde el momento en que quieras empezar.
Peter Lehmann: Vale… Vengo de la Selva Negra. Nací en Calw, en la parte norte de la Selva Negra. Es la parte donde nació el famoso escritor Hermann Hesse, autor de “El lobo estepario” y Premio Nobel de Literatura en 1946. Este hombre jugó en los mismos lugares cuando era niño, 75 años antes que yo, y luego estuvo en el mismo manicomio [risas], con un diagnóstico similar.
Crecí en una época, justo después de la Segunda Guerra Mundial, en la que tuve que tratar con padres criados y socializados durante el nazismo de Hitler. Así que, aunque no fueran fanáticos de Hitler, crecieron en ese periodo y no reflexionaron mucho sobre la influencia de ese terrible Zeitgeist en el desarrollo de sus personalidades. Así que yo y otros tuvimos que sufrir una educación a menudo humillante y violenta… otras personas se desarrollaron mejor que yo.
No sobreviví muy bien a esa educación y, sobre todo, no conseguí construir una personalidad estable. Pero también tuve experiencias de ser amado. No me convertí en un hombre normal. Así que, por ejemplo, fui a la escuela; terminé el instituto; me negué a entrar en el ejército; me mudé de Stuttgart, donde crecí, a Berlín, porque en Berlín en aquella época no se podía obligar a los jóvenes a ser soldados. Así que en los años sesenta, muchos jóvenes se fueron a Berlín para librarse del ejército. Me casé con una librera y estudié pedagogía. Paralelamente a mis estudios, trabajé en una librería que compramos. Al final de mis estudios, a mediados de los años setenta, me encontré en varias situaciones conflictivas, a las que, por supuesto, no era ajena. Nuestro matrimonio acabó en divorcio al cabo de unos años… Mantuve al mismo tiempo distintas relaciones con mujeres, una de ellas me dijo que estaba embarazada de mí, yo quería acabar mis estudios, pero durante la tesis final y justo antes del examen final me volví loco, me ingresaron en el manicomio, casi me muero a causa de los neurolépticos que me administraron. Me dejaron física y mentalmente incapacitado, un zombi. Finalmente, me echaron del manicomio, y al cabo de unos meses dejé esos fármacos traumatizantes, que debería haber tomado toda la vida, y me recuperé. Contribuí con mi historia a mi libro “Salir de las drogas psiquiátricas“. Terminé mis estudios. Me sentí muy bien cuando volví a la universidad. Creo que la gente me veía como un ser humano que volvía del Hades griego.
Terminé mis exámenes, y una vez me pidieron que hiciera un doctorado, que empecé, para enseñar en la universidad y dar conferencias. Pero a los estudiantes no les interesaba el tema de la psiquiatría y la antipsiquiatría, así que dejé la universidad. En primer lugar, luché contra la psiquiatría por mi cuenta. Luché por el derecho legal a ver los historiales, mis propios historiales de tratamiento. Me hice bastante conocido. Salí en televisión en un reportaje de 45 minutos sobre mi caso. Entonces se pusieron en contacto conmigo personas que también eran críticas con la psiquiatría y fundamos una organización bastante radical de supervivientes de la psiquiatría en Berlín. Luego también fundé organizaciones a nivel nacional. Pero dentro de mi grupo de supervivientes en Berlín, con el tiempo me convertí un poco en un extraño, porque era muy conocido, y cuando la gente venía con su “Oh, es Peter… Peter”, eso no era bueno para el ambiente de la organización. Al mismo tiempo, trabajaba en mi doctorado. Empecé a escribir y escribir. En un capítulo, “¿Qué podemos deducir del modo de acción de los neurolépticos sobre la naturaleza de la esquizofrenia?”, me di cuenta de que muchos de los llamados efectos secundarios de los neurolépticos eran los efectos principales definidos. Tuve la idea de que debía escribir un libro y hacer pública esta constatación.
Y así, un breve capítulo se convirtió en un libro, y buscando un editor acabé fundando mi propia editorial, y escribí libros, edité libros, vendí libros. Puse en marcha un servicio de venta por correo. En nuestro grupo de supervivientes también desarrollamos una iniciativa para construir una Casa de Huida[1] en Berlín, porque en 1982 habíamos viajado a los Países Bajos y visitado la Weglaufhaus[2] que había allí, en Ámsterdam. Y por eso queríamos tener una Casa de Huida también en Berlín, no la misma, una diferente, con nuestro propio enfoque. Finalmente, recibimos un regalo de un millón de marcos alemanes para comprar una casa.
Después de abrir la Casa de Huida en 1996, tras largas disputas con la Administración Sanitaria del Senado de Berlín, obtuvimos un superávit financiero en los primeros años debido al uso óptimo de la casa, pero hubo una disputa sobre quién tenía derecho a decidir el uso de este superávit. El grupo se dividió, y el grupo al que yo pertenecía abandonó la organización.
La Weglaufhaus (Casa de Huida) de Berlín, Alemania
Creamos otros grupos, por ejemplo, para hacer investigación dirigida por los usuarios y educación dirigida por los supervivientes. Y así empezamos a hacer muchas cosas. Además de estas cosas, me dediqué a escribir libros, a dar formación sobre el modo de acción y los efectos tóxicos de los fármacos psiquiátricos, sobre formas de dejar de tomarlos y sobre alternativas, también para psiquiatras y para equipos de tratamiento comunitario, en distintos países, y llevo 37 años haciéndolo. Mientras tanto, sólo hago sesiones educativas en Alemania y Grecia.
Una cosa hilarante es que nunca terminé mi doctorado, pero en 2010 recibí un doctorado honoris causa de la Universidad de Tesalónica en Grecia por mi investigación en temas de antipsiquiatría humanista, lo que me impidió terminar mi doctorado universitario. En resumen, finalmente obtuve este doctorado.
Lehmann con Kostas Bairaktaris en Tesalónica, Grecia, 2010 (Foto: Takis Leontidis, FOTO GRECO)
Tiago Pires Marques: ¿Cuál fue el momento clave en el que conseguiste liberarte de la psiquiatría? ¿Cómo lo conseguiste?
Peter Lehmann: Oh, eso es extraño. Me drogaron totalmente con fluspirileno, un neuroléptico de depósito. Era un zombi; ya no podía hacer nada; no me lavaba ni me aseaba ni me peinaba ni me afeitaba, así que no era agradable a la vista, pero tenía una amiga, y su marido era un neurólogo que había estudiado en esa clínica, así que ya no podían hacerme lo que querían, y finalmente me echaron… No quería salir del manicomio, porque pensaba que ya no podría hacer nada.
Me dijeron que fuera una vez a la semana a lo que llaman “postratamiento” para ponerme la inyección en el culo. Y me dijeron: “Si no vienes a tiempo para la inyección, recaerás enseguida”. Estaba tan drogado que me lo creí, todas esas tonterías, era obediente, un buen paciente sin voluntad propia finalmente ya no era capaz de hacer las cosas más básicas, cocinar, cuidar de mi comida… Puedes leer la historia en el capítulo de mi libro “Dejar las drogas psiquiátricas” (1).
Portada de “Dejar las drogas psiquiátricas”
Tiago Pires Marques: ¿Qué edad tenías entonces?
Peter Lehmann: Tenía 27 años.
Tiago Pires Marques: ¿Y quién te apoyó en su momento?
Peter Lehmann: Mis padres habían construido una habitación. Sabían que tenían un hijo enfermo mental crónico al que cuidar, y yo podría quedarme allí el resto de mi vida. Podía trabajar en la pequeña fábrica de mi padre. Creían en la medicina psiquiátrica, como la mayoría de la gente normal. El único apoyo en mi decisión de dejar los neurolépticos vino de mi amiga. Habíamos estado juntas desde la guardería, teníamos una relación estrecha. Pero cuando dejé los neurolépticos, me recuperé, mi discinesia tardía y otros trastornos físicos desaparecieron, al igual que mi apatía y mis ideas suicidas. Los neurolépticos tienen un fuerte efecto suicida intrínseco. Aun así, cuando les dije a mis padres que ya no tomaba neurolépticos, me presionaron mucho emocionalmente para que volviera a tomar estas sustancias, porque creían a los psiquiatras. Pero volví a ser tan fuerte que dije: “Pueden matarme a golpes. No volveré a tomar estas drogas”. Un año después, cuando volvieron a verme sano y bien, me confesaron: “¿Cómo hemos podido ser tan idiotas? Vimos a nuestro hijo casi moribundo delante de nosotros, sufriendo por completo, y aun así seguimos creyendo a los psiquiatras”.
Tiago Pires Marques:¿Y qué te dio esa fuerza?
Peter Lehmann: Hmm fue… oh… Recordé algunos – algunos factores de mi locura cuando me di cuenta de que yo era el hombre más importante de la tierra – para mí – soy el hombre más fuerte – para mí. Puedo cambiar el mundo. Entonces recordé este sentimiento de fuerza, que los psiquiatras llamaban paranoia. Había escrito algunos documentos durante mi estado de locura, ¡que no se han perdido!
Tiago Pires Marques: Me pregunto si extrajo esa fuerza de fuentes como la literatura, y si tiene alguna referencia importante en literatura o filosofía. ¿Era importante para ti en aquel momento?
Peter Lehmann: Antes de volverme loco, estaba más o menos en un estado que ahora se llamaría fobia social. Tuve una especie de iluminación cuando me volví loco, y esto tenía que ver con las diferentes relaciones con las mujeres. Cuando una vez me sentí de repente querido y aceptado en este periodo extremadamente estresante de escribir mi tesis para la universidad, cuando me quedaban muy pocas semanas, leí literatura de Rosa Luxemburg, me vino a la mente “Reforma y Revolución”, pude identificar el marco filosófico de mi tesis. Por supuesto, no estaba escribiendo sobre un proceso revolucionario real, pero pude reconocer la situación de conflicto en la tensión dialéctica entre reforma y revolución. Había encontrado un marco filosófico…
Entre alternativas a la psiquiatría y reformismo psiquiátrico
Tiago Pires Marques: Peter, ¿cuándo empezaste a buscar alternativas terapéuticas distintas a la psiquiatría?
Peter Lehmann: Este es un tema especial. En 2016, tuvimos un grupo de trabajo en el estado alemán de Renania-Palatinado con tres médicos jefes de clínicas psiquiátricas. Nosotros, que éramos la organización regional de usuarios y supervivientes de la psiquiatría, el psiquiatra crítico Volkmar Aderhold y yo. Juntos redactamos un folleto informativo sobre los neurolépticos. Fue impresionante ver las opciones no psicofarmacológicas que los psiquiatras podían ofrecer de buen grado. El folleto con estas ofertas se incluirá en el libro “Withdrawal from prescribed psychotropic medication”[3], que publicaré con Craig Newnes el año que viene (2). El folleto en alemán, inglés, francés, polaco, español, rumano, serbocroata, turco, ruso y árabe puede consultarse en Internet (3). Y al final de esta hoja informativa se dice a las personas que pueden decidir libremente si aceptan los neurolépticos que se les ofrecen, los otros medios que se les ofrecen o si quieren que se les deje solos en el psiquiátrico. Estas cosas ya se ofrecen allí.
Por supuesto, también hay enfoques alternativos en todo el mundo para personas con necesidades emocionales de naturaleza más o menos social, por ejemplo, Soteria, Diabasis, Diálogo Abierto, Albergue de Crisis y Windhorse con su referencia a Edward Podvoll, tristemente fallecido. Y todos estos son enfoques dirigidos por los usuarios o controlados por los supervivientes o dirigidos por psiquiatras con un enfoque humanista, que no ven los cambios metabólicos como la única naturaleza de los problemas emocionales, sino las crisis causadas por la traumatización infantil o las experiencias traumáticas, por ejemplo. Lo esencial de estas alternativas no es la fuerza, no son diagnósticos, no son fármacos psiquiátricos. Deben permanecer bajo el control de las propias personas. Por ejemplo, John Perry, un psicoanalista que en los años 70 tenía un proyecto en California, decía que los llamados esquizofrénicos volvían a la normalidad en pocos días si se les apoyaba estando con ellos. Lo más importante era que no había fuerza, ni medicación, ni diagnóstico. En 2007, edité el libro “Alternativas a la psiquiatría” (4) junto con Peter Stastny, psiquiatra, sobre alternativas en todo el mundo.
Lehmann con Peter Stastny en 2006 en Berlín, Alemania
En ese libro encontrarás muchos enfoques funcionales. Volviendo a tu pregunta, dudo que la psiquiatría sea terapéutica. Al menos no para mí. En el primer hospital psiquiátrico al que fui, me di cuenta de que necesitaba ayuda de un psicólogo. Así que pedí ayuda psicoterapéutica. De hecho, me ofrecieron una sesión individual con un psicólogo. Le conté cómo estaba sufriendo terriblemente por los neurolépticos. No debería haberlo hecho. Mis compañeros me habían dicho que en el manicomio siempre hay que decir a los psiquiatras que se está bien y que nunca hay que quejarse. Pero no me habían advertido sobre los psicólogos. En resumen, el psicólogo transmitió mi queja a los psiquiatras, y éstos no tuvieron nada mejor que hacer que aumentar la dosis de neurolépticos de inmediato, drásticamente.
Tiago Pires Marques: ¿Qué quiere decir con “sin fuerza” cuando habla de enfoques alternativos?
Peter Lehmann: Sin fuerza, sin violencia. Sin fuerza, sin violencia… las restricciones, el tratamiento obligatorio…
Tiago Pires Marques: Estar esposado a las camas…
Peter Lehmann: Sí. Especialmente las mujeres con antecedentes de abusos sexuales vuelven a ser desnudadas a la fuerza, atadas a la cama de nuevo, experimentan de nuevo la manipulación de sus cuerpos, por supuesto que es una re-traumatización, ¡y es absolutamente un crimen! Tampoco deben administrarse fármacos psiquiátricos sin una información completa sobre los riesgos que entrañan. Este tipo de violencia informal está mucho más extendida que la violencia formal explícita, pero rara vez es criticada por las organizaciones de derechos humanos. Tarde o temprano publicaré un artículo sobre este escándalo mundial (5).
Tiago Pires Marques: ¿Y quiénes fueron tus primeros aliados en la lucha? Empecé algo solo, pero luego también tuve aliados.
Peter Lehmann: Ah. Desde el principio… Llevé a cabo esta lucha por el acceso a mis propios historiales psiquiátricos, y en aquella época también participaba activamente en un movimiento contra los terratenientes y sus intentos de modernización lujosa, así que participaba en la política alternativa de izquierdas. Cuando empecé esta lucha por el derecho a ver los propios historiales psiquiátricos, me puse en contacto con muchas organizaciones, organizaciones religiosas, socialdemócratas, personas de alto nivel como David Cooper y Rudolf Bahro, y todos firmaron declaraciones de solidaridad.
Tiago Pires Marques: ¿Los conoces? ¿A David Cooper?
Peter Lehmann: Sólo intercambiamos cartas, pero desgraciadamente murió poco después. Después tuve contactos con otros supervivientes, y sigo siendo amigo de la gente que conocí entonces. En 1980, hubo una gran conferencia sobre medicina alternativa en Berlín, donde conocí a gente del extranjero, usuarios y supervivientes de la psiquiatría, y gente que también era activa en Alemania contra la discriminación de las personas sin hogar y los jóvenes en hogares educativos, y conocí a Franco Basaglia, no sé si lo conoces…
Tiago Pires Marques Sí, por supuesto.
Peter Lehmann: Y así me relacioné rápidamente con muchos grupos y psiquiatras como Basaglia. Esto me impidió pensar que los psiquiatras son siempre los malos, porque me di cuenta de que también hay algunos que proporcionan apoyo.
Tiago Pires Marques: Y en Alemania, ¿había psiquiatras que prestaran apoyo en aquella época?
Peter Lehmann: En Alemania… es una buena pregunta… Algunos han firmado una declaración de apoyo al derecho a acceder a su propio historial psiquiátrico. Pero algunos intentaron combinar este derecho civil con un enfoque terapéutico. Dijeron: “Sí, las personas deben tener derecho a ver sus propios historiales para que podamos dar forma a su proceso terapéutico y hablar de su enfermedad”. Klaus Dörner, un psiquiatra considerado progresista por mucha gente en Alemania, exigió además que hubiera psiquiatría comunitaria. Intentó utilizar mi lucha por los derechos humanos para sus intereses psiquiátricos vitales. Verás, la psiquiatría comunitaria significa primero controlar a la gente para que tome su medicación psiquiátrica e intervenir a tiempo si la gente puede volverse loca. Pero también hubo algunos psiquiatras que me apoyaron cuando escribí mi primer libro con información y explicaciones médicas. Una vez participé en un debate televisivo en el que los telespectadores podían llamar y hacer preguntas. El antiguo presidente de la Asociación Alemana de Psiquiatría, Rudolf Degkwitz, estaba allí, y una persona llamó y preguntó a esas seis o siete personas en el estudio: “¿Ese haloperidol que se utiliza en la Unión Soviética para torturar a los presos políticos es el mismo que se utiliza sistemáticamente en los manicomios alemanes?”. Degkwitz respondió un escueto y tajante “sí”.
Los dos nos reímos.
No tiene gracia, lo sé. Estaba impresionado. Por desgracia, ya no vive. Más tarde vi que escribió libros sobre psicofármacos; manuales, donde decía que los neurolépticos y los antidepresivos pueden crear dependencia fisiológica, producir dependencia corporal. Durante el fascismo de Hitler se resistió al régimen nazi, fue uno de los pocos psiquiatras que no siguió el programa de asesinatos en masa. La Gestapo lo arrestó. Supongo que la liberación de Alemania del fascismo de Hitler le salvó de ser ejecutado. Tardé algún tiempo en encontrar y leer su obra en las bibliotecas. En cierto modo, representaba a la psiquiatría dominante, pero al mismo tiempo salía de ella.
Tiago Pires Marques:Pero había un movimiento reformista muy fuerte dentro de la psiquiatría, supongo.
Peter Lehmann: Por encima de todo, el movimiento reformista quiere hacer la psiquiatría mejor, MEJOR, MÁS GRANDE Y MEJOR. Sin duda, hay partes de las reformas que son buenas para los pacientes. Por ejemplo, es más agradable dormir en una habitación pequeña que en una sala con 50 pacientes. ¿Y quién puede resistirse a tener bonitos cuadros en la pared? Pero muchos psiquiatras reformistas siguen sintiendo afinidad con la psiquiatría biológica, es decir, la psiquiatría dominante. La psiquiatría mainstream, tal como es ahora, es simplemente un producto de dos siglos de reformas. Pero no hacia el respeto de nuestros derechos humanos, sino hacia la medicalización extensiva de la sociedad y la normalización química. Espero que nunca lo consigan.
Tiago Pires Marques: Así que este movimiento que has mencionado primero, de supervivientes, fue realmente un movimiento de base sin la ayuda de la profesión psiquiátrica… Fue un movimiento que chocó con el sistema…
Peter Lehmann: Sí.
Los supervivientes de la psiquiatría y la crítica de la “recuperación”
Tiago Pires Marques: Y en Alemania eso empezó más o menos cuando te ibas…
Peter Lehmann: Empezamos.
Tiago Pires Marques: Lo empezaste, fuiste uno de los primeros…
Peter Lehmann: NOSOTROS sólo éramos un grupo de ex-pacientes. Antes de que empezáramos, había un grupo en Colonia, al oeste de Alemania, que también criticaba la psiquiatría y las residencias. Era un grupo mixto. Nos reunimos y hubo un intercambio… también era un movimiento social. Fue apoyado por Heinrich Böll; ¿conoces a Heinrich Böll, Premio Nobel de Literatura en 1972? Dio una casa al grupo. Cuando nuestro grupo de Berlín empezó en 1980, desde el principio nos centramos en los efectos nocivos de los fármacos psiquiátricos. Esta fue nuestra experiencia de unión. Este enfoque nos distinguía del grupo de Colonia… Estábamos influidos por ellos, por un grupo suizo. No inventamos la lucha antipsiquiátrica, pero integramos muchas influencias.
Tiago Pires Marques:Pero tengo la impresión de que, en Europa, o al menos en la Europa continental, estos movimientos comenzaron un poco más tarde que en Estados Unidos, por ejemplo.
Peter Lehmann: En el Reino Unido empezó en el siglo XIX, ¡en Alemania también! [risas]
Tiago Pires Marques: ¡¿En el siglo XIX?!
Peter Lehmann: Sí, en el siglo XIX. Y también después de la Primera Guerra Mundial hubo un movimiento en Alemania contra la coerción psiquiátrica, pero por supuesto en el fascismo los psiquiatras acabaron con toda la resistencia. Después de la Segunda Guerra Mundial, la resistencia probablemente comenzó primero en los EE.UU.. Había un grupo en torno a Leonard Roy Frank, David Oaks, Ted Chabasinski, Sally Zinman, etc., llamado Network against Psychiatric Assault [Red contra la agresión psiquiátrica]. Empezaron ya en los años setenta. En Europa, por ejemplo en Dinamarca, Inglaterra y Holanda, la gente empezó a ser activa durante los años 70, y en 1981 o 1982 algunos activistas se reunieron en conferencias de Mental Health Europe u otras oportunidades. Crearon una estructura de información y más tarde la Red Europea de Usuarios y Supervivientes de la Psiquiatría.
Tiago Pires Marques: ¿Con los grupos de recuperación?
Peter Lehmann: ¿Recuperación de una supuesta enfermedad mental? ¿O recuperación de un tratamiento psiquiátrico? Si no se hace esta distinción, el término recuperación se vuelve arbitrario. Oculta el daño causado por el tratamiento psiquiátrico, ¿no es así?… La recuperación del tratamiento psiquiátrico nunca es un tema en la comprensión general de la recuperación. En cuanto a la recuperación en general, se puede ver un aspecto positivo, y es que contiene la idea de mejora, porque transmite esperanza. Es bueno que, mientras tanto, no estés perdido de por vida cuando tienes algo como psicosis o la llamada esquizofrenia, este tipo de diagnósticos, que crees que puedes recuperarte. O que puedes recuperarte y vivir dentro de los límites de la enfermedad diagnosticada. Si aceptas el concepto de enfermedad psiquiátrica y sus límites, entonces puedes vivir libremente dentro de esos límites y tener una buena vida. Pero, una vez más, la recuperación del tratamiento no es su problema. Y ahí está el problema de vivir libremente dentro de unos límites establecidos por una ideología psiquiátrica. Esta noción dominante de recuperación se remonta a 1937, cuando Abraham Low, del Instituto Psiquiátrico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Illinois en Chicago, fundó la organización sin ánimo de lucro Recovery, Inc. para personas con diversos problemas psiquiátricos, como una panoplia de métodos y técnicas de autoayuda paralelos a los utilizados en la terapia cognitiva. El objetivo del programa era aprender a afrontar las trivialidades angustiosas de la vida cotidiana, y con ayuda profesional. Todo esto suena bien, pero el problema fundamental de esta forma de entender la recuperación es que ignora el tratamiento médico-psiquiátrico. Low afirmaba claramente que nunca debía hablarse de medicación, que ésta debía seguir siendo competencia del médico. Una vez, en un congreso en EE.UU., encontré una reimpresión de un viejo artículo con esta información (6). Mucha gente todavía se rinde hoy a este paternalismo. Yo no.
Tiago Pires Marques: Sí… Es una especie de lema para la psiquiatría progresista ahora, la recuperación…
Peter Lehmann: Pero excluyen el tema del daño del tratamiento de recuperación. Vale, es bonito, dicen que puedes recuperarte… No pueden hacer la vista gorda porque hay muchos usuarios y supervivientes de la psiquiatría que ya no están atados al manicomio y toman sus propias decisiones, celebran conferencias; tienen editoriales y dicen que es un cuento de hadas tonto que al final acabas siendo un idiota cuando te diagnostican esquizofrenia, que tienes que ser un paciente de por vida y tragarte sus pastillas para siempre. Los psiquiatras ya no pueden negar totalmente estos hechos.
Tiago Pires Marques: Permíteme volver a la década de 1980, tengo una curiosidad histórica… ¿Este movimiento de supervivientes en la década de 1980 ya estaba creciendo, ya estaba vinculado internacionalmente o estaba situado localmente? ¿Cómo funcionaba?
Peter Lehmann: Vale… El movimiento es maniacodepresivo, como mucha gente… (risas)… Así que a veces es fuerte y luego va cuesta abajo, y luego hay luchas internas… Es una pregunta difícil: ¿Qué es el movimiento? ¿Cuál es su dirección? ¿Cuál es el contenido? ¿Cuáles son los objetivos? … Para algunas personas soy amigo de la tortura psiquiátrica porque discuto con los psiquiatras, y para mí, algunas personas son idiotas porque dicen que con la abolición de la psiquiatría se resuelven todos los problemas relacionados con el sufrimiento emocional. Además, cuando defines antipsiquiatría obtienes mil significados diferentes, es una entidad mucho mayor que un simple “contra”. El término viene del griego y también significa “más allá” o “alternativo”. Algunas personas sólo se refieren al tratamiento formal forzado. Para ellos, los millones de personas que mueren por un tratamiento recibido sin forzar no son un tema. Hay algunos temas que compartimos y otros que nos dividen. A menudo ya no sé realmente a qué llama la gente “el movimiento”. Así que, para mí, puedo hablar de mi movimiento. Se ha convertido en el proyecto de mi vida: la consecución de plenos derechos humanos y un apoyo adecuado para las personas con problemas psiquiátricos. Tengo conexiones con personas especiales con las que puedo cooperar, supervivientes, médicos, también psiquiatras, abogados… Para mí, este es mi movimiento. La cooperación con personas con opciones similares para hacer que algo avance hacia los derechos humanos y el apoyo adecuado.
Hogares de evasión: alternativas asistenciales dirigidas por
Tiago Pires Marques:Háblame un poco de la Casa de Huida de Berlín. Nació a finales de la década de 1980, ¿verdad?
Peter Lehmann: Empezamos en Berlín después de que nuestro grupo local de supervivientes y algunos simpatizantes hubiéramos ido a Ámsterdam a una conferencia sobre alternativas en 1982. Allí visitamos una casa de huida. No sabíamos que existían cosas así. A menudo nuestro grupo tenía la experiencia de que la gente estaba loca e intentábamos apoyarles, pero si sigues a gente loca o maníaca una noche, y la segunda noche, la tercera noche, tarde o temprano acabas agotado. Los psiquiatras tienen el dinero, tienen las casas, tienen el equipo, tienen las instalaciones donde la gente puede alojarse, cobran y hacen que la gente huya. A nosotros no nos pagan por nuestro apoyo. Por supuesto, nos dimos cuenta de nuestras limitaciones y se nos ocurrió la idea de contar con fuentes de apoyo bien establecidas. En aquella época, en Berlín, había un movimiento alternativo de izquierdas con el lema “Somos ciudadanos, pagamos impuestos, queremos una parte del dinero público para nuestros proyectos”. Y así desarrollamos un diseño para una casa de acogida. Teníamos un grupo mixto en Berlín. Psicólogos críticos, estudiantes, cuidadores, abogados… Una estudiante, Uta Wehde, escribió una tesis sobre las casas de escape en Holanda. De hecho, aprendió neerlandés, fue allí, trabajó en una casa de huida, trajo de vuelta sus experiencias. Publiqué su tesis en mi editorial (7). Y yo tenía toda la información sobre Soteria en California. También teníamos información sobre Diabasis, también en California. Mezclamos estos enfoques para adaptarlos a nuestras necesidades y construimos nuestro propio enfoque de Casa de Huida. Originalmente había dos concepciones en nuestro grupo: la primera incluía un equipo remunerado, gente con su trabajo, trabajando día y noche, alternando, y teniendo sus vacaciones, porque es un trabajo duro. La segunda procedía de la parte del grupo que decía: “Oh, queremos tener una casa donde vivamos con locos. Si alguien se escapa del manicomio, también puede ir allí”. Pero era – ¿cómo llamarlo? – quizás una forma contemplativa. Publicaron un breve artículo sobre sus deseos, pero no hicieron nada más. Finalmente, esa parte del grupo con el diseño con personal remunerado y demás recibió un cheque de un millón de marcos alemanes para comprarse una casa… sí… fue un cuento de hadas, esta donación de un millón de marcos alemanes.
Tiago Pires Marques: ¿De un financiero privado?
Peter Lehmann: De un padre cuyo hijo no sobrevivió al asilo. El padre recibió una herencia cuando murieron sus padres. Tenía tres millones de marcos alemanes y los distribuyó entre tres proyectos alternativos en Berlín. Formaba parte de nuestro grupo, el del equipo remunerado y demás. No sabíamos que tenía mucho dinero. Así que la parte del grupo que estaba a favor de la vía contemplativa quiso tener acceso a la cuenta bancaria, aunque la donación no era para su concepción. La dirección de la organización no les dio ese acceso, aparte de que el millón ni siquiera estaba en la cuenta, sino que sólo se había avalado para la compra de una casa. Así que el grupo se separó y creamos una nueva organización y la llamamos Organización para la Protección contra la Agresión Psiquiátrica. En total, pasaron 15 años desde la primera idea de tener la casa de huida y siete años de lucha desde la fecha de la donación con la Administración Sanitaria del Senado de Berlín hasta que recibimos la licencia para gestionar la casa de huida y su apertura en 1996.
Tiago Pires Marques:Y Peter estaba en el primer grupo, el que implementó la casa…
Peter Lehmann: Yo estaba en el grupo que quería tener una concepción con trabajos remunerados. Yo no quería trabajar allí, pero tenía claro que es un trabajo duro estar rodeado de locos día y noche sin medicamentos sedantes. La gente que trabaja allí tiene que ganarse la vida. Y solucionar problemas no remunerados que crean otros cobrando tampoco es lo mío.
Tiago Pires Marques:Correcto.
Peter Lehmann: Y estuve en la dirección durante los primeros años. También tuve que avalar préstamos de más de 100.000 marcos alemanes con mi patrimonio personal, porque los sueldos y otros gastos debían financiarse por adelantado mediante préstamos bancarios, ya que las autoridades solo cumplían sus obligaciones de pago después de bastante retraso.
Tiago Pires Marques: ¿Y cómo fueron los primeros años? Fueron duros, imagino…
Peter Lehmann: Sí, fue un trabajo duro, claramente, y algunos usuarios/supervivientes dejaron su trabajo después de un día, después de dos días… Algunas personas ni siquiera empezaron a trabajar allí porque cuando trabajas en una institución formal como una Casa de Huida tienes que enfrentarte a derechos civiles o deberes civiles, no puedes decir, cuando un habitante de la Casa de Huida dice “Me voy a suicidar”, “Sí, tienes derecho a hacerlo”. Tienes que garantizar la vida de esa persona. Eso significa que tienes que hacer todo lo posible para que ese hombre o esa mujer no se mate. Vas a la cárcel si no evitas que la gente se suicide si son clientes de tu institución. Así que la Casa de Huida ha hecho un buen trabajo y sigue haciéndolo, un trabajo realmente bueno, ha sido aceptada y también apoyada por organizaciones psiquiátricas sociales, y no ha habido problemas, sólo con unos pocos vecinos, porque temían que el precio del terreno bajara con la Casa de Huida en el barrio y quizá los locos corrieran por sus calles y los mataran a cuchilladas como en las ridículas películas de Hitchcock. La casa está en una zona bastante burguesa, algunos vecinos se juntaron con un democristiano conservador [risas] para anular la licencia, nuestra licencia, fueron a la comisaría local y dijeron: “Oh, dígannos algunos delitos que haya cometido esta gente…”. Pero la policía respondió: “Hacen un buen trabajo”. Luego fueron a la administración psiquiátrica de la comunidad e intentaron lo mismo, pero la gente de esa administración también dijo: “No podemos quejarnos, hacen un buen trabajo”. Todo fue bien, la casa se fue llenando con el tiempo. La financiación se calculó al 80% de utilización de la capacidad, y cuando se llenó al 100%, obtuvimos un gran superávit. Pero entonces estalló una pelea sobre quién decide cómo utilizar ese dinero.
Tiago Pires Marques: ¡El dinero es siempre el gran culpable!
Peter Lehmann: Sí, muy triste, nuestra conversación se rompió. Fue alrededor de 2001, y la generación fundadora se marchó. Ahora hay otras personas, la segunda o tercera generación. Los que nos fuimos fundamos un nuevo grupo, llamado In Any Case, y trabajamos con la investigación dirigida por supervivientes y la formación continua. Pero éramos un grupo pequeño. Entonces una mujer, Hannelore Klafki, que estaba bastante ocupada, murió de un aneurisma. Finalmente, yo era la única persona que hacía formación. Era demasiado cansado para mí. Y una mujer no quería entregar los resultados de su bien pagado trabajo de investigación sin recibir dinero extra de las arcas de la asociación, a pesar de que se había comprometido contractualmente a entregar su trabajo terminado en la fecha acordada. Le habíamos pagado el salario acordado demasiado pronto y no habíamos incluido en el acuerdo de honorarios una penalización contractual si no entregaba lo acordado. Perdimos el interés en seguir trabajando y disolvimos In Any Case.
Tiago Pires Marques: ¿Y la Casa de Huida sólo estaba dirigida por supervivientes?
Peter Lehmann: No, no. Fue una organización mixta desde el principio. Los estatutos dicen que los supervivientes tienen derecho de veto. Al principio, el 50% de las personas empleadas debían ser usuarios y supervivientes de la psiquiatría. Por supuesto, la cualificación es diferente. Si te pagan, lo que se llama la cualificación formal, que significa que has estudiado psicología, te pagan más. Al principio, había un equilibrio financiero interno. Había y hay diferentes trabajos, trabajos con seguridad social y trabajos que se pagan como trabajo honorífico. Eso significa que no hay dinero para pensiones y subsidio de desempleo. Había un pago especial por años de experiencia laboral en la Casa de Huida, y también para personas con hijos. Sin embargo, son los psicólogos los que tienen los trabajos con seguridad social, y el equilibrio de pago ya no existe. Por supuesto, tienen problemas para encontrar usuarios y supervivientes psiquiátricos que trabajen allí porque es un trabajo duro y es mejor ser emocionalmente estable.
Tratamiento de las crisis: alternativas a la institución psiquiátrica
Tiago Pires Marques: Peter, en la Casa de Huida, ¿cómo trataban las crisis de los pacientes?
Peter Lehmann: Desde el principio -cuando no se utiliza la fuerza, cuando no se discrimina con diagnósticos- no hay muchos motivos para las crisis. Y cuando la gente no se caía bien, había otro centro de crisis al que podían trasladarse… Pero la gente trae la agresividad de otras experiencias a la Casa de Huida. Pueden ser agresivos con los demás o con el personal, y ha habido gente que ha sido expulsada. Los locos también pueden comportarse mal, en este sentido no son tan diferentes de la gente normal. Era difícil si no querían irse porque el equipo no puede llamar al servicio psiquiátrico comunitario, esto no es posible… Quizá se pueda llamar a la policía y decir que la gente debe irse de la casa, tenemos derecho a decidir, “por favor, llévenselos”. Es un problema, y entonces la policía tiene que gestionar este problema.
Tiago Pires Marques: ¿Qué pasa con las personas suicidas, con fuerte ideación suicida? Alguien que llega muy deprimido y…
Peter Lehmann: Sí, la depresión… No creo que fuera el mayor problema. Hubo una vez un problema con una persona que tenía tendencias suicidas y, que yo sepa, acudió a un psiquiatra; éste le dio neurolépticos, y el hombre se fue a un lugar alto y saltó hacia la muerte. Esto ocurrió una vez… Los neurolépticos pueden tener fuertes efectos suicidas intrínsecos, y en el caso de tendencias suicidas, administrar estas sustancias no parece la mejor idea. Pero yo no conocía a este hombre. Tengo que especular…
…Recuerdo una vez, en un verano muy caluroso hace unos años… La casa está construida con mucha madera, y una mujer provocó un incendio cerca de la pared de la casa. El fuego se detectó a tiempo y se extinguió. Se le dijo a la mujer que si volvía a ocurrir tendría que marcharse inmediatamente. Volvió a hacerlo. Yo era directivo y mi mujer trabajaba allí en un puesto de liderazgo. Cuando nos dirigíamos a nuestro jardín, a las afueras de Berlín, mi mujer me dijo: “Oh, lo ha vuelto a hacer”. Di la vuelta al coche, llamé al abogado, le pregunté qué hacer y me dijo: “Sí, usted es miembro del Consejo de Administración, tiene el deber de cuidar del personal y los residentes. La situación está clara. Diga al equipo que expulse a esta mujer inmediatamente, porque es muy peligrosa”. Pero el personal no lo hizo. Así que tuve que reprender al miembro del personal encargado, diciéndole que perdería su trabajo si volvía a ignorar ese peligro. Por supuesto, el personal simpatizaba con ese miembro del personal. Yo formaba parte de la Junta, y no les gustó nada, pero no tuve más remedio que decidirlo así junto con los demás miembros de la Junta.
Tiago Pires Marques: ¿Entonces fue expulsada?
Peter Lehmann: No la expulsaron, pero la casa no se quemó… Quizá se marchó o… No lo recuerdo, pero era un gran problema y entonces tenía que ir al juzgado, hacer registros para estar segura y, por supuesto, tenía miedo por la gente que trabajaba allí y por la gente que vivía allí.
Tiago Pires Marques: ¿Tenías miedo?
Peter Lehmann: ¡Por supuesto! Por supuesto. Cuando hay alguien que provoca incendios repetidamente, fue en pleno verano; fue durante un período con un riesgo de incendio extremadamente alto… Sí, también tenemos estas cosas en Alemania, no sólo en Portugal. Tuve que estar a la altura de mi responsabilidad, para velar por vidas seguras allí, fácilmente…
Tiago Pires Marques: Había cierto grado de disciplina, después de todo…
Peter Lehmann: Sí… De hecho, todo el mundo tendría que hacerlo [risas]… Si pasa algo y no te ocupas de ello, vas a la cárcel con un pie. No es nada divertido. La gente puede morir. Sé de un grupo de activistas antipsiquiátricos en Colonia, podían utilizar una casa propiedad del Premio Nobel Heinrich Böll, donde podían vivir antiguos internos psiquiátricos. Una vez uno de ellos le prendió fuego y murieron dos hijos de las personas que trabajaban allí. El fuego es un gran problema en las instituciones psiquiátricas todo el tiempo, el fuego es un gran peligro. Y este problema con el equipo de Casa de Huida nunca se resolvió. Yo era el malo.
Tiago Pires Marques: ¿Y fue ésta una de las razones de la separación del grupo?
Peter Lehmann: No, la división era el dinero. ¿Quién decide en la organización? ¿Las personas que construyeron la organización, hicieron relaciones públicas durante quince años, negociaron el contrato con el Senado de Sanidad, consiguieron financiación pública y asumieron toda la responsabilidad legal? O la gente que trabaja en la casa, porque ellos crean el dinero, como se suele decir. Finalmente, los trabajadores tomaron el poder. Mientras tanto, la gente educada tenía trabajo con seguridad social completa. Esa es mi impresión desde fuera. A veces oigo de gente que está relacionada con la Casa de Huida lo que pasa allí. Especialmente mi amigo Ludger Bruckmann, que era miembro de la junta directiva de esa organización, me informaba de vez en cuando.
Lehmann con Ludger Bruckmann (1947-2020) en 1984 en Berlín, Alemania
Tiago Pires Marques: Así que ha cambiado mucho.
Peter Lehmann: Sí, en 2017, Casa de Huida tiene más de 20 años. Ha cambiado y, por supuesto, la situación política también ha cambiado. Durante todos los años de preparación y en los primeros años tras el inicio de Casa de Huida, había un grupo considerable de personas, a las que llamábamos “patrocinadores”. Apoyaban la Casa de Huida con pequeños donativos regulares para financiar el vacío que se produce cuando la financiación no es completa. Por ejemplo, algunas personas se mudan a la casa y el equipo pide el pago al departamento social, pero éste no paga. La gente se queda en la casa, así que el dinero tiene que salir de algún sitio. Al final, estos padrinos se fueron porque no se les cubría con información y solidaridad. No digo que la organización Casa de Huida esté ahora aislada, pero en años anteriores, la conexión entre la gente progresista del sistema de reformas era más fuerte, así que no era tan fácil atacarla. Por ejemplo, además del Consejo, teníamos el Consejo Asesor. Uno de sus miembros era el Presidente de la Organización de Médicos de Berlín. Teníamos abogados, y estos miembros del Consejo Asesor nos acompañaron a las negociaciones con la Administración Sanitaria del Senado de Berlín para apoyarnos. Ya no están allí.
Tiago Pires Marques: Hay experiencias similares en otros países. Sé que hay una en Suecia, el Hotel Magnus Stenbock…
Peter Lehmann: … que también ha cambiado. También lo asumió la seguridad social… no sé si estoy en lo cierto. Tuvieron problemas con el sistema de financiación. En 2004, tuvieron que adaptarse a las complicadas normas de la Unión Europea sobre los contratistas. Fue una pena, entonces…
Tiago Pires Marques: ¿Es comparable a la Casa Huida? ¿Funcionó de la misma manera?
Peter Lehmann: Puedes leer sobre ello en el libro “Alternativas más allá de la psiquiatría”. Hay un capítulo sobre la Weglaufhaus de Berlín (8) y hay un capítulo de Maths Jesperson sobre el Hotel Magnus Stenbock de Helsingborg (9). Es un poco diferente: es un hotel, o mientras existió, era un hotel, no una Casa de Huida. Podías registrarte en el hotel, pero no tenías que registrarte a la salida [risas]. La gente podía quedarse a vivir allí, otros usuarios y supervivientes de la psiquiatría trabajaban allí. La administración local se dio cuenta de que es más barato tener a la gente allí que tener que pagarles y financiarles individualmente en costosas viviendas tuteladas.
Lehmann con Maths Jesperson 2014 en una reunión de la ENUSP en Hillerød, Dinamarca.
En Holanda todavía puede haber uno o dos, pero no tienen personal remunerado. Esto significa que las personas que estudian allí pueden trabajar en una especie de internado, pero no se preocupan de los medicamentos psicotrópicos que se administran. Los residentes tienen que ocuparse de ellos con sus médicos prescriptores. Esto significa que la gente pasa del manicomio a la Casa de Huida, pueden ir allí, y quizá sea más fácil para ellos, no están tan controlados, pero entonces tienen que cocinar y hacer las cosas ellos mismos. Luego, finalmente, mucha gente vuelve al asilo, porque en el asilo se sirve comida. Esto es lo que he oído. Y si estás bajo los efectos de medicamentos psicotrópicos que alteran la personalidad, es difícil permanecer en el centro de reinserción o en cualquier otro lugar donde tengas que cuidar de ti mismo. No he oído nada en los últimos años sobre las casas de huida holandesas de Ámsterdam y Utrecht. Creo que son las dos únicas que siguen existiendo, pero no estoy seguro.
Tiago Pires Marques: ¿Y la de Holanda? ¿La Casa de Huida? Pero ¿la función de la casa de huida es proporcionar un hogar a la gente, a los llamados locos?
Peter Lehmann: La función de la Casa de Huida de Berlín es dar cobijo a las personas que escapan del asilo, del tratamiento forzoso formal. Esa era la idea original. Cuando negociamos con la Administración Sanitaria del Senado de Berlín, nos dijeron: “No podemos pagar para este fin porque entonces tendríamos que admitir que vale la pena huir de nuestras instituciones mentales”. Tras largas negociaciones, dijeron: “Podemos pagar sobre la base de que las personas pueden perder o haber perdido su piso debido a la locura y ya no quieren permanecer en la clínica o vivir en la calle”. Ese fue el acuerdo sustantivo con la Administración sanitaria. Este acuerdo ni siquiera llamaba a la Weglaufhaus Casa de Huida. La Administración Sanitaria del Senado odiaba esa palabra. Como solución de compromiso, la llamamos “Villa Stöckle”, en honor a Tina Stöckle, una de las primeras miembros comprometidas de Irren-Offensive, que también estaba firmemente comprometida con la visión de la Casa de Huida, y que falleció en 1992.
Tina Stöckle (1948-1992) en Chihuahua, México, en 1987
El acuerdo también tenía una ventaja. Cuando los residentes solicitaban su propio piso, no tenían que dar como dirección “Weglaufhaus”, sino que podían utilizar “Villa Stöckle”, por lo que no tenían que identificarse como pacientes psiquiátricos y quedaban así protegidos de la discriminación habitual. Y en público, por supuesto, siempre se hablaba de la “Casa de Escape” o de la “Casa de Huida Villa Stöckle”.
Si los trabajadores de la Casa de Huida saben que las personas que llegan están internadas en una clínica psiquiátrica por orden judicial, no pueden permanecer en la Casa de Huida a menos que el tribunal decida retirar la orden de internamiento psiquiátrico involuntario. Cuando la gente llegaba a la Casa de Huida y decía: “Oh, un juez me internó”, los trabajadores de la Casa de Huida tenían que llamar a la institución psiquiátrica y decir: “Ahora este hombre o mujer está aquí. ¿Acepta ir al tribunal y decir que ya no hay motivo para el tratamiento involuntario?”. El internamiento involuntario exige por ley que no haya otra posibilidad para el fin perseguido, normalmente combinado con un tratamiento forzoso. Pero ahora hay una Casa de Huida, segura, con personal formado. En general, el psiquiatra diría: “De acuerdo, les dejaremos marchar”. A veces decían: “No, no estamos de acuerdo”. Así que la gente tenía que escapar de la Casa de Huida antes de que llegara la policía.
Al principio, la administración social solía aceptar pagar una estancia de seis meses, u otros seis meses, e incluso otros seis meses, porque las personas que acudían a la Casa de Huida solían retirar la medicación psicotrópica prescrita, lo que podía llevar tiempo, y luego estaba la cuestión de la vivienda, de recuperar los derechos civiles, y tal vez un trabajo, etc., y durante ese tiempo la gente podía quedarse en la Casa de Huida. Pero era diferente… Algunos sólo querían estar allí e irse o volver a la calle, otros la utilizaban como apoyo para encontrar piso.
[1] Nota traductor: cuando se hace mención a las Casas de Huida se toma como referencia la idea de Weglaufhaus, la cual podría traducirse de modo literal como Casa de Escape, haciendo referencia a esta posibilidad de espacios que acojan a las personas que pudieran requerirlo como una manera de evitar la institucionalización psiquiátrica, consideramos que una traducción más precisa tomando este contexto sería Casa de Acogida, pero optamos por Casa de Huida para mantener un sentido más cercano al original.
[2] Nota traductor: “Casa de Escape” o “Casa de Huida”, en este caso el texto hace referencia a la Villa Stöckle, la cual es una casa que brinda apoyo a personas que se encuentran en riesgo de perder sus hogares a causa de alguna crisis, esta casa se construye como alternativa al sistema psiquiátrico. Referencia: https://weglaufhaus.de/
[3] Retirada o disminución de la medicación psicotrópica prescrita.
Referencias
(1) Lehmann, Peter (2004): “Relapse into life” (pp. 47-56). En: Peter Lehmann (ed.): “Coming off psychiatric drugs: Successful withdrawal from neuroleptics, antidepressants, lithium, carbamazepine and tranquilisers”. Berlín, Eugene y Shrewsbury: Peter Lehmann Publishing. Última edición actualizada del libro electrónico: Berlín & Lancaster: Peter Lehmann Publishing 2024. Información en línea en http://www.peter-lehmann-publishing.com/withdraw.htm. Ediciones en francés, alemán, griego y español: http://www.peter-lehmann-publishing.com/coming-off.htm
(2) Lehmann, Peter / Newnes, Craig (eds.) (2021): “Retirada de psicofármacos prescritos”. E-book. Berlín y Lancaster: Peter Lehmann Publishing. Última edición actualizada del libro electrónico 2024. Información en línea http://www.peter-lehmann-publishing.com/withdraw.htm. Edición impresa: Lancaster: Egalitarian Publishing 2023. Información online en https://www.egalitarianpublishing.com/books/withdrawal.html / Edición alemana: “Psychopharmaka reduzieren und absetzen – Praxiskonzepte für Fachkräfte, Betroffene, Angehörige”. Berlín y Lancaster: Peter Lehmann Antipsychiatrieverlag / Colonia: Psychiatrieverlag 2024. Libro electrónico: Psychiatrieverlag 2004. Información online en https://antipsychiatrieverlag.de/lehmann-newnes.htm / Edición española: “Dejar los psicofármacos: Conceptos prácticos para profesionales, pacientes, familiares” (en preparación)
(3) Landesnetzwerk Selbsthilfe seelische Gesundheit Rheinland-Pfalz e.V. – NetzG-RLP e.V. (ed.) (2018): “Aufklärungsbögen Antipsychotika in deutscher, englischer, französischer, polnischer, spanischer, rumänischer, serbokroatischer, türkischer, russischer und arabischer Sprache”. Tréveris: NetzG-RLP. Recurso en línea https://antipsychiatrieverlag.de/artikel/gesundheit/pdf/aufklaerung-nl-inter.pdf
(4) Stastny, Peter / Lehmann, Peter (eds.) (2007): “Alternativas más allá de la psiquiatría”. Berlín, Eugene y Shrewsbury: Peter Lehmann Publishing. Edición actualizada del libro electrónico: “Alternativas más allá de la psiquiatría. El gran libro de alternativas a la psiquiatría en el mundo”. Berlín y Lancaster: Peter Lehmann Publishing 2022. Información en línea en http://www.peter-lehmann-publishing.com/alternatives-beyond-psychiatry.htm / Información sobre las ediciones en alemán, griego y marathi en http://www.peter-lehmann-publishing.com/alternatives.htm
(6) “El legado del doctor Abraham A. Low, de Chicago: Recovery, Inc, un recurso de salud mental asequible para los pacientes” (2002). Reimpreso después de Chicago Medicine, Vol. 105, No. 1
(7) Wehde, Uta (1991): “Das Weglaufhaus – Zufluchtsort für Psychiatrie-Betroffene. Erfahrungen, Konzeptionen, Probleme”. Berlín: Peter Lehmann Antipsychiatrieverlag. Información en línea en http://www.peter-lehmann-publishing.com/books/wehde-e.htm
(8) Hartmann, Petra / Bräunling, Stefan (2007): “Finding strength together – The Berlin Runaway House” (pp. 188-199). En: Peter Stastny / Peter Lehmann (eds.) (2007): “Alternativas más allá de la psiquiatría”. Berlín, Eugene & Shrewsbury: Peter Lehmann Publishing. Edición electrónica actualizada: “Alternativas más allá de la psiquiatría. El gran libro de alternativas a la psiquiatría en el mundo”. Berlín y Lancaster: Peter Lehmann Publishing 2022. Información en línea en http://www.peter-lehmann-publishing.com/alternatives-beyond-psychiatry.htm / Información sobre las ediciones en alemán, griego y marathi en http://www.peter-lehmann-publishing.com/alternatives.htm
(9) Jesperson, Maths (2007): “Hotel Magnus Stenbock – Una casa controlada por el usuario en Helsingborg, Suecia” (pp. 161-168). En: Peter Stastny / Peter Lehmann (eds.): “Alternativas más allá de la psiquiatría”. Berlín, Eugene & Shrewsbury: Peter Lehmann Publishing
“La vergüenza tiene que cambiar de bando” – Gisèle Pelicot
Nota editorial: el texto fue publicado originalmente en Mad in Puerto Rico, a quienes agradecemos por compartirnos su trabajo, el 29 de enero del 2025 y puede consultarse en el enlace: https://madinpuertorico.org/2025/01/29/el-precio-de-romper-el-silencio-dignidad-justicia-y-sanacion/, el texto que se presenta a continuación no presenta alteraciones, o algún cambio, referente a la presentación original.
Vivimos en una cultura de silencio, y esto es algo que nos afecta a muches desde la niñez. La lucha por acabar con el silencio nos compite a todes. Los mismos mecanismos que son utilizados para silenciar a sobrevivientes de abuso en la niñez, adolescencia y a las personas que experimentan violencia de género, racismo y otros, son utilizados para silenciar a sobrevivientes de violencia psiquiátrica. Así que, acabar con el silencio es una lucha de todes.
A quienes sobrevivimos violencia nos quieren callades y a quienes hablamos públicamente sobre estas violencias nos quieren silenciar. Esta cultura de silencio alimenta la cultura de abuso, hace que continúe. En el silencio, el abuso se sigue reproduciendo como un hongo negro, consumiendo a las personas agredidas y a otras posibles víctimas de esas personas. Las personas que abusan, violentan y agreden (y quienes les apoyan) se alimentan de este silencio para seguir repitiendo estos patrones. Muchas para mantener sus reputaciones intactas mientras de forma insidiosa continúan destrozando la vida de quienes agreden.
A quien habla de abuso abiertamente muchas veces se le aísla, ataca, amedrenta, cuestiona, no solo cuestionando y desacreditando la legitimidad de lo que está diciendo, sino que también el foro que escogió. Como si no fuera el caso que se ha tratado de hablar en privado, en el entorno familiar, de pareja o de terapia, con replicabilidad del abuso y culpabilidad en todos estos entornos y muchas veces maltratando más a las personas agredidas. Y como quiera, el abuso continúa. La cultura de silencio no sólo alimenta, sino que hiperperpetúa el abuso.
Las personas que son sobrevivientes de violencia y silenciadas tienden a experimentar altos niveles de distrés emocional por el resto de sus vidas y secuelas físicas del abuso que su cuerpo aguantó. Estudios indican que tener una mayor cantidad de Experiencias Adversas en la Niñez está asociado con tasas más altas de violencia en relaciones de pareja, y que quienes sobrevivieron abuso sexual infantil tienen un riesgo excepcionalmente alto de experimentar violencia por parte de una pareja en algún momento de sus vidas (Seon et al., 2022). Además, la duración, la relación con la persona agresora, la frecuencia y el tipo de abuso sexual infantil también impactan la respuesta de las personas a estas experiencias adversas y afectan su capacidad para imaginar un futuro positivo. Esto también se relaciona con manifestaciones emocionales como depresión, trastornos alimenticios, ansiedad, trauma, la intensidad y frecuencia de la ideación suicida, entre otros problemas de salud mental y física (Sahle et al., 2022).
Esta cultura de silencio deja a las personas que experimentan estos abusos sintiendo vergüenza, culpa y cuestionándose qué hicieron para merecer esto, qué está mal en elles que les pasó esto. Muchas veces en solitario, sintiendo que no hay nadie más a quien le haya pasado esto. Al romper el silencio no sólo validamos nuestra propia experiencia, sino que también validamos las de otras personas. A veces esto inspira que otras personas también hablen del abuso que experimentaron de parte de una misma persona. Así como hemos visto con los casos de personas famosas que han sido acusadas y se encuentra que son patrones, que no es solo un caso aislado y que esas personas agredidas tenían temor a hablar por las represalias de la cultura de abuso y silencio en la que vivimos. Las personas que abusan quieren el silencio, quieren que sus vidas estén intactas, quieren que sus acciones no se sepan. Muchas veces, lo primero que hace esa persona es cuestionarse qué va a pasar con su reputación, sin pensar en la persona que agredió o responsabilizarse por sus acciones, sino echándole otra vez la culpa y aprovechando el momento para seguir abusando de forma insidiosa y psicológica a la persona. Esto también lo hacen personas cercanas a quienes agreden, aun cuando la persona agredida también es una persona cercana. De hecho, la mayoría de las personas que agreden son conocidas por la persona agredida (Lyon, 2014; Lyon & Dente, 2012). En Puerto Rico, según datos del Observatorio de Género, 52% de las agresiones sexuales son familiares.
Otras personas también se preocupan por cómo tu romper el silencio va a afectar la vida de esa persona y quienes le rodean, sin pensar en cómo esto afecta y ha afectado la de las personas agredidas y violentadas. Hablar de abuso es incómodo, pero es necesario si lo queremos prevenir. Si queremos que esto deje de pasar, tenemos que hablarlo y esto no debe ser tarea de las personas que han sido abusadas solamente. Si realmente queremos ayudar a las personas agredidas, acabar con el estigma hacia las agresiones y violencias, y prevenir que esto siga ocurriendo, hay que hablarlo a pesar de la incomodidad que esto nos provoque. Si realmente queremos honrar y salvaguardar la dignidad de las personas que sobreviven abusos, hay que crear espacios de apoyo donde puedan hablar, en los contextos y como elles decidan hacerlo.
Hay procesos de solidaridad que son extremadamente importantes en estas dinámicas de romper silencio. Muchas veces pensamos que el abuso experimentado es lo más traumatizante para las personas que sobrevivieron abuso y eso no necesariamente es cierto. Muchas veces lo más traumatizante es la reacción que tienen otras personas cuando esa persona revela, verbaliza y expresa el abuso que ha experimentado.
También en Latinoamérica, tenemos una cultura de respeto y de que tienes que respetar a tus padres, a tus mayores y a tus superiores y de cierta forma tienes que haber nacido sabiendo lo que significa el respeto y definiendo el respeto como incondicional para esos grupos antes mencionados. Esto también es un aspecto cultural que funciona para silenciar a las personas que sobreviven violencia. Se escucha mucho: son tus padres, hermanos, tíos, tu sangre, tu pareja. De esta forma, estamos sacrificando a las personas a sus abusadores y haciéndolas más vulnerables al abuso.
Muchas familias dependen del silencio de las personas que sobreviven violencia intrafamiliar para mantener el estatus quo y la comodidad. Así no se tienen que hacer cambios en la dinámica familiar. Evitan tener conversaciones complicadas y difíciles donde se pida que se prevenga la violencia y que se pare la violencia de forma comprensiva y total, y atender así las necesidades y las consecuencias de la violencia en las personas que fueron agredidas.
Dentro de la dinámica familiar, en lugar de cuestionar, confrontar y responsabilizar a quien abusa, el peso del silencio recae sobre las personas sobrevivientes para proteger la unión familiar y a las personas mayores, sacrificándoles en el proceso. Estas tácticas incluyen el pedirle a las personas sobrevivientes que consideren las salud de sus familiares por encima de las de elles y poniéndole el peso de romper el silencio. Que quede claro, aunque alguien sobreviviente rompa el silencio y alguien familiar tenga un percance de salud en reacción a esto, eso sigue siendo responsabilidad de las personas agresoras y violentas, una de las muchas consecuencias de agredir y violentar a otras personas.
Muchas familias no quieren el cuestionamiento, quieren mantener las apariencias, que es algo muy común en las familias latinoamericanas. El que se amenace la integridad de la familia de sangre por parte de una persona agredida, se considera muy violento hacia esta institución familiar. Sacrificando entonces a las personas que han sido agredidas dentro del núcleo familiar, dejándolas solas, abandonadas y aisladas, dañando muchas veces su reputación y abrazando a las personas agresoras.
Foto por Laura López-Aybar
¿Qué gana una persona sobreviviente entonces con hablar o con mentir? Si hablan, se echan a todo el mundo encima en esta cultura de silencio que no es una cultura de solidaridad hacia personas agredidas. A las personas agredidas se les cuestiona, el cómo, cuándo y por qué deciden romper el silencio. En el caso de sobrevivientes de abuso en la niñez, la mayoría de las veces lo revelan en su adultez (Ullman, 2023). Esos mismos cuestionamientos no se dirigen hacia la persona que agredió y así como sociedad replicamos y repetimos patrones de agresión contra personas que ya han experimentado abusos en su vida. En esta cultura donde el silencio es rey y reina, hablando de abuso tenemos también mucho que perder, familiares, trabajos y reputación.
Ninguna forma de vociferar esto es para las personas que agreden o lograr venganza.Hablar de lo que nos pasó no nos va a devolver lo que nos quitaron, pero nos puede ayudar a sanar, a auto validarnos, normalizar nuestras experiencias y también a llamar la atención de que esto le puede pasar a cualquiera y podemos estar bien, podemos sobrevivir.Hablándolo podemos tomar el control y poder que nos quisieron arrebatar. El control de la narrativa, nuestras reacciones y nuestro futuro. Además, ¿qué venganza logran además de que se conozca su realidad de vida y se le honren sus experiencias? Se sabe muy bien que hay una falta de justicia en los sistemas de justicia y que el peso de la prueba recae en quien acusa. Sabemos muy bien que aun con evidencia no se impone la justicia. No solo cargamos con el peso del silencio sino que también con el peso de las agresiones cometidas en nuestra contra. Cuando hablamos, también protegemos a otras personas de experimentar abuso.
En silencio no hay cambio, el abuso crece y se sigue reproduciendo. ¿Luego le cuestionamos también a las personas que han sido agredidas, por qué no dijeron nada? ¿Por qué no lo hablaron? Mucha gente no reflexiona sobre cómo ocurre inicialmente el abuso, el abuso ocurre en privado y las personas que agreden, dependen de nuestro silencio para seguir abusando. Dependen de ese aislamiento, así que las personas agredidas ya de por sí están aisladas, marginadas y solas.
¿Muchas veces también te cuestionan, por qué no reportaste? Pero la mayoría del tiempo, no hay evidencia del abuso, por lo que el abuso conlleva. Vivimos en una cultura donde si no tienes evidencia y a veces aunque tengas montones de evidencia, como le ocurrió a un Andrea Ruiz Costas, no te creen, te dicen que te lo buscaste, que te lo mereciste, así que ¿qué sobreviviente de cualquier tipo de agresión quiere pasar por un proceso legal donde se le va a cuestionar, atacar y deshumanizar, poniendo su dignidad en más jaque? Cuando muy posiblemente ya esto está ocurriendo dentro de las micro dinámicas de la institución familiar. Igualmente, te piden que seas la víctima perfecta. ¿Pero qué es una persona perfecta? ¿Cuál es la reacción perfecta a ser agredide, a ser abusade?
A quien le incomode, le urjo a que reflexione sobre el por qué. El que rápido comience a cuestionar a quien sobrevivió esa violencia y no a quien agrede, le urjo a pensar sobre el por qué. ¿Qué mantienes con tu silencio? ¿A quién más estás silenciando? ¿Por qué no puedo demostrar solidaridad hacia la persona sobreviviente? ¿Por qué el medio de responsabilización recae solo en la persona agredida y no en quienes le rodean? Si es incómodo para ti hablar o leer del tema, imagínate para quien lo vivió. Mientras no enfrentemos esta incomodidad, las personas sobrevivientes tampoco se sentirán cómodas hablando de las violencias experimentadas y no podremos enfrentarlas.
Sin embargo, las investigaciones demuestran que ofrecer el testimonio normaliza estas experiencias de agresión, hace a las personas agredidas sentirse menos solas, más libres, a poder vociferar y expresar sus circunstancias de abuso, y hablar de ellas libremente. Esto no es conveniente para las personas agresoras y la institución familiar donde se están repitiendo estos patrones de abuso. Así que nos quieren aislades, calladites nos vemos más bonites.
Cargamos con las consecuencias de romper los silencios. La culpa y la vergüenza cuando la cargan las personas agredidas no es conocida como inspiradora de cambio o sanación, sino de tormento. Al final, solo vivimos una vez y de cierta forma, al vivir protegiendo a quien nos ha agredido y a quienes le protegen, les regalamos nuestra vida. No hablar de abuso puede que nos quite la oportunidad de vivir en libertad de nuestras identidades ya que estamos engavetando algo que definió algunas o muchas partes de nuestras vidas y estatus actual en ella. Por esto, el silencio se acabó.
Sobre la autora: Laura López-Aybar es una sobreviviente de violencia psiquiátrica, intrafamiliar y de género. Posee un doctorado en psicología clínica de Adelphi University en Nueva York y hace investigación multi métodos en determinantes sociales de la salud emocional, primordialmente estigma, discriminación, violencia de género y cambio climático. Aboga abiertamente por experiencia personal y empírica por la abolición y reforma de los sistemas carcelarios, incluyendo el sistema de salud mental desde la práctica de la psicología crítica. Pueden encontrar más de su trabajo en su página de Instagram @aybarpsicologiacritica.